Fútbol de trincheras

Estaba amaneciendo. El silencio era absoluto y todos esperaban con impaciencia el aviso. El capitán Wilfred Percy Neville, un joven inglés conocido cariñosamente por Billie que había sido suportter del Everton, había preparado a sus hombres para ese gran día, y ahora había llegado el momento de la verdad. Tomó con sus manos el balón de fútbol reglamentario que había comprado en Londres y con un potente chut a la manera de un “kick off” o puntapié inicial, comenzó a escribir la hazaña de un héroe y la victoria de una batalla y de una Gran Guerra.

Es una teoría antropológica conocida, y una previsible conclusión si nos atenemos al desarrollo de tantos y tantos partidos que se disputan. El fútbol es una escenificación del antagonismo supremo: la guerra. Ahí están los equipos, como dos ejércitos, enfrentados, uniformados, representados por un capitán en un campo de batalla, con jugadores que disparan y se mueven en tácticas de ataque y defensa, peleando por imponer sus respectivas banderas, escudos o colores, mientras se cantan himnos en el fragor de lo que al fin y al cabo sólo es un emocionante juego de imitación.

Pero hubo un día en que las guerras cambiaron por completo y el fútbol dejó de ser, por un momento, una ritualización de la guerra para ser verdadero impulso bélico y militar. Fue cuando Neville inició la carrera tras el balón con su tropa de infantería, mientras sonaban los disparos, las ráfagas de las ametralladoras y los secos y terribles cañonazos de los alemanes. Era la madrugada del 1 de julio de 1916, cuando catorce divisiones británicas y cinco francesas se lanzaron sobre un frente de 28 millas de ancho surcado de trincheras enemigas. Neville se había presentado voluntario para ser uno de los primeros en saltar hacia el fuego alemán, y había transmitido el deseo de avanzar como antes jamás se había hecho, con un balón de fútbol que el capitán también había entregado a cada uno de sus oficiales, Bobby Soames, Evans y W. Alcock. La idea supuso un gran revulsivo para sus soldados.

Esta historia real, recogida en los dibujos de Calen Woodville, representada en la película ‘Leyendas de pasión’, y fielmente documentada por el periodista Jesús Hurtado Navarrete, terminó con el capitán destrozado por un cañonazo, “pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra”. Aquella batalla, la batalla de Somme, causaría más de un millón de muertos. Por eso sigo prefiriendo el juego del fútbol.

 

 

 

 

6 comentarios

  • Por Libertario, 27 Octubre 2009 @ 19:12

    Muy bonito, literario, seguro que se está engendrando un libro.

  • Por anema, 27 Octubre 2009 @ 19:36

    Quizá sea esta la razón por la que el fútbol británico siempre se ha caracterizado por ser un fútbol de ataque, esencia primigenia a la que sigue siendo fiel y que vendría a reflejar (no soy sociólogo) el carácter de todo un pueblo.

  • Por Lola, 30 Octubre 2009 @ 23:13

    Es difícil imaginar el horror que supone correr entre las ráfagas de las ametralladoras, y el hecho de que haya por medio un balón de fútbol es muy sorprendente. Me encantó la película de Leyendas de pasíon y esta historia me ha hecho recordar el detalle del militar que da un puntapíe al balón,que pasa casi inadvertido. Enhorabuena.

  • Por gato, 30 Octubre 2009 @ 23:44

    Sencillamente magnifico.

  • Por oveja negra, 12 Noviembre 2009 @ 12:04

    No me gusta el fútbol pero este relato hace que algo banalizado actualmente como son varios personajes corriendo detrás de una pelota, cobre un sentido dentro de un contexto. Sí, el arte del fútbol es parecido al arte de la guerra, una lucha psicológica, donde todas las variables influyen en el resultado. “Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas”, Sun Tzu.

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