El hombre que perseguía potros salvajes

Eran tiempos donde los antaño bravos guerreros indios de Norteamérica, desposeídos de sus tierras, se extinguían en las reservas. En ese tiempo, corriendo el año 1888, en el seno de una familia de la tribu Sac y Fox, originaria de la región de los Grandes Lagos, nació en Oklahoma un niño que tomó el nombre de Wa Tho Huck, que en el lenguaje de su pueblo significa “Sendero brillante”. Y por aquel sendero se guiarían las ilusiones de una raza acosada, que como otras, también se reivindicaría por medio del deporte.

Wa Tho Huck, aunque formalmente se llamaba James C. Thorpe, se crió en un rancho, aprendiendo con su padre los secretos de la caza y de la pesca, y practicando una de sus diversiones favoritas, perseguir corriendo a los potros salvajes. Tras estudiar en la escuela de la reserva, y presionado por sus padres para que continuara los estudios, ingresó con 15 años en el colegio estatal indio de Carlisle (Pensilvania), donde acudían jóvenes cherokee, sioux, cheyenne y de todas las tribus indias del país. Su naturaleza inquieta, incómoda con las paredes de las aulas y siempre impaciente por huir de ellas corriendo o saltando aire libre, se acopló perfectamente en Carlisle cuando gracias al director deportivo de la Escuela, el famoso entrenador, Pop Warner, comenzó a conocer los deportes, sobresaliendo en cuantos practicó gracias a su deslumbrante velocidad y viveza. Su incorporación al equipo de fútbol americano fue providencial para que en 1907, por primera vez, el colegio indio lograra obtener el campeonato universitario. También practicó atletismo, destacando como el mejor velocista, saltador y vallista. No hubo dudas para que en 1912 fuera uno de los atletas norteamericanos seleccionados para acudir a los Juegos Olímpicos de Estocolmo, ocasionando algunas dudas a la hora de elegir una prueba concreta para inscribirle, ya que James sobresalía en casi todas. Finalmente, se decidió por el pentatlón, que en aquellos años aún disputaban los hombres; y el decatlón, donde se busca al atleta perfecto computando las marcas de los 100 metros lisos, 110 metros vallas, 400 metros lisos, lanzamiento de peso, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina, salto de longitud, salto de altura, salto con pértiga y 1.500 metros. Thorpe fue el brillante campeón del pentatlón, ganando los 100 metros lisos, el salto de longitud, el lanzamiento de disco, y los 1.500 metros, quedando tercero en el lanzamiento de jabalina; y del decatlón, obteniendo una puntuación extraordinaria para la época que tardaría en superarse veinte años, y convirtiéndose, como diría el rey Gustavo V de Suecia al conocerle personalmente, “en el más grande atleta del mundo”.

Fue recibido a su regreso a Estados Unidos como un héroe nacional, despertando el feliz y añorado orgullo de tribu india que languidecía cultivando la tierra o tejiendo y vendiendo alfombras en las estaciones de ferrocarril. Ahora, con este triunfo, su tribu se congratulaba admirando cómo los hijos de los Sac (Pueblo de la Tierra Ocre) y de los Fox (Pueblo de la Tierra Roja) también tenían sitio en las tierras del hombre blanco. Pero aquello sólo fue un sueño que se desvaneció meses después, cuando un periódico norteamericano publicó que Thorpe había jugado varios partidos de béisbol como profesional en 1909. Fue todo un escándalo, pero era cierto.

Como parte del programa de integración social del colegio, los estudiantes indios eran colocados en diversos trabajos durante los meses de verano. A Thorpe le tocó ir a una granja cerca de Rocky Mount, y aprovechando su presencia, el equipo de béisbol del poblado le propuso pagarle la misma cantidad que recibía como peón si jugaba con ellos, y Jim prefirió el deporte antes que cargar paquetes de heno o limpiar establos. No sabía que aquello estaba prohibido por el escrupuloso espíritu olímpico, y ni siquiera tuvo la precaución de jugar con otro nombre, cosa que sí hacían otros deportistas más avispados. Aquellos escasos partidos que disputó como profesional en la Liga de béisbol de Carolina del Este amenazaban con destruir su reputación y honorabilidad. Así que su defensa fue sincera, sencilla y cándida, conquistando el cariño de la opinión pública, declarando a la prensa: “Espero que seré perdonado, en parte por el hecho de que yo era simplemente un escolar indio y no sabía que lo que estaba haciendo estaba mal hecho…No conocía las cosas del mundo”.

Pero el Comité Olímpico Internacional, presidido por el Baron de Coubertin, fue inflexible. Retiró a Thorpe el estatuto de amateur, borró su nombre de la lista de los campeones olímpicos y le invitó a que devolviera las medallas conseguidas.

Aquello rasgó el corazón de Thorpe, y con una resentida sed de justicia continuó con su espectacular carrera deportiva como jugador de béisbol, siendo uno de los impulsores de la primera liga profesional del fútbol americano, donde fue una estrella, aunque en los momentos de su declive tuvo que superar problemas de alcoholismo. Su reconocimiento social descansó en 1950 al ser elegido por los periodistas norteamericanos como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX, y al año siguiente, la compañía cinematográfica, Warner Bros, lanzaría una película sobre su vida protagonizada por Burt Lancaster. Pero aquello no fue suficiente. Cuando un ataque al corazón acabó con su vida en 1953, sus últimas palabras se fueron a Estocolmo reclamando: “¡Mis medallas, devolvedme mis medallas!”.

Treinta años después, acaso no demasiado tarde, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, tuvo el honor de devolver aquellas medallas a los seis hijos de Jim Thorpe, medallas que nunca quisieron aceptar los segundos clasificados por respeto al gran campeón. Dicen que desde entonces, Wa Tho Huck ha vuelto a perseguir corriendo potros salvajes en las praderas de los Sac y Fox, llevando al cuello colgadas sus medallas.

La agonía invencible

Como ocurría cada cuatro años, la tregua sagrada había paralizado las guerras y se disponía a unir a los pueblos, invitándoles a ofrecer ante los dioses, por medio de los Juegos, el esfuerzo de su antagonismo. Embajadas y peregrinos de todas las naciones griegas llegaban siguiendo el cauce del río Alfeo, sendero que regaba aquel fértil valle del Peloponeso, tan bello, que los dioses lo eligieron para habitarlo.

En las llanuras y bosques que se contemplan desde el monte Cronos, una vez más se habían reunido multitud de personas. Alrededor de la ciudad se habían instalado pequeños campamentos con tiendas, carros y ganado, y parte del gentío se comenzó a agrupar en uno de los caminos para recibir a la falange de atletas y acompañantes que entraban en Olimpia procedente de Elis. Entre ellos, alguien reconoció las hechuras de aquel luchador de cuello de toro, potentes brazos, poderosas manos y rostro cicatrizado. “¡Es Arrhichión de Figalia! ¡Es Arrhichión de Figalia!”, comenzaron a repetir cada vez más voces. Luego se levantaría un alborozo de gritos, aplausos y palabras de alabanza para los atletas, sobre todo para Arrhichión, el famoso vencedor del pancracio de los dos últimos Juegos, que volvía para participar por tercera vez consecutiva, tras jurar solemnemente ser hombre, griego, libre e hijo legítimo sin deshonra. Se vivían los días más calurosos del verano del año 564 antes de Cristo y pronto el plenilunio anunciaría el comienzo de las competiciones.

Arrhichión (o Arriquión) había nacido en Figalia, ciudad empobrecida por sus guerras contra espartanos y aqueos, en el seno de una familia de humildes campesinos. Además de una talla y peso destacable, sus cualidades como luchador le otorgaron una enorme pericia para improvisar golpes y presas que desconcertaban a sus rivales, algo que aplicaría con éxito al pancracio, una modalidad menos elegante que la lucha o el pugilato que permitía todo tipo de golpes y lesiones, menos morder y meter los dedos en los ojos u otros orificios del adversario.

El espectáculo tan desatado de la desnudez humana expuesta a puñetazos, patadas, llaves, torceduras, dislocaciones y estrangulamientos, incomodaba a las clases más tradicionales y pudientes que veían en este tipo de lucha salvaje algo indecoroso e insultante hacia el mismo Zeus. Además, Arrhichión, como la mayoría de los mozos brutales que practicaban el pancracio, era tosco e inculto, procedente de las zonas más retrasadas de Grecia, y al entender de algunos, no merecía el alto honor de ser beneficiado con la victoria olímpica. Pero ese honor descansaba insistente y congratulado en aquel hombre que jamás había perdido un combate y ya comenzaba a ser considerado como un semidiós.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”, proclamaban sus compatriotas, mientras victoria tras victoria su fama se extendía. Desde que los Juegos incorporaron la modalidad del pancracio, nadie había logrado repetir el triunfo, y Arrhichión, no sólo lo había conseguido hacía cuatro años, sino que además llegaba para intentarlo por tercera vez, y como ‘triastres’, tener derecho a una escultura de mármol que prolongaría el recuerdo inmortal de su nombre y de su hazaña. Nada molestó tanto a quienes renegaban del pancracio y de la fama de Arrhichión, así que tres noches antes del inicio de los Juegos, y fuera de sus actos litúrgicos, un grupo de varias decenas de personas, portando bueyes y objetos de oro, ascendíó hacia el bosquecillo del Altis, donde se encontraba el gran altar de Zeus. Miembros de conocidas familias aristocráticas de Olimpia, sacerdotes, antiguos entrenadores y ‘hellanódicas’ (jueces de los Juegos), se convocaron para maldecir y desear la muerte de Arrhichión en el combate.  Tras el sacrificio de las reses, el adivino proclamó los augurios favorables y profetizó que Arrhichión moriría durante los Juegos.

En el Estadio

Nadie recordaba tanta multitud agolpando las suaves pendientes, que a modo de graderíos naturales, se elevan sobre el Estadio, el gran rectángulo llano y blanquecino que medía seiscientas huellas del pie de Heracles (unos 192 metros), y que desde tiempos remotos era tierra donde se labraba a los campeones olímpicos. Cuando los dos luchadores lo pisaron, un clamor elevó las manos y los vestidos de millares de hombres que saltaban de contento y abrazaban a sus vecinos, deseosos de ser testigos de una gran proeza.

En la parte central de El Estadio, dentro del círculo de tierra seca y dura, sin las bondades de la tierra removida que para la ocasión se destinaba a otros luchadores, los dos contrincantes esperaban el combate final con la desigual ventaja que depararon las letras de la urna de plata, porque Arrhichión tuvo que derrotar a un oponente más para enfrentarse al último rival, el gigante Eurymenes de Opunte, beneficiado en un sorteo entre los tres últimos luchadores donde no encontró pareja. Frente a frente, los dos hombres se miraron fijamente a los ojos, tanteando quién sería el primero en retirar la mirada, siendo Arrhichión, cuando se dejó llevar por el vuelo de unas palomas que surgieron tras el rostro de su adversario. Aquello lo interpretó como una señal favorable y se arrodilló inclinando la cabeza. Rogaba a los dioses por la victoria cuando observó una insignificante hormiga. La recogió entre sus dedos, se levantó erguido, y ofreciéndosela en sacrificio al gran Zeus, la aplastó contra su frente, haciendo estallar voces exaltadas que se repitieron como una metralla: “¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”.

Filóstrato de Lemos escribió los detalles de aquella pelea donde Arrhichión “parecía que hubiese triunfado no sólo de su adversario, sino de Grecia entera”. En un momento del combate, el de Figalia se encontró en una difícil situación cuando su rival consiguió aprisionarle, colocando el codo contra la garganta e inmovilizando las piernas con sus rodillas y pies. Era una presa mortal que se mantenía ahogándole, y su duración levantó un murmullo de comentarios incrédulos que esperaban que el dedo índice se elevara en señal de rendición. Pero Arrhichión, aunque embotados sus sentidos y sin síntomas de reaccionar, seguía sin rendirse, mientras su oponente, acaso fiándose del triunfo, cometió el error de aflojar las piernas. Fue cuando Arrhichión de Figalia “escapando a la planta del pie con su pantorrilla, a manera de pinza, lo atenazó de un modo irresistible y, apoyándose con todo su peso sobre el costado izquierdo, apretó con su pierna replegada el pie de su adversario, retorciéndoselo con fuerza hasta desencajarle el tobillo”. Sin aliento y en los estertores de su agonía, Arriquión había logrado contener una fuerza increíble con la que fracturó el dedo gordo del pie de su rival, produciéndole tanto dolor que obligó a éste a declararse vencido.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”… El júbilo de quienes contemplaron tal escena fue atenuándose a medida que Arrhichión continuaba en el suelo, inmóvil, sin levantarse tras su sorprendente victoria, convirtiéndose en pesado silencio cuando finalmente anunciaron que había muerto. No se admitió la reclamación de Eurymenes de Opunte, que ante el fallecimiento de su rival pretendía ser el ganador, ya que él mismo se había derrotado al alzar su dedo. Así que el heraldo dio publicidad oficial del veredicto y se ciñó la frente del cadáver con una cinta de lana, a la espera de que en la ceremonia final, junto con el resto de los campeones, recibiera la corona de olivo.

 

El gesto de un caballero

En el estadio ‘Santiago Bernabéu’ los setenta mil espectadores se han quedado mudos. Las sensaciones que han acumulado en unos segundos son nuevas para los aficionados que allí han acudido para ver el partido liguero contra el Sabadell. Como una sola persona, han abucheado al árbitro cuando no se ha atrevido a pitar un penalti sobre Amancio, y han lamentado los dos disparos a la madera de un Fleitas poco afortunado en su puntería. Pero ahora, también como una sola persona, se han quedado sin palabras para responder a lo que acaban de contemplar. Algunos se han frotado los ojos para comprobar si aquello ha sido un efecto óptico de las luces del campo recién encendidas.

Corre el calendario de 1969 y Peru Zaballa, ex jugador del Barcelona, ya tiene 31 años. Le habían apodado el Zorro de Dublín durante las eliminatorias de la Eurocopa cuando marcó los dos goles que dieron la victoria a la selección española en el Dalymount Park de la capital irlandesa. España llegaría a la final ganando a la U.R.S.S. con el famoso gol de Marcelino. Ya han pasado algunos años. Ahora, algo más lento, y vestido con la camiseta del Sabadell, todavía tiene algo que enseñar. Ha lanzado una falta sobre la barrera madridista y el balón ha volado sobre el área. En su busca, con la energía que proporciona la decisión, acuden el delantero centro Palau, el defensa Espíldora y el meta Junquera. Los tres saltan encontrándose en el aire frustrados, porque el azar de sus impulsos provoca un choque brutal y un sonido seco que hiela la sangre. El portero cae al suelo con la cara ensangrentada. En el lance, la rodilla del defensa ha impactado contra su cara. Junquera queda inconsciente y Espíldora grita de dolor. El público se ha impresionado con el choque, y los jugadores más cercanos a la jugada se sienten paralizados. La pelota ha regresado a los pies de Zaballa ofreciendo el panorama más feliz para un delantero: la puerta vacía. Fue cuando el rumor de las gradas desapareció. Es un gol seguro que va a deshacer el empate a cero. El gesto técnico del jugador no va a fallar. Se ha llenado de la seguridad que atesora la experiencia y su pie acompaña la trayectoria de la pelota como marcan los cánones.

Los setenta mil aficionados continúan mudos al contemplar cómo se rompe la cadena de premisas que deduce el lógico desenlace del gol. El golpeo de Zaballa, enviando la pelota fuera, recuerda que la naturaleza humana está por encima del juego. No ha sido un error. Lo demuestra su inmediato interés por los heridos mientras los graderíos rompen el silencio con una estruendosa ovación dedicada al protagonista de la jugada más noble y deportiva que se ha visto en un campo de fútbol.

-No sé si darle un premio o sancionarle -dijo después del partido el señor Rosson, presidente del Sabadell, que finalmente vio perder a su equipo.

Pero las dudas se disiparon tiempo después. Pedro Zaballa Barquín fue premiado por la UNESCO como ejemplo del Juego Limpio (Fair Play), izando en París una bandera quijotesca que recibió con humildad.

 

 

Fútbol de trincheras

Estaba amaneciendo. El silencio era absoluto y todos esperaban con impaciencia el aviso. El capitán Wilfred Percy Neville, un joven inglés conocido cariñosamente por Billie que había sido suportter del Everton, había preparado a sus hombres para ese gran día, y ahora había llegado el momento de la verdad. Tomó con sus manos el balón de fútbol reglamentario que había comprado en Londres y con un potente chut a la manera de un “kick off” o puntapié inicial, comenzó a escribir la hazaña de un héroe y la victoria de una batalla y de una Gran Guerra.

Es una teoría antropológica conocida, y una previsible conclusión si nos atenemos al desarrollo de tantos y tantos partidos que se disputan. El fútbol es una escenificación del antagonismo supremo: la guerra. Ahí están los equipos, como dos ejércitos, enfrentados, uniformados, representados por un capitán en un campo de batalla, con jugadores que disparan y se mueven en tácticas de ataque y defensa, peleando por imponer sus respectivas banderas, escudos o colores, mientras se cantan himnos en el fragor de lo que al fin y al cabo sólo es un emocionante juego de imitación.

Pero hubo un día en que las guerras cambiaron por completo y el fútbol dejó de ser, por un momento, una ritualización de la guerra para ser verdadero impulso bélico y militar. Fue cuando Neville inició la carrera tras el balón con su tropa de infantería, mientras sonaban los disparos, las ráfagas de las ametralladoras y los secos y terribles cañonazos de los alemanes. Era la madrugada del 1 de julio de 1916, cuando catorce divisiones británicas y cinco francesas se lanzaron sobre un frente de 28 millas de ancho surcado de trincheras enemigas. Neville se había presentado voluntario para ser uno de los primeros en saltar hacia el fuego alemán, y había transmitido el deseo de avanzar como antes jamás se había hecho, con un balón de fútbol que el capitán también había entregado a cada uno de sus oficiales, Bobby Soames, Evans y W. Alcock. La idea supuso un gran revulsivo para sus soldados.

Esta historia real, recogida en los dibujos de Calen Woodville, representada en la película ‘Leyendas de pasión’, y fielmente documentada por el periodista Jesús Hurtado Navarrete, terminó con el capitán destrozado por un cañonazo, “pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra”. Aquella batalla, la batalla de Somme, causaría más de un millón de muertos. Por eso sigo prefiriendo el juego del fútbol.

 

 

 

 

La última salida de un portero

La playa se ensancha en la bajamar, y la arena mojada -limpia y fina- se repuebla de alevines de futbolistas. Son aguas del Cantábrico en el verano de 1993. Decenas de pies desnudos persiguen la pelota de goma y la empujan hacia dos montículos que inventan las porterías. Muy cerca, Jesús Castro, en otro tiempo portero del Sporting, contempla el juego y evoca sus partidos de crío en la playa de San Lorenzo. Han pasado varios años, pero la silueta de un portero  (una mancha inquieta en el centro de la mirada) surge dibujando paradas impensables cuando cierra los ojos tendido al sol.

Fue cuando en aquella playa el murmullo de las olas comenzó a susurrar palabras y versos ya escritos que nadie oyó.

 

…Combinada la brisa en su envoltura

bien, y mejor chutada,

la esfera terrenal de su figura

¡cómo! fue interceptada

por lo pez y fugaz de tu estirada…

 

El rumor se interrumpió bruscamente con gritos desesperados y reales:

- ¡Ayuda!, ¡Ayuda!, ¡Help me!

Como impulsado por un muelle, Jesús se ha levantado descubriendo a un niño asustado sumergiéndose en la mar. Los padres continúan pidiendo socorro. El sosiego se ha interrumpido renovando la naturaleza intuitiva e intrépida del guardameta. La acción es casi instintiva. Aspira una gran bocanada de aire antes de iniciar la carrera hacia la orilla, y se arroja al mar con ese ímpetu que los porteros tienen cuando salen de su área, obligados por las circunstancias, temerosos de cargar con la responsabilidad, pendientes de la anticipación y alentados por la seguridad en sí mismos. Siempre son la última esperanza del equipo, y los buenos, no dudan nunca. En el cuerpo a cuerpo, Jesús ha sorteado los inconvenientes y por fin, con el último esfuerzo, logra alejar al chiquillo de la resaca.

 

 “… Y hasta las olas del mar

entonan el alirón.

Pero el último esfuerzo ha consumido la energía del salvador. Su generosidad le ha dejado flotando indefenso en el capricho de las corrientes, y la mar se lo traga como aceptando un trueque fatal.

 

¡Ay fiera! En tu jaulón medio de lino,

se eliminó tu vida.

Nunca más, eficaz como un camino,

harás una salida

interrumpiendo el baile apolomida…

 

Jesús se marcha dejando su portería a cero, y las olas que acuden a las desembocaduras del Deva y del Nansa continúan susurrando palabras y versos ya escritos que nadie oye.

 

 Las insignias.

Las doradas insignias, flores de los ojales,

cerradas, por ti abiertas”.

El mensaje del corredor

Feidípides, o Filípides, había obtenido una gran celebridad entre las ciudades de la antigua Grecia debido a sus dotes como corredor.  Pero en esta ocasión no se trataba de unos juegos. Corría el año 490 a. de J. C y junto con 9.000 atenienses más, se encontraba luchando contra los ejércitos persas de Darío que les superaban ampliamente en número. La ciudad de Atenas, a unos cuarenta kilómetros del campo de batalla, estaba en juego.

Cuando los persas, sorprendidos por el arrojo de sus adversarios, huyeron precipitadamente hacia sus barcos, el general Milcíades llamó a Feidípides y le ordenó que llevara la feliz noticia de la victoria a los angustiados padres de la ciudad de Atenas. Bajo un sofocante calor, Feidípides arrojó el escudo, se despojó de su armadura, y salió cruzando las montañas hacia su destino. Corrió obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Entró en las calles de la ciudad con los labios abrasados, los pies cortados y sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. Cuando los patriarcas atenienses salieron a su paso, el extenuado corredor trastabilló hacia ellos anunciando: “¡Regocijaos!, ¡vencimos!”, y luego cayó al suelo y murió.

Este famoso suceso de la historia griega, la victoria en la batalla de Maratón, y la circunstancia de la muerte del mensajero, se convirtió en una carrera conmemorativa en los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896. En uno de los llanos de la aldea de Maratón, el mismo lugar donde se desarrolló la famosa batalla, se reunieron 25 corredores para emular la gesta de Feidípides y llegar victorioso al nuevo estadio olímpico de Atenas, recorriendo la misma distancia, unos cuarenta kilómetros. No fue necesaria la orden del general Milcíades para iniciar la carrera, ya que de ello se encargó el juez de salida, el coronel M. Papadiamantópoulos, disparando al aire su revólver. Los 25 atletas corrieron obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Alguno de ellos, con los labios abrasados, los pies sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. El fuerte calor y la dureza de tantos kilómetros fueron debilitando a los corredores, obligando a que se fueran retirando, uno a uno, cuando marchaban en primera posición. Cuando faltaban siete kilómetros, un mensajero llegó galopando a caballo al estadio y se dirigió al palco, donde se encontraba el rey Jorge I de Grecia con la familia real y sus invitados. El mensajero anunciaba que un griego iba en cabeza de la carrera. Se llamaba Spiridon Loues, aunque su nombre aparece también como Spyridon y su apellido también se recoge como Louys y Louis. Era un humilde pastor de las montañas, un hombre pequeño, delgado, solitario, profundamente religioso y soñador, que había escuchado a unos caminantes que deportistas de todo el mundo se reunirían en Atenas para resucitar las antiguas tradiciones olímpicas de su país. Spiridon, corredor incansable tras sus rebaños, había considerado un deber sagrado participar en aquella carrera de Maratón, y el día antes de emprenderla, confesó, comulgó y ayunó. Cuando entró en el estadio olímpico, la muchedumbre estalló en gritos de entusiasmo, y el príncipe heredero, Constantino, y su hermano, el príncipe Jorge de Grecia, bajaron del palco hasta la pista y se pusieron a trotar para acompañar, durante los últimos metros, la emocionante  llegada del atleta.

Como hiciera Feidípides con su carrera para trasmitir la noticia de la victoria ante los persas,  Spiridon Loues también llevó otro mensaje de éxito, un mensaje diferente, deportivo y moderno en el que un simple pastor podía llegar a la meta escoltado por príncipes y coronado de olivo. Spiridon fue la gran figura de aquellos Juegos, trasmitiendo el anuncio de otra gran victoria, la restauración del Olimpismo.

El poder del balón

Es un simple objeto esférico que encierra una porción de aire, pero también un invento mágico que alguien hizo volar para esparcir su incesante llamada de búsqueda y dominio.

En China fue de cuero relleno de estopa. Los antiguos egipcios lo hicieron de paja y cáscaras de granos. Los griegos y los romanos inflaron y cosieron una vejiga de buey, y relleno de crines nació en la Europa de la Edad Media y el Renacimiento. En América fue saltarina como el mismo caucho, y en Brasil todos piensan que es una mujer. Pelé la besó en Maracaná cuando marcó su gol número mil, y Alfredo Di Stéfano la guarda en bronce con una placa que dice: “Gracias, vieja”.

Con sólo una circunferencia de setenta centímetros, es capaz de cautivar a millones de seres humanos que lo persiguen ansiosos con la mirada. Dicen que su gran secreto reside en su geometría. Desmond Morris señala en su estudio sobre El deporte rey, que su propiedad principal es la “movilidad imparcial”, es decir: “al ser una esfera inflada, se traslada en cualquier dirección con la misma capacidad de respuesta, y su velocidad y trayectoria dependen exclusivamente del modo en que se la impulsa”.

Símbolo de equidad y justicia de las voluntades,  sigue jugando en los grandes estadios y en los patios de recreo de los colegios con un potencial afectivo que  sólo la percepción del poeta puede descubrir. Por ello desaparezco escribiendo y le paso el balón a don Gerardo Diego, en Los Arenales, para que remate con dos certeros versos a portería:

“Tener un balón, Dios mío.

Qué planeta de fortuna…”

El dios del emboque

“Pequeño, pero no flojo”, decían de aquel hombre menudo cuando se acercaba a la bolera y levantaba un murmullo de admiración. Rogelio González, vecino de Bielva, lanzaba las bolas como nadie. Cuando éstas se alzaban al aire, el público respiraba al unísono preparado para emocionarse ante cualquier inimaginable filigrana bolística.

“Pequeño, pero no flojo”, Rogelio González siempre llevó a las boleras unas manos curtidas y grandes, una semblanza humilde y una sonrisa honrada. Por eso sus emboques resultaron ser mágicos. Quizás no sea una casualidad que entre todos los bolos, precisamente el pequeño sea el único diferente a los demás, pero el que mayor grandiosidad aporta.

El escritor Manuel Llano decía que “lanzar bien los buenos pensamientos, es lo mismo que hacer emboques en la bolera”, y añadía sobre el estelar desenlace de los bolos: “Una gran virtud es hacer un emboque dentro de uno mismo, en el ánimo, donde ruedan las bolas de las sensaciones, incesantemente, llenas de tierra de mundo. Una gran sencillez espontánea, fina, justa, es otro emboque limpio, raro, perfecto. La bola rueda en el aire del espíritu retorneada, describiendo una comba graciosa, alta, hasta caer en la conciencia. Vencer por virtud, por inteligencia, por humildad, por afecto, por energía, es hacer en la bolera de la historia unos emboques resonantes, ejemplares, inolvidables…”

Rogelio González, El Zurdo de Bielva, se apretó el cinturón de sus anchos pantalones, se ató el último botón de su camisa blanca, se caló la boina, y con las bolas con las que acudía a los concursos se llevó el contenido de las palabras del escritor cabuérnigo. Sus emboques fueron “resonantes, ejemplares, inolvidables”. Aunque su apodo le señala como zurdo, lanzaba indistintamente con las dos manos, y su facilidad para enfilar y derribar bolos obligó a que se birlara con la misma mano con la que se tira, tanta ventaja tenía el mítico jugador ambidiestro. Pero ninguna norma se interpuso ante su extraordinaria habilidad para embocar. Quizás se debiera a su sangre caribeña que embrujaba las bolas que tocaba, y nadie duda de que la excepcionalidad de su destreza tuvo una gran relación con su estancia en Cuba, donde emigró cuando tenía 22 años. Allí practicó el bolo cubano, una modalidad que por la distribución y el tamaño de los bolos requería un magnífico pulso para tumbarlos, impactando directamente en su base.

Rogelio había nacido en La Habana, pero cuando cumplió su primer año ya se encontraba en Bielva, lugar donde pronto sintió el hechizo de los bolos, aprendiendo a jugar en una bolera que él mismo había construido y cuidaba con esmero. En Bielva, junto a las casonas con hidalgo pasado que aún mantienen en alto los escudos de armas de Celis y Estrada, junto a los muros de mampostería que recuerdan una antigua fortificación, junto a la capilla del Cristo que reposa en su retablo principal, Rogelio González comenzó a jugar a los bolos. Cuando regresó de Cuba, cual indiano que trae el espíritu de los que vuelven, plantó una palmera que hizo fatigar al viento exaltando el emboque. Y el emboque se quedó definitivamente en un paisaje de montañas y riscos, con robledos, haedos, avellanos, pastos cubiertos de verde y bruma, y el juego de los bolos.

El ciclista que rompió el Tour

Siempre me visita una pequeña tristeza cuando se reúnen los nombres de los ciclistas españoles que alguna vez ganaron el Tour de Francia: Bahamontes, Ocaña, Delgado, Induráin, y más recientemente, Pereiro, Contador, Sastre… porque echo de menos el nombre de Vicente Trueba, el primer deportista español de fama internacional, gracias precisamente a sus actuaciones en la gran vuelta francesa.

El ciclista de Torrelavega deslumbró a los organizadores del Tour en 1932, y sin duda inspirados por sus espectaculares escaladas, éstos decidieron establecer al año siguiente el Gran Premio de la Montaña. Y Vicente Trueba no desaprovechó la ocasión de estrenarlo como ganador, y de qué manera. Cuando todos luchaban con aquellas largas pendientes de los Alpes o los Pirineos clavados en sus bicicletas, de repente, surgía aquel hombrecillo con su maillot verde y amarillo, con un rictus en la boca, los codos separados y las manos en lo alto del guía, para distanciar la ventaja, quebrar el ritmo y arruinar la moral de sus contrarios. Lástima de las bajadas, donde perdía parte de sus rentas, porque el punto débil de este gran corredor fue su poco peso, y acaso la falta de pericia en los descensos a tumba abierta.

La pulga, que así le pusieron los franceses por su tamaño, pero también por la desesperante facilidad con la que saltaba del pelotón en las duras subidas, era un ciclista rompedor. Y no sólo rompía las piernas de sus rivales durante los ascensos. Llegó a romper hasta el mismo Tour. Me voy a las páginas del libro de Ángel Neila sobre la biografía de este gran ciclista, para explicar que el día en que Trueba rompió la carrera fue el martes, 7 de julio, en la décima etapa de la edición de 1933, con un recorrido de 156 kilómetros, salpicado de puertos de montaña, que separan Digne de Niza. Casi en los comienzos, cinco corredores mal situados en la clasificación arrancaron en una escapada mientras el pelotón pedaleaba con cierta tranquilidad… hasta que, avanzada la etapa, la ventaja se hizo mayúscula y comenzó a amenazar a los ciclistas la sombra del cierre de control (el reglamento del Tour ese año aplicaba el 8 por ciento del tiempo del ganador para señalar el cierre). Trueba se dio cuenta de esta circunstancia y se separó del pelotón para reducir las diferencias, llegando a alcanzar a uno de los fugados y entrando finalmente en la quinta posición. Sólo siete corredores se libraron aquel día de la quema, porque el resto de los participantes, incluidos los primeros de la general, entraron desfallecidos y fuera de control. Vicente Trueba había conseguido el maillot amarillo con más de nueve minutos de ventaja sobre el segundo, Fayolle, el ganador de la etapa. Pero para evitar aquella criba, el patrón y todopoderoso Desgrange, solicitó a los comisarios de la carrera que aumentaran el porcentaje del cierre de control al 10 por ciento y así repescar a la mayor parte de los corredores descolgados. Y así se hizo. Se cambió la norma para evitar la hecatombe.

Al final del Tour, el corredor torrelaveguense quedó situado en el sexto lugar, lejos de ese primer puesto que le hubiera correspondido con el reglamento en la mano. Por eso siempre me visita una pequeña tristeza cuando se reúnen los nombres de los ciclistas españoles que alguna vez ganaron el Tour de Francia.

El nadador poeta

Dicen que el primer gran nadador de los tiempos modernos fue un poeta cojo que cruzó a nado en 1810 el famoso Helesponto (el estrecho de los Dardanelos). El poeta era nada menos que lord Byron y se lanzó al agua para demostrar que se podía ir nadando desde Abydos a Sestos, tal y como, guiado por un farol, hacía el joven Leandro para encontrarse por las noches con su amante, la sacerdotisa Hero. Hasta que una noche el viento apagó el farol y por la mañana apareció el cuerpo sin vida del enamorado nadador. Entonces Hero, desesperada, se arrojó al mar desde lo alto de la torre.

Es un aliciente toparse con un poeta (en este caso un gran poeta) entre los legendarios pioneros del deporte, y así comprender cómo la motivación romántica y literaria también es capaz de desplegar tanto derroche físico. Byron, que escribió ‘La prometida de Abydos‘, hizo sólo una vez el trayecto que Leandro había hecho muchas veces en ambos sentidos, pero daría muestras de ser un excelente nadador en varias ocasiones más. Por ejemplo, en España cruzó a nado el Tajo permaneciendo tres horas en el agua, y en 1818 salió victorioso de una comprometida apuesta cuando un caballero llamado Menglado le retó a nadar desde la isla de Lido hasta Venecia. El caballero abandonó cuando estaba a las puertas del Gran Canal, y Byron, que estuvo en el agua 4 horas y 20 minutos, continuó nadando hasta otra isla más allá de Venecia. El poeta tenía entonces 30 años.

El recorrido de largas distancias fue el origen de la natación deportiva, hasta que en torno a 1869 los nadadores ingleses se agruparon y empezaron a organizar competiciones de distancias cortas. Fue entonces cuando se comenzó a practicar el over arm stroke (cuerpo ladeado, patada de tijera y un brazo que salía del agua), surgiendo el interés por las técnicas de tracción para alcanzar más velocidad.

Y así empezó una nueva natación deportiva que se concentraría en las piscinas, mientras la evocación de hazañas al filo de lo imposible se ha ido alejando de los nadadores para depositarse en los poetas.

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