Un gol para una novia

 Hay goles que se graban tanto en la memoria… acaso por el deseo de continuar celebrándolos eternamente. El gol de Iniesta contra Holanda en la final del Mundial de Sudáfrica será uno de ellos, pero hay otros más lejanos, menos trascendentes, más íntimos, que también dejaron una profunda huella.

 Me voy a una tarde de 1925, en los Campos de Sport de El Sardinero (Santander). Es domingo, día 5 de abril, y el Racing recibe al potente Arenas de Guecho en un partido del Campeonato de España. Aquel gol fue ciertamente excepcional. El Racing perdía 0-1 y en una jugada, el balón salió fuera del campo junto a la tribuna. Óscar, el gran delantero centro racinguista, fue a buscar la pelota y levantó la mirada al público, descubriendo el lugar donde estaba su novia, Manuela Arauna, con su hermosa y confortable sonrisa que estaba a punto de entretener el saque de banda. No pudo escuchar ninguna queja recriminatoria y simpática por su ensimismamiento, simplemente fue una inspiración que le salió de su alma enamorada de futbolista. El caso es que Óscar, con el balón en las manos, se atrevió a proclamar su cariño con una dedicatoria que escucharon con claridad varios periodistas, entre ellos Domingo Solís: “¡Este gol que voy a meter ahora va por ti, Manolita!”. Y lo excepcional fue lo que ocurrió momentos después. Óscar sacó de banda a Finina, éste le devolvió el balón y el delantero centro comenzó a conducirlo sorteando a los areneros Vallana, Careaga y Peña, antes de propinar un fuerte disparo, desde más de treinta metros, que se coló en la portería de Jáuregui como una victoriosa declaración de amor.

 Meses después, el 4 de noviembre, se celebró una cena de despedida de soltero de Óscar, que anunció su boda con Manolita. Por aquellos tiempos la Junta Directiva del Racing tenía como secretario al escritor y periodista José Barrio y Bravo, que fue el encargado de pronunciar un brindis glorioso de endecasílabos exaltando la figura del genial futbolista y sus formidables goles, entre los cuales, no podía faltar el denominado “gol de la novia” que bien se merecieron estos versos:

Aunque no bebo nunca, en esta fiesta

postrera de tu vida de novicio,

pues pronto, y ante Dios, harás los votos

que te harán oficiar como marido,

como hermano mayor, contigo parto

no sólo el pan, sino también el vino.

 

Alzo mi copa, pues; y brindar quiero,

como amigo devoto y directivo,

por tu felicidad junto a la esposa

que ha de darte la gloria de unos hijos

a quienes, algún día, contaremos

los amigos tus triunfos futbolísticos,

las horas de emoción que prodigaste

en los Campos de Sport, con el prodigio

de tu chut soberano; y, de este modo,

nos sentiremos como renacidos.

 

¡Qué inolvidable tarde -evocaremos-

de los vascos de Guecho!… Aquel partido

en que ante la “gradona” escandalosa,

burlando, ágil y raudo, al enemigo,

hasta el marco llegaste en un alarde

de fortaleza, de valor y brío

y, solo ante la puerta, como un rayo,

la catapulta de tu pierna hizo

el “goal” más formidable y asombroso

que la afición en Santander ha visto.

 

Desbordóse, alocado, el entusiasmo

como torrente por el graderío;

la gente, puesta en pie, te ovacionaba;

“-Qué bárbaro!” -chillaban los “malditos”,

y “El Tirabeque” daba, mientras tanto,

al aire la fanfarria de sus gritos

que, para su fervor de apasionados,

son candentes estrofas de un raro himno

de exaltación cordial y de esperanza…

¡Oh, la grandeza de aquel “goal” magnífico,

llamado “el de la novia” por Domingo

Solís, el contagiado especialista

del furioso microbio deportivo!

 

Y viene a cuento recordar la hazaña

de aquel maravilloso y duro tiro,

por ser la misma novia quien nos ha hecho

reunirnos esta noche en este sitio.

 

Brindo por “ella”, por la bella ausente;

brindo por tu felicidad eterna, y brindo

porque en los cuartos de final que vienen

perfores de Eizaguirre los dominios,

como antaño, tres veces por lo menos,

y a Jáuregui o Vidal hagas lo mismo

y ante tu fortaleza no haya obstáculos

y se rindan los Celtas… y los íberos,

y, de este modo, para el Racing se abra,

bordeado de laureles, el camino

de finalista y campeón de España…

 

Perdonadme este chorro de optimismo,

la falta de costumbre, ha hecho, sin duda,

que se me suba a la cabeza el vino

con sólo olerlo… vedme ya repuesto

de este ataque de puro racinguismo.

 

¡Hurra el Racing, señores; ¡hurra el Racing!

¡Hurra, su centro delantero invicto!

¡Por Óscar, por su amada y por el Racing…

y por los venideros “Oscaritos”!

Al portero quebrado

A Zamoruca, portero racinguista quebrado y admirado, con motivo de su homenaje encendido por la Asociación Cántabra de Entrenadores en julio de 2004.

 

Quebrado por el choque de su alado,

húmedo húmero, prolongado y seguro,

se deslizó camino del futuro,

húmedo húmero quebrado en dos quebrado.

 

Bajo la lluvia en el Metropolitano

atrapas gotas de trágicos instantes,

gotas falsas de oro y de diamantes,

hasta donde podrá alcanzar tu mano.

 

Donde zumban las botas en orgías,

donde la hierba es tuya y embarrada,

tu envoltura de brisa, resbalada,

se estira límpida sin odas ni elegías.

 

Pero la caza del balón se ha equivocado,

y con puerta salvada,

húmedo húmero quebrado en dos quebrado,

escribes el final de la jugada.

 

“Oso rubio de Hungría” le llamaron,

era también valiente guardameta

y su sangre vertida, y su regreso,

emocionaron la oda del poeta:

“Nadie se olvida, nadie, nadie, nadie…”,

“el cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan…”

y Alberti acaba casi como empieza:

“No nadie, nadie, nadie”, dice.

 

Entre el “tumulto de breves pantalones”

otro portero herido, sin victoria,

Manuel Soler su nombre,

intercepta “el momento más bello de la historia”,

tumbándose en el viento,

y sobre lágrimas de apenada elegía,

Miguel Hernández no se olvida.

 

No se olvidaron del mejor, tu ídolo:

“Por ti, Ricardo, en que fundó la aurora

del fútbol español su luz crecida”…

Casi perfecto menos en la herida,

Zamora en ti vestido, ayer y ahora.

 

Se olvidaron de ti en los hospitales,

con médicos jugando con  tus huesos,

sin lírica, sin épica tus gestos,

tu saque a bote pronto,

tus saltos en lo alto siempre honestos,

tu atención plena debajo de los palos,

tu portería a cero.

 

Con “doradas insignias”,

“cerradas, por ti abiertas”,

cincuenta años después has regresado,

húmedo húmero quebrado en dos quebrado,

sobre el aire del área, como pájaro herido,

con bandadas de amigos.

 

Ya inútil para el vuelo, tu corta ala quebrada

se despliega gigante entre polluelos.

Tanto vuelo que empolla, tanto vuelo,

que vuelan lo que tanto no has volado,

y ansiosos de volar, por volar vuelan

a Zamoruca, portero no olvidado.

El hombre que perseguía potros salvajes

Eran tiempos donde los antaño bravos guerreros indios de Norteamérica, desposeídos de sus tierras, se extinguían en las reservas. En ese tiempo, corriendo el año 1888, en el seno de una familia de la tribu Sac y Fox, originaria de la región de los Grandes Lagos, nació en Oklahoma un niño que tomó el nombre de Wa Tho Huck, que en el lenguaje de su pueblo significa “Sendero brillante”. Y por aquel sendero se guiarían las ilusiones de una raza acosada, que como otras, también se reivindicaría por medio del deporte.

Wa Tho Huck, aunque formalmente se llamaba James C. Thorpe, se crió en un rancho, aprendiendo con su padre los secretos de la caza y de la pesca, y practicando una de sus diversiones favoritas, perseguir corriendo a los potros salvajes. Tras estudiar en la escuela de la reserva, y presionado por sus padres para que continuara los estudios, ingresó con 15 años en el colegio estatal indio de Carlisle (Pensilvania), donde acudían jóvenes cherokee, sioux, cheyenne y de todas las tribus indias del país. Su naturaleza inquieta, incómoda con las paredes de las aulas y siempre impaciente por huir de ellas corriendo o saltando aire libre, se acopló perfectamente en Carlisle cuando gracias al director deportivo de la Escuela, el famoso entrenador, Pop Warner, comenzó a conocer los deportes, sobresaliendo en cuantos practicó gracias a su deslumbrante velocidad y viveza. Su incorporación al equipo de fútbol americano fue providencial para que en 1907, por primera vez, el colegio indio lograra obtener el campeonato universitario. También practicó atletismo, destacando como el mejor velocista, saltador y vallista. No hubo dudas para que en 1912 fuera uno de los atletas norteamericanos seleccionados para acudir a los Juegos Olímpicos de Estocolmo, ocasionando algunas dudas a la hora de elegir una prueba concreta para inscribirle, ya que James sobresalía en casi todas. Finalmente, se decidió por el pentatlón, que en aquellos años aún disputaban los hombres; y el decatlón, donde se busca al atleta perfecto computando las marcas de los 100 metros lisos, 110 metros vallas, 400 metros lisos, lanzamiento de peso, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina, salto de longitud, salto de altura, salto con pértiga y 1.500 metros. Thorpe fue el brillante campeón del pentatlón, ganando los 100 metros lisos, el salto de longitud, el lanzamiento de disco, y los 1.500 metros, quedando tercero en el lanzamiento de jabalina; y del decatlón, obteniendo una puntuación extraordinaria para la época que tardaría en superarse veinte años, y convirtiéndose, como diría el rey Gustavo V de Suecia al conocerle personalmente, “en el más grande atleta del mundo”.

Fue recibido a su regreso a Estados Unidos como un héroe nacional, despertando el feliz y añorado orgullo de tribu india que languidecía cultivando la tierra o tejiendo y vendiendo alfombras en las estaciones de ferrocarril. Ahora, con este triunfo, su tribu se congratulaba admirando cómo los hijos de los Sac (Pueblo de la Tierra Ocre) y de los Fox (Pueblo de la Tierra Roja) también tenían sitio en las tierras del hombre blanco. Pero aquello sólo fue un sueño que se desvaneció meses después, cuando un periódico norteamericano publicó que Thorpe había jugado varios partidos de béisbol como profesional en 1909. Fue todo un escándalo, pero era cierto.

Como parte del programa de integración social del colegio, los estudiantes indios eran colocados en diversos trabajos durante los meses de verano. A Thorpe le tocó ir a una granja cerca de Rocky Mount, y aprovechando su presencia, el equipo de béisbol del poblado le propuso pagarle la misma cantidad que recibía como peón si jugaba con ellos, y Jim prefirió el deporte antes que cargar paquetes de heno o limpiar establos. No sabía que aquello estaba prohibido por el escrupuloso espíritu olímpico, y ni siquiera tuvo la precaución de jugar con otro nombre, cosa que sí hacían otros deportistas más avispados. Aquellos escasos partidos que disputó como profesional en la Liga de béisbol de Carolina del Este amenazaban con destruir su reputación y honorabilidad. Así que su defensa fue sincera, sencilla y cándida, conquistando el cariño de la opinión pública, declarando a la prensa: “Espero que seré perdonado, en parte por el hecho de que yo era simplemente un escolar indio y no sabía que lo que estaba haciendo estaba mal hecho…No conocía las cosas del mundo”.

Pero el Comité Olímpico Internacional, presidido por el Baron de Coubertin, fue inflexible. Retiró a Thorpe el estatuto de amateur, borró su nombre de la lista de los campeones olímpicos y le invitó a que devolviera las medallas conseguidas.

Aquello rasgó el corazón de Thorpe, y con una resentida sed de justicia continuó con su espectacular carrera deportiva como jugador de béisbol, siendo uno de los impulsores de la primera liga profesional del fútbol americano, donde fue una estrella, aunque en los momentos de su declive tuvo que superar problemas de alcoholismo. Su reconocimiento social descansó en 1950 al ser elegido por los periodistas norteamericanos como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX, y al año siguiente, la compañía cinematográfica, Warner Bros, lanzaría una película sobre su vida protagonizada por Burt Lancaster. Pero aquello no fue suficiente. Cuando un ataque al corazón acabó con su vida en 1953, sus últimas palabras se fueron a Estocolmo reclamando: “¡Mis medallas, devolvedme mis medallas!”.

Treinta años después, acaso no demasiado tarde, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, tuvo el honor de devolver aquellas medallas a los seis hijos de Jim Thorpe, medallas que nunca quisieron aceptar los segundos clasificados por respeto al gran campeón. Dicen que desde entonces, Wa Tho Huck ha vuelto a perseguir corriendo potros salvajes en las praderas de los Sac y Fox, llevando al cuello colgadas sus medallas.

La agonía invencible

Como ocurría cada cuatro años, la tregua sagrada había paralizado las guerras y se disponía a unir a los pueblos, invitándoles a ofrecer ante los dioses, por medio de los Juegos, el esfuerzo de su antagonismo. Embajadas y peregrinos de todas las naciones griegas llegaban siguiendo el cauce del río Alfeo, sendero que regaba aquel fértil valle del Peloponeso, tan bello, que los dioses lo eligieron para habitarlo.

En las llanuras y bosques que se contemplan desde el monte Cronos, una vez más se habían reunido multitud de personas. Alrededor de la ciudad se habían instalado pequeños campamentos con tiendas, carros y ganado, y parte del gentío se comenzó a agrupar en uno de los caminos para recibir a la falange de atletas y acompañantes que entraban en Olimpia procedente de Elis. Entre ellos, alguien reconoció las hechuras de aquel luchador de cuello de toro, potentes brazos, poderosas manos y rostro cicatrizado. “¡Es Arrhichión de Figalia! ¡Es Arrhichión de Figalia!”, comenzaron a repetir cada vez más voces. Luego se levantaría un alborozo de gritos, aplausos y palabras de alabanza para los atletas, sobre todo para Arrhichión, el famoso vencedor del pancracio de los dos últimos Juegos, que volvía para participar por tercera vez consecutiva, tras jurar solemnemente ser hombre, griego, libre e hijo legítimo sin deshonra. Se vivían los días más calurosos del verano del año 564 antes de Cristo y pronto el plenilunio anunciaría el comienzo de las competiciones.

Arrhichión (o Arriquión) había nacido en Figalia, ciudad empobrecida por sus guerras contra espartanos y aqueos, en el seno de una familia de humildes campesinos. Además de una talla y peso destacable, sus cualidades como luchador le otorgaron una enorme pericia para improvisar golpes y presas que desconcertaban a sus rivales, algo que aplicaría con éxito al pancracio, una modalidad menos elegante que la lucha o el pugilato que permitía todo tipo de golpes y lesiones, menos morder y meter los dedos en los ojos u otros orificios del adversario.

El espectáculo tan desatado de la desnudez humana expuesta a puñetazos, patadas, llaves, torceduras, dislocaciones y estrangulamientos, incomodaba a las clases más tradicionales y pudientes que veían en este tipo de lucha salvaje algo indecoroso e insultante hacia el mismo Zeus. Además, Arrhichión, como la mayoría de los mozos brutales que practicaban el pancracio, era tosco e inculto, procedente de las zonas más retrasadas de Grecia, y al entender de algunos, no merecía el alto honor de ser beneficiado con la victoria olímpica. Pero ese honor descansaba insistente y congratulado en aquel hombre que jamás había perdido un combate y ya comenzaba a ser considerado como un semidiós.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”, proclamaban sus compatriotas, mientras victoria tras victoria su fama se extendía. Desde que los Juegos incorporaron la modalidad del pancracio, nadie había logrado repetir el triunfo, y Arrhichión, no sólo lo había conseguido hacía cuatro años, sino que además llegaba para intentarlo por tercera vez, y como ‘triastres’, tener derecho a una escultura de mármol que prolongaría el recuerdo inmortal de su nombre y de su hazaña. Nada molestó tanto a quienes renegaban del pancracio y de la fama de Arrhichión, así que tres noches antes del inicio de los Juegos, y fuera de sus actos litúrgicos, un grupo de varias decenas de personas, portando bueyes y objetos de oro, ascendíó hacia el bosquecillo del Altis, donde se encontraba el gran altar de Zeus. Miembros de conocidas familias aristocráticas de Olimpia, sacerdotes, antiguos entrenadores y ‘hellanódicas’ (jueces de los Juegos), se convocaron para maldecir y desear la muerte de Arrhichión en el combate.  Tras el sacrificio de las reses, el adivino proclamó los augurios favorables y profetizó que Arrhichión moriría durante los Juegos.

En el Estadio

Nadie recordaba tanta multitud agolpando las suaves pendientes, que a modo de graderíos naturales, se elevan sobre el Estadio, el gran rectángulo llano y blanquecino que medía seiscientas huellas del pie de Heracles (unos 192 metros), y que desde tiempos remotos era tierra donde se labraba a los campeones olímpicos. Cuando los dos luchadores lo pisaron, un clamor elevó las manos y los vestidos de millares de hombres que saltaban de contento y abrazaban a sus vecinos, deseosos de ser testigos de una gran proeza.

En la parte central de El Estadio, dentro del círculo de tierra seca y dura, sin las bondades de la tierra removida que para la ocasión se destinaba a otros luchadores, los dos contrincantes esperaban el combate final con la desigual ventaja que depararon las letras de la urna de plata, porque Arrhichión tuvo que derrotar a un oponente más para enfrentarse al último rival, el gigante Eurymenes de Opunte, beneficiado en un sorteo entre los tres últimos luchadores donde no encontró pareja. Frente a frente, los dos hombres se miraron fijamente a los ojos, tanteando quién sería el primero en retirar la mirada, siendo Arrhichión, cuando se dejó llevar por el vuelo de unas palomas que surgieron tras el rostro de su adversario. Aquello lo interpretó como una señal favorable y se arrodilló inclinando la cabeza. Rogaba a los dioses por la victoria cuando observó una insignificante hormiga. La recogió entre sus dedos, se levantó erguido, y ofreciéndosela en sacrificio al gran Zeus, la aplastó contra su frente, haciendo estallar voces exaltadas que se repitieron como una metralla: “¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”.

Filóstrato de Lemos escribió los detalles de aquella pelea donde Arrhichión “parecía que hubiese triunfado no sólo de su adversario, sino de Grecia entera”. En un momento del combate, el de Figalia se encontró en una difícil situación cuando su rival consiguió aprisionarle, colocando el codo contra la garganta e inmovilizando las piernas con sus rodillas y pies. Era una presa mortal que se mantenía ahogándole, y su duración levantó un murmullo de comentarios incrédulos que esperaban que el dedo índice se elevara en señal de rendición. Pero Arrhichión, aunque embotados sus sentidos y sin síntomas de reaccionar, seguía sin rendirse, mientras su oponente, acaso fiándose del triunfo, cometió el error de aflojar las piernas. Fue cuando Arrhichión de Figalia “escapando a la planta del pie con su pantorrilla, a manera de pinza, lo atenazó de un modo irresistible y, apoyándose con todo su peso sobre el costado izquierdo, apretó con su pierna replegada el pie de su adversario, retorciéndoselo con fuerza hasta desencajarle el tobillo”. Sin aliento y en los estertores de su agonía, Arriquión había logrado contener una fuerza increíble con la que fracturó el dedo gordo del pie de su rival, produciéndole tanto dolor que obligó a éste a declararse vencido.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”… El júbilo de quienes contemplaron tal escena fue atenuándose a medida que Arrhichión continuaba en el suelo, inmóvil, sin levantarse tras su sorprendente victoria, convirtiéndose en pesado silencio cuando finalmente anunciaron que había muerto. No se admitió la reclamación de Eurymenes de Opunte, que ante el fallecimiento de su rival pretendía ser el ganador, ya que él mismo se había derrotado al alzar su dedo. Así que el heraldo dio publicidad oficial del veredicto y se ciñó la frente del cadáver con una cinta de lana, a la espera de que en la ceremonia final, junto con el resto de los campeones, recibiera la corona de olivo.

 

El gesto de un caballero

En el estadio ‘Santiago Bernabéu’ los setenta mil espectadores se han quedado mudos. Las sensaciones que han acumulado en unos segundos son nuevas para los aficionados que allí han acudido para ver el partido liguero contra el Sabadell. Como una sola persona, han abucheado al árbitro cuando no se ha atrevido a pitar un penalti sobre Amancio, y han lamentado los dos disparos a la madera de un Fleitas poco afortunado en su puntería. Pero ahora, también como una sola persona, se han quedado sin palabras para responder a lo que acaban de contemplar. Algunos se han frotado los ojos para comprobar si aquello ha sido un efecto óptico de las luces del campo recién encendidas.

Corre el calendario de 1969 y Peru Zaballa, ex jugador del Barcelona, ya tiene 31 años. Le habían apodado el Zorro de Dublín durante las eliminatorias de la Eurocopa cuando marcó los dos goles que dieron la victoria a la selección española en el Dalymount Park de la capital irlandesa. España llegaría a la final ganando a la U.R.S.S. con el famoso gol de Marcelino. Ya han pasado algunos años. Ahora, algo más lento, y vestido con la camiseta del Sabadell, todavía tiene algo que enseñar. Ha lanzado una falta sobre la barrera madridista y el balón ha volado sobre el área. En su busca, con la energía que proporciona la decisión, acuden el delantero centro Palau, el defensa Espíldora y el meta Junquera. Los tres saltan encontrándose en el aire frustrados, porque el azar de sus impulsos provoca un choque brutal y un sonido seco que hiela la sangre. El portero cae al suelo con la cara ensangrentada. En el lance, la rodilla del defensa ha impactado contra su cara. Junquera queda inconsciente y Espíldora grita de dolor. El público se ha impresionado con el choque, y los jugadores más cercanos a la jugada se sienten paralizados. La pelota ha regresado a los pies de Zaballa ofreciendo el panorama más feliz para un delantero: la puerta vacía. Fue cuando el rumor de las gradas desapareció. Es un gol seguro que va a deshacer el empate a cero. El gesto técnico del jugador no va a fallar. Se ha llenado de la seguridad que atesora la experiencia y su pie acompaña la trayectoria de la pelota como marcan los cánones.

Los setenta mil aficionados continúan mudos al contemplar cómo se rompe la cadena de premisas que deduce el lógico desenlace del gol. El golpeo de Zaballa, enviando la pelota fuera, recuerda que la naturaleza humana está por encima del juego. No ha sido un error. Lo demuestra su inmediato interés por los heridos mientras los graderíos rompen el silencio con una estruendosa ovación dedicada al protagonista de la jugada más noble y deportiva que se ha visto en un campo de fútbol.

-No sé si darle un premio o sancionarle -dijo después del partido el señor Rosson, presidente del Sabadell, que finalmente vio perder a su equipo.

Pero las dudas se disiparon tiempo después. Pedro Zaballa Barquín fue premiado por la UNESCO como ejemplo del Juego Limpio (Fair Play), izando en París una bandera quijotesca que recibió con humildad.

 

 

Fútbol de trincheras

Estaba amaneciendo. El silencio era absoluto y todos esperaban con impaciencia el aviso. El capitán Wilfred Percy Neville, un joven inglés conocido cariñosamente por Billie que había sido suportter del Everton, había preparado a sus hombres para ese gran día, y ahora había llegado el momento de la verdad. Tomó con sus manos el balón de fútbol reglamentario que había comprado en Londres y con un potente chut a la manera de un “kick off” o puntapié inicial, comenzó a escribir la hazaña de un héroe y la victoria de una batalla y de una Gran Guerra.

Es una teoría antropológica conocida, y una previsible conclusión si nos atenemos al desarrollo de tantos y tantos partidos que se disputan. El fútbol es una escenificación del antagonismo supremo: la guerra. Ahí están los equipos, como dos ejércitos, enfrentados, uniformados, representados por un capitán en un campo de batalla, con jugadores que disparan y se mueven en tácticas de ataque y defensa, peleando por imponer sus respectivas banderas, escudos o colores, mientras se cantan himnos en el fragor de lo que al fin y al cabo sólo es un emocionante juego de imitación.

Pero hubo un día en que las guerras cambiaron por completo y el fútbol dejó de ser, por un momento, una ritualización de la guerra para ser verdadero impulso bélico y militar. Fue cuando Neville inició la carrera tras el balón con su tropa de infantería, mientras sonaban los disparos, las ráfagas de las ametralladoras y los secos y terribles cañonazos de los alemanes. Era la madrugada del 1 de julio de 1916, cuando catorce divisiones británicas y cinco francesas se lanzaron sobre un frente de 28 millas de ancho surcado de trincheras enemigas. Neville se había presentado voluntario para ser uno de los primeros en saltar hacia el fuego alemán, y había transmitido el deseo de avanzar como antes jamás se había hecho, con un balón de fútbol que el capitán también había entregado a cada uno de sus oficiales, Bobby Soames, Evans y W. Alcock. La idea supuso un gran revulsivo para sus soldados.

Esta historia real, recogida en los dibujos de Calen Woodville, representada en la película ‘Leyendas de pasión’, y fielmente documentada por el periodista Jesús Hurtado Navarrete, terminó con el capitán destrozado por un cañonazo, “pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra”. Aquella batalla, la batalla de Somme, causaría más de un millón de muertos. Por eso sigo prefiriendo el juego del fútbol.

 

 

 

 

La última salida de un portero

La playa se ensancha en la bajamar, y la arena mojada -limpia y fina- se repuebla de alevines de futbolistas. Son aguas del Cantábrico en el verano de 1993. Decenas de pies desnudos persiguen la pelota de goma y la empujan hacia dos montículos que inventan las porterías. Muy cerca, Jesús Castro, en otro tiempo portero del Sporting, contempla el juego y evoca sus partidos de crío en la playa de San Lorenzo. Han pasado varios años, pero la silueta de un portero  (una mancha inquieta en el centro de la mirada) surge dibujando paradas impensables cuando cierra los ojos tendido al sol.

Fue cuando en aquella playa el murmullo de las olas comenzó a susurrar palabras y versos ya escritos que nadie oyó.

 

…Combinada la brisa en su envoltura

bien, y mejor chutada,

la esfera terrenal de su figura

¡cómo! fue interceptada

por lo pez y fugaz de tu estirada…

 

El rumor se interrumpió bruscamente con gritos desesperados y reales:

- ¡Ayuda!, ¡Ayuda!, ¡Help me!

Como impulsado por un muelle, Jesús se ha levantado descubriendo a un niño asustado sumergiéndose en la mar. Los padres continúan pidiendo socorro. El sosiego se ha interrumpido renovando la naturaleza intuitiva e intrépida del guardameta. La acción es casi instintiva. Aspira una gran bocanada de aire antes de iniciar la carrera hacia la orilla, y se arroja al mar con ese ímpetu que los porteros tienen cuando salen de su área, obligados por las circunstancias, temerosos de cargar con la responsabilidad, pendientes de la anticipación y alentados por la seguridad en sí mismos. Siempre son la última esperanza del equipo, y los buenos, no dudan nunca. En el cuerpo a cuerpo, Jesús ha sorteado los inconvenientes y por fin, con el último esfuerzo, logra alejar al chiquillo de la resaca.

 

 “… Y hasta las olas del mar

entonan el alirón.

Pero el último esfuerzo ha consumido la energía del salvador. Su generosidad le ha dejado flotando indefenso en el capricho de las corrientes, y la mar se lo traga como aceptando un trueque fatal.

 

¡Ay fiera! En tu jaulón medio de lino,

se eliminó tu vida.

Nunca más, eficaz como un camino,

harás una salida

interrumpiendo el baile apolomida…

 

Jesús se marcha dejando su portería a cero, y las olas que acuden a las desembocaduras del Deva y del Nansa continúan susurrando palabras y versos ya escritos que nadie oye.

 

 Las insignias.

Las doradas insignias, flores de los ojales,

cerradas, por ti abiertas”.

El mensaje del corredor

Feidípides, o Filípides, había obtenido una gran celebridad entre las ciudades de la antigua Grecia debido a sus dotes como corredor.  Pero en esta ocasión no se trataba de unos juegos. Corría el año 490 a. de J. C y junto con 9.000 atenienses más, se encontraba luchando contra los ejércitos persas de Darío que les superaban ampliamente en número. La ciudad de Atenas, a unos cuarenta kilómetros del campo de batalla, estaba en juego.

Cuando los persas, sorprendidos por el arrojo de sus adversarios, huyeron precipitadamente hacia sus barcos, el general Milcíades llamó a Feidípides y le ordenó que llevara la feliz noticia de la victoria a los angustiados padres de la ciudad de Atenas. Bajo un sofocante calor, Feidípides arrojó el escudo, se despojó de su armadura, y salió cruzando las montañas hacia su destino. Corrió obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Entró en las calles de la ciudad con los labios abrasados, los pies cortados y sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. Cuando los patriarcas atenienses salieron a su paso, el extenuado corredor trastabilló hacia ellos anunciando: “¡Regocijaos!, ¡vencimos!”, y luego cayó al suelo y murió.

Este famoso suceso de la historia griega, la victoria en la batalla de Maratón, y la circunstancia de la muerte del mensajero, se convirtió en una carrera conmemorativa en los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896. En uno de los llanos de la aldea de Maratón, el mismo lugar donde se desarrolló la famosa batalla, se reunieron 25 corredores para emular la gesta de Feidípides y llegar victorioso al nuevo estadio olímpico de Atenas, recorriendo la misma distancia, unos cuarenta kilómetros. No fue necesaria la orden del general Milcíades para iniciar la carrera, ya que de ello se encargó el juez de salida, el coronel M. Papadiamantópoulos, disparando al aire su revólver. Los 25 atletas corrieron obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Alguno de ellos, con los labios abrasados, los pies sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. El fuerte calor y la dureza de tantos kilómetros fueron debilitando a los corredores, obligando a que se fueran retirando, uno a uno, cuando marchaban en primera posición. Cuando faltaban siete kilómetros, un mensajero llegó galopando a caballo al estadio y se dirigió al palco, donde se encontraba el rey Jorge I de Grecia con la familia real y sus invitados. El mensajero anunciaba que un griego iba en cabeza de la carrera. Se llamaba Spiridon Loues, aunque su nombre aparece también como Spyridon y su apellido también se recoge como Louys y Louis. Era un humilde pastor de las montañas, un hombre pequeño, delgado, solitario, profundamente religioso y soñador, que había escuchado a unos caminantes que deportistas de todo el mundo se reunirían en Atenas para resucitar las antiguas tradiciones olímpicas de su país. Spiridon, corredor incansable tras sus rebaños, había considerado un deber sagrado participar en aquella carrera de Maratón, y el día antes de emprenderla, confesó, comulgó y ayunó. Cuando entró en el estadio olímpico, la muchedumbre estalló en gritos de entusiasmo, y el príncipe heredero, Constantino, y su hermano, el príncipe Jorge de Grecia, bajaron del palco hasta la pista y se pusieron a trotar para acompañar, durante los últimos metros, la emocionante  llegada del atleta.

Como hiciera Feidípides con su carrera para trasmitir la noticia de la victoria ante los persas,  Spiridon Loues también llevó otro mensaje de éxito, un mensaje diferente, deportivo y moderno en el que un simple pastor podía llegar a la meta escoltado por príncipes y coronado de olivo. Spiridon fue la gran figura de aquellos Juegos, trasmitiendo el anuncio de otra gran victoria, la restauración del Olimpismo.

El poder del balón

Es un simple objeto esférico que encierra una porción de aire, pero también un invento mágico que alguien hizo volar para esparcir su incesante llamada de búsqueda y dominio.

En China fue de cuero relleno de estopa. Los antiguos egipcios lo hicieron de paja y cáscaras de granos. Los griegos y los romanos inflaron y cosieron una vejiga de buey, y relleno de crines nació en la Europa de la Edad Media y el Renacimiento. En América fue saltarina como el mismo caucho, y en Brasil todos piensan que es una mujer. Pelé la besó en Maracaná cuando marcó su gol número mil, y Alfredo Di Stéfano la guarda en bronce con una placa que dice: “Gracias, vieja”.

Con sólo una circunferencia de setenta centímetros, es capaz de cautivar a millones de seres humanos que lo persiguen ansiosos con la mirada. Dicen que su gran secreto reside en su geometría. Desmond Morris señala en su estudio sobre El deporte rey, que su propiedad principal es la “movilidad imparcial”, es decir: “al ser una esfera inflada, se traslada en cualquier dirección con la misma capacidad de respuesta, y su velocidad y trayectoria dependen exclusivamente del modo en que se la impulsa”.

Símbolo de equidad y justicia de las voluntades,  sigue jugando en los grandes estadios y en los patios de recreo de los colegios con un potencial afectivo que  sólo la percepción del poeta puede descubrir. Por ello desaparezco escribiendo y le paso el balón a don Gerardo Diego, en Los Arenales, para que remate con dos certeros versos a portería:

“Tener un balón, Dios mío.

Qué planeta de fortuna…”

El dios del emboque

“Pequeño, pero no flojo”, decían de aquel hombre menudo cuando se acercaba a la bolera y levantaba un murmullo de admiración. Rogelio González, vecino de Bielva, lanzaba las bolas como nadie. Cuando éstas se alzaban al aire, el público respiraba al unísono preparado para emocionarse ante cualquier inimaginable filigrana bolística.

“Pequeño, pero no flojo”, Rogelio González siempre llevó a las boleras unas manos curtidas y grandes, una semblanza humilde y una sonrisa honrada. Por eso sus emboques resultaron ser mágicos. Quizás no sea una casualidad que entre todos los bolos, precisamente el pequeño sea el único diferente a los demás, pero el que mayor grandiosidad aporta.

El escritor Manuel Llano decía que “lanzar bien los buenos pensamientos, es lo mismo que hacer emboques en la bolera”, y añadía sobre el estelar desenlace de los bolos: “Una gran virtud es hacer un emboque dentro de uno mismo, en el ánimo, donde ruedan las bolas de las sensaciones, incesantemente, llenas de tierra de mundo. Una gran sencillez espontánea, fina, justa, es otro emboque limpio, raro, perfecto. La bola rueda en el aire del espíritu retorneada, describiendo una comba graciosa, alta, hasta caer en la conciencia. Vencer por virtud, por inteligencia, por humildad, por afecto, por energía, es hacer en la bolera de la historia unos emboques resonantes, ejemplares, inolvidables…”

Rogelio González, El Zurdo de Bielva, se apretó el cinturón de sus anchos pantalones, se ató el último botón de su camisa blanca, se caló la boina, y con las bolas con las que acudía a los concursos se llevó el contenido de las palabras del escritor cabuérnigo. Sus emboques fueron “resonantes, ejemplares, inolvidables”. Aunque su apodo le señala como zurdo, lanzaba indistintamente con las dos manos, y su facilidad para enfilar y derribar bolos obligó a que se birlara con la misma mano con la que se tira, tanta ventaja tenía el mítico jugador ambidiestro. Pero ninguna norma se interpuso ante su extraordinaria habilidad para embocar. Quizás se debiera a su sangre caribeña que embrujaba las bolas que tocaba, y nadie duda de que la excepcionalidad de su destreza tuvo una gran relación con su estancia en Cuba, donde emigró cuando tenía 22 años. Allí practicó el bolo cubano, una modalidad que por la distribución y el tamaño de los bolos requería un magnífico pulso para tumbarlos, impactando directamente en su base.

Rogelio había nacido en La Habana, pero cuando cumplió su primer año ya se encontraba en Bielva, lugar donde pronto sintió el hechizo de los bolos, aprendiendo a jugar en una bolera que él mismo había construido y cuidaba con esmero. En Bielva, junto a las casonas con hidalgo pasado que aún mantienen en alto los escudos de armas de Celis y Estrada, junto a los muros de mampostería que recuerdan una antigua fortificación, junto a la capilla del Cristo que reposa en su retablo principal, Rogelio González comenzó a jugar a los bolos. Cuando regresó de Cuba, cual indiano que trae el espíritu de los que vuelven, plantó una palmera que hizo fatigar al viento exaltando el emboque. Y el emboque se quedó definitivamente en un paisaje de montañas y riscos, con robledos, haedos, avellanos, pastos cubiertos de verde y bruma, y el juego de los bolos.

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