Un gol para una novia
Hay goles que se graban tanto en la memoria… acaso por el deseo de continuar celebrándolos eternamente. El gol de Iniesta contra Holanda en la final del Mundial de Sudáfrica será uno de ellos, pero hay otros más lejanos, menos trascendentes, más íntimos, que también dejaron una profunda huella.
Me voy a una tarde de 1925, en los Campos de Sport de El Sardinero (Santander). Es domingo, día 5 de abril, y el Racing recibe al potente Arenas de Guecho en un partido del Campeonato de España. Aquel gol fue ciertamente excepcional. El Racing perdía 0-1 y en una jugada, el balón salió fuera del campo junto a la tribuna. Óscar, el gran delantero centro racinguista, fue a buscar la pelota y levantó la mirada al público, descubriendo el lugar donde estaba su novia, Manuela Arauna, con su hermosa y confortable sonrisa que estaba a punto de entretener el saque de banda. No pudo escuchar ninguna queja recriminatoria y simpática por su ensimismamiento, simplemente fue una inspiración que le salió de su alma enamorada de futbolista. El caso es que Óscar, con el balón en las manos, se atrevió a proclamar su cariño con una dedicatoria que escucharon con claridad varios periodistas, entre ellos Domingo Solís: “¡Este gol que voy a meter ahora va por ti, Manolita!”. Y lo excepcional fue lo que ocurrió momentos después. Óscar sacó de banda a Finina, éste le devolvió el balón y el delantero centro comenzó a conducirlo sorteando a los areneros Vallana, Careaga y Peña, antes de propinar un fuerte disparo, desde más de treinta metros, que se coló en la portería de Jáuregui como una victoriosa declaración de amor.
Meses después, el 4 de noviembre, se celebró una cena de despedida de soltero de Óscar, que anunció su boda con Manolita. Por aquellos tiempos la Junta Directiva del Racing tenía como secretario al escritor y periodista José Barrio y Bravo, que fue el encargado de pronunciar un brindis glorioso de endecasílabos exaltando la figura del genial futbolista y sus formidables goles, entre los cuales, no podía faltar el denominado “gol de la novia” que bien se merecieron estos versos:
Aunque no bebo nunca, en esta fiesta
postrera de tu vida de novicio,
pues pronto, y ante Dios, harás los votos
que te harán oficiar como marido,
como hermano mayor, contigo parto
no sólo el pan, sino también el vino.
Alzo mi copa, pues; y brindar quiero,
como amigo devoto y directivo,
por tu felicidad junto a la esposa
que ha de darte la gloria de unos hijos
a quienes, algún día, contaremos
los amigos tus triunfos futbolísticos,
las horas de emoción que prodigaste
en los Campos de Sport, con el prodigio
de tu chut soberano; y, de este modo,
nos sentiremos como renacidos.
¡Qué inolvidable tarde -evocaremos-
de los vascos de Guecho!… Aquel partido
en que ante la “gradona” escandalosa,
burlando, ágil y raudo, al enemigo,
hasta el marco llegaste en un alarde
de fortaleza, de valor y brío
y, solo ante la puerta, como un rayo,
la catapulta de tu pierna hizo
el “goal” más formidable y asombroso
que la afición en Santander ha visto.
Desbordóse, alocado, el entusiasmo
como torrente por el graderío;
la gente, puesta en pie, te ovacionaba;
“-Qué bárbaro!” -chillaban los “malditos”,
y “El Tirabeque” daba, mientras tanto,
al aire la fanfarria de sus gritos
que, para su fervor de apasionados,
son candentes estrofas de un raro himno
de exaltación cordial y de esperanza…
¡Oh, la grandeza de aquel “goal” magnífico,
llamado “el de la novia” por Domingo
Solís, el contagiado especialista
del furioso microbio deportivo!
Y viene a cuento recordar la hazaña
de aquel maravilloso y duro tiro,
por ser la misma novia quien nos ha hecho
reunirnos esta noche en este sitio.
Brindo por “ella”, por la bella ausente;
brindo por tu felicidad eterna, y brindo
porque en los cuartos de final que vienen
perfores de Eizaguirre los dominios,
como antaño, tres veces por lo menos,
y a Jáuregui o Vidal hagas lo mismo
y ante tu fortaleza no haya obstáculos
y se rindan los Celtas… y los íberos,
y, de este modo, para el Racing se abra,
bordeado de laureles, el camino
de finalista y campeón de España…
Perdonadme este chorro de optimismo,
la falta de costumbre, ha hecho, sin duda,
que se me suba a la cabeza el vino
con sólo olerlo… vedme ya repuesto
de este ataque de puro racinguismo.
¡Hurra el Racing, señores; ¡hurra el Racing!
¡Hurra, su centro delantero invicto!
¡Por Óscar, por su amada y por el Racing…
y por los venideros “Oscaritos”!