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El hombre que perseguía potros salvajes

Eran tiempos donde los antaño bravos guerreros indios de Norteamérica, desposeídos de sus tierras, se extinguían en las reservas. En ese tiempo, corriendo el año 1888, en el seno de una familia de la tribu Sac y Fox, originaria de la región de los Grandes Lagos, nació en Oklahoma un niño que tomó el nombre de Wa Tho Huck, que en el lenguaje de su pueblo significa “Sendero brillante”. Y por aquel sendero se guiarían las ilusiones de una raza acosada, que como otras, también se reivindicaría por medio del deporte.

Wa Tho Huck, aunque formalmente se llamaba James C. Thorpe, se crió en un rancho, aprendiendo con su padre los secretos de la caza y de la pesca, y practicando una de sus diversiones favoritas, perseguir corriendo a los potros salvajes. Tras estudiar en la escuela de la reserva, y presionado por sus padres para que continuara los estudios, ingresó con 15 años en el colegio estatal indio de Carlisle (Pensilvania), donde acudían jóvenes cherokee, sioux, cheyenne y de todas las tribus indias del país. Su naturaleza inquieta, incómoda con las paredes de las aulas y siempre impaciente por huir de ellas corriendo o saltando aire libre, se acopló perfectamente en Carlisle cuando gracias al director deportivo de la Escuela, el famoso entrenador, Pop Warner, comenzó a conocer los deportes, sobresaliendo en cuantos practicó gracias a su deslumbrante velocidad y viveza. Su incorporación al equipo de fútbol americano fue providencial para que en 1907, por primera vez, el colegio indio lograra obtener el campeonato universitario. También practicó atletismo, destacando como el mejor velocista, saltador y vallista. No hubo dudas para que en 1912 fuera uno de los atletas norteamericanos seleccionados para acudir a los Juegos Olímpicos de Estocolmo, ocasionando algunas dudas a la hora de elegir una prueba concreta para inscribirle, ya que James sobresalía en casi todas. Finalmente, se decidió por el pentatlón, que en aquellos años aún disputaban los hombres; y el decatlón, donde se busca al atleta perfecto computando las marcas de los 100 metros lisos, 110 metros vallas, 400 metros lisos, lanzamiento de peso, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina, salto de longitud, salto de altura, salto con pértiga y 1.500 metros. Thorpe fue el brillante campeón del pentatlón, ganando los 100 metros lisos, el salto de longitud, el lanzamiento de disco, y los 1.500 metros, quedando tercero en el lanzamiento de jabalina; y del decatlón, obteniendo una puntuación extraordinaria para la época que tardaría en superarse veinte años, y convirtiéndose, como diría el rey Gustavo V de Suecia al conocerle personalmente, “en el más grande atleta del mundo”.

Fue recibido a su regreso a Estados Unidos como un héroe nacional, despertando el feliz y añorado orgullo de tribu india que languidecía cultivando la tierra o tejiendo y vendiendo alfombras en las estaciones de ferrocarril. Ahora, con este triunfo, su tribu se congratulaba admirando cómo los hijos de los Sac (Pueblo de la Tierra Ocre) y de los Fox (Pueblo de la Tierra Roja) también tenían sitio en las tierras del hombre blanco. Pero aquello sólo fue un sueño que se desvaneció meses después, cuando un periódico norteamericano publicó que Thorpe había jugado varios partidos de béisbol como profesional en 1909. Fue todo un escándalo, pero era cierto.

Como parte del programa de integración social del colegio, los estudiantes indios eran colocados en diversos trabajos durante los meses de verano. A Thorpe le tocó ir a una granja cerca de Rocky Mount, y aprovechando su presencia, el equipo de béisbol del poblado le propuso pagarle la misma cantidad que recibía como peón si jugaba con ellos, y Jim prefirió el deporte antes que cargar paquetes de heno o limpiar establos. No sabía que aquello estaba prohibido por el escrupuloso espíritu olímpico, y ni siquiera tuvo la precaución de jugar con otro nombre, cosa que sí hacían otros deportistas más avispados. Aquellos escasos partidos que disputó como profesional en la Liga de béisbol de Carolina del Este amenazaban con destruir su reputación y honorabilidad. Así que su defensa fue sincera, sencilla y cándida, conquistando el cariño de la opinión pública, declarando a la prensa: “Espero que seré perdonado, en parte por el hecho de que yo era simplemente un escolar indio y no sabía que lo que estaba haciendo estaba mal hecho…No conocía las cosas del mundo”.

Pero el Comité Olímpico Internacional, presidido por el Baron de Coubertin, fue inflexible. Retiró a Thorpe el estatuto de amateur, borró su nombre de la lista de los campeones olímpicos y le invitó a que devolviera las medallas conseguidas.

Aquello rasgó el corazón de Thorpe, y con una resentida sed de justicia continuó con su espectacular carrera deportiva como jugador de béisbol, siendo uno de los impulsores de la primera liga profesional del fútbol americano, donde fue una estrella, aunque en los momentos de su declive tuvo que superar problemas de alcoholismo. Su reconocimiento social descansó en 1950 al ser elegido por los periodistas norteamericanos como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX, y al año siguiente, la compañía cinematográfica, Warner Bros, lanzaría una película sobre su vida protagonizada por Burt Lancaster. Pero aquello no fue suficiente. Cuando un ataque al corazón acabó con su vida en 1953, sus últimas palabras se fueron a Estocolmo reclamando: “¡Mis medallas, devolvedme mis medallas!”.

Treinta años después, acaso no demasiado tarde, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, tuvo el honor de devolver aquellas medallas a los seis hijos de Jim Thorpe, medallas que nunca quisieron aceptar los segundos clasificados por respeto al gran campeón. Dicen que desde entonces, Wa Tho Huck ha vuelto a perseguir corriendo potros salvajes en las praderas de los Sac y Fox, llevando al cuello colgadas sus medallas.

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