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La agonía invencible

Como ocurría cada cuatro años, la tregua sagrada había paralizado las guerras y se disponía a unir a los pueblos, invitándoles a ofrecer ante los dioses, por medio de los Juegos, el esfuerzo de su antagonismo. Embajadas y peregrinos de todas las naciones griegas llegaban siguiendo el cauce del río Alfeo, sendero que regaba aquel fértil valle del Peloponeso, tan bello, que los dioses lo eligieron para habitarlo.

En las llanuras y bosques que se contemplan desde el monte Cronos, una vez más se habían reunido multitud de personas. Alrededor de la ciudad se habían instalado pequeños campamentos con tiendas, carros y ganado, y parte del gentío se comenzó a agrupar en uno de los caminos para recibir a la falange de atletas y acompañantes que entraban en Olimpia procedente de Elis. Entre ellos, alguien reconoció las hechuras de aquel luchador de cuello de toro, potentes brazos, poderosas manos y rostro cicatrizado. “¡Es Arrhichión de Figalia! ¡Es Arrhichión de Figalia!”, comenzaron a repetir cada vez más voces. Luego se levantaría un alborozo de gritos, aplausos y palabras de alabanza para los atletas, sobre todo para Arrhichión, el famoso vencedor del pancracio de los dos últimos Juegos, que volvía para participar por tercera vez consecutiva, tras jurar solemnemente ser hombre, griego, libre e hijo legítimo sin deshonra. Se vivían los días más calurosos del verano del año 564 antes de Cristo y pronto el plenilunio anunciaría el comienzo de las competiciones.

Arrhichión (o Arriquión) había nacido en Figalia, ciudad empobrecida por sus guerras contra espartanos y aqueos, en el seno de una familia de humildes campesinos. Además de una talla y peso destacable, sus cualidades como luchador le otorgaron una enorme pericia para improvisar golpes y presas que desconcertaban a sus rivales, algo que aplicaría con éxito al pancracio, una modalidad menos elegante que la lucha o el pugilato que permitía todo tipo de golpes y lesiones, menos morder y meter los dedos en los ojos u otros orificios del adversario.

El espectáculo tan desatado de la desnudez humana expuesta a puñetazos, patadas, llaves, torceduras, dislocaciones y estrangulamientos, incomodaba a las clases más tradicionales y pudientes que veían en este tipo de lucha salvaje algo indecoroso e insultante hacia el mismo Zeus. Además, Arrhichión, como la mayoría de los mozos brutales que practicaban el pancracio, era tosco e inculto, procedente de las zonas más retrasadas de Grecia, y al entender de algunos, no merecía el alto honor de ser beneficiado con la victoria olímpica. Pero ese honor descansaba insistente y congratulado en aquel hombre que jamás había perdido un combate y ya comenzaba a ser considerado como un semidiós.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”, proclamaban sus compatriotas, mientras victoria tras victoria su fama se extendía. Desde que los Juegos incorporaron la modalidad del pancracio, nadie había logrado repetir el triunfo, y Arrhichión, no sólo lo había conseguido hacía cuatro años, sino que además llegaba para intentarlo por tercera vez, y como ‘triastres’, tener derecho a una escultura de mármol que prolongaría el recuerdo inmortal de su nombre y de su hazaña. Nada molestó tanto a quienes renegaban del pancracio y de la fama de Arrhichión, así que tres noches antes del inicio de los Juegos, y fuera de sus actos litúrgicos, un grupo de varias decenas de personas, portando bueyes y objetos de oro, ascendíó hacia el bosquecillo del Altis, donde se encontraba el gran altar de Zeus. Miembros de conocidas familias aristocráticas de Olimpia, sacerdotes, antiguos entrenadores y ‘hellanódicas’ (jueces de los Juegos), se convocaron para maldecir y desear la muerte de Arrhichión en el combate.  Tras el sacrificio de las reses, el adivino proclamó los augurios favorables y profetizó que Arrhichión moriría durante los Juegos.

En el Estadio

Nadie recordaba tanta multitud agolpando las suaves pendientes, que a modo de graderíos naturales, se elevan sobre el Estadio, el gran rectángulo llano y blanquecino que medía seiscientas huellas del pie de Heracles (unos 192 metros), y que desde tiempos remotos era tierra donde se labraba a los campeones olímpicos. Cuando los dos luchadores lo pisaron, un clamor elevó las manos y los vestidos de millares de hombres que saltaban de contento y abrazaban a sus vecinos, deseosos de ser testigos de una gran proeza.

En la parte central de El Estadio, dentro del círculo de tierra seca y dura, sin las bondades de la tierra removida que para la ocasión se destinaba a otros luchadores, los dos contrincantes esperaban el combate final con la desigual ventaja que depararon las letras de la urna de plata, porque Arrhichión tuvo que derrotar a un oponente más para enfrentarse al último rival, el gigante Eurymenes de Opunte, beneficiado en un sorteo entre los tres últimos luchadores donde no encontró pareja. Frente a frente, los dos hombres se miraron fijamente a los ojos, tanteando quién sería el primero en retirar la mirada, siendo Arrhichión, cuando se dejó llevar por el vuelo de unas palomas que surgieron tras el rostro de su adversario. Aquello lo interpretó como una señal favorable y se arrodilló inclinando la cabeza. Rogaba a los dioses por la victoria cuando observó una insignificante hormiga. La recogió entre sus dedos, se levantó erguido, y ofreciéndosela en sacrificio al gran Zeus, la aplastó contra su frente, haciendo estallar voces exaltadas que se repitieron como una metralla: “¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”.

Filóstrato de Lemos escribió los detalles de aquella pelea donde Arrhichión “parecía que hubiese triunfado no sólo de su adversario, sino de Grecia entera”. En un momento del combate, el de Figalia se encontró en una difícil situación cuando su rival consiguió aprisionarle, colocando el codo contra la garganta e inmovilizando las piernas con sus rodillas y pies. Era una presa mortal que se mantenía ahogándole, y su duración levantó un murmullo de comentarios incrédulos que esperaban que el dedo índice se elevara en señal de rendición. Pero Arrhichión, aunque embotados sus sentidos y sin síntomas de reaccionar, seguía sin rendirse, mientras su oponente, acaso fiándose del triunfo, cometió el error de aflojar las piernas. Fue cuando Arrhichión de Figalia “escapando a la planta del pie con su pantorrilla, a manera de pinza, lo atenazó de un modo irresistible y, apoyándose con todo su peso sobre el costado izquierdo, apretó con su pierna replegada el pie de su adversario, retorciéndoselo con fuerza hasta desencajarle el tobillo”. Sin aliento y en los estertores de su agonía, Arriquión había logrado contener una fuerza increíble con la que fracturó el dedo gordo del pie de su rival, produciéndole tanto dolor que obligó a éste a declararse vencido.

“¡Arrhichión el invencible!, ¡Arrhichión el invencible!”… El júbilo de quienes contemplaron tal escena fue atenuándose a medida que Arrhichión continuaba en el suelo, inmóvil, sin levantarse tras su sorprendente victoria, convirtiéndose en pesado silencio cuando finalmente anunciaron que había muerto. No se admitió la reclamación de Eurymenes de Opunte, que ante el fallecimiento de su rival pretendía ser el ganador, ya que él mismo se había derrotado al alzar su dedo. Así que el heraldo dio publicidad oficial del veredicto y se ciñó la frente del cadáver con una cinta de lana, a la espera de que en la ceremonia final, junto con el resto de los campeones, recibiera la corona de olivo.

 

El mensaje del corredor

Feidípides, o Filípides, había obtenido una gran celebridad entre las ciudades de la antigua Grecia debido a sus dotes como corredor.  Pero en esta ocasión no se trataba de unos juegos. Corría el año 490 a. de J. C y junto con 9.000 atenienses más, se encontraba luchando contra los ejércitos persas de Darío que les superaban ampliamente en número. La ciudad de Atenas, a unos cuarenta kilómetros del campo de batalla, estaba en juego.

Cuando los persas, sorprendidos por el arrojo de sus adversarios, huyeron precipitadamente hacia sus barcos, el general Milcíades llamó a Feidípides y le ordenó que llevara la feliz noticia de la victoria a los angustiados padres de la ciudad de Atenas. Bajo un sofocante calor, Feidípides arrojó el escudo, se despojó de su armadura, y salió cruzando las montañas hacia su destino. Corrió obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Entró en las calles de la ciudad con los labios abrasados, los pies cortados y sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. Cuando los patriarcas atenienses salieron a su paso, el extenuado corredor trastabilló hacia ellos anunciando: “¡Regocijaos!, ¡vencimos!”, y luego cayó al suelo y murió.

Este famoso suceso de la historia griega, la victoria en la batalla de Maratón, y la circunstancia de la muerte del mensajero, se convirtió en una carrera conmemorativa en los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896. En uno de los llanos de la aldea de Maratón, el mismo lugar donde se desarrolló la famosa batalla, se reunieron 25 corredores para emular la gesta de Feidípides y llegar victorioso al nuevo estadio olímpico de Atenas, recorriendo la misma distancia, unos cuarenta kilómetros. No fue necesaria la orden del general Milcíades para iniciar la carrera, ya que de ello se encargó el juez de salida, el coronel M. Papadiamantópoulos, disparando al aire su revólver. Los 25 atletas corrieron obstinadamente por terrenos llanos, y también subiendo y bajando pendientes. Alguno de ellos, con los labios abrasados, los pies sangrantes, y el aliento roto por punzadas de dolorosa respiración. El fuerte calor y la dureza de tantos kilómetros fueron debilitando a los corredores, obligando a que se fueran retirando, uno a uno, cuando marchaban en primera posición. Cuando faltaban siete kilómetros, un mensajero llegó galopando a caballo al estadio y se dirigió al palco, donde se encontraba el rey Jorge I de Grecia con la familia real y sus invitados. El mensajero anunciaba que un griego iba en cabeza de la carrera. Se llamaba Spiridon Loues, aunque su nombre aparece también como Spyridon y su apellido también se recoge como Louys y Louis. Era un humilde pastor de las montañas, un hombre pequeño, delgado, solitario, profundamente religioso y soñador, que había escuchado a unos caminantes que deportistas de todo el mundo se reunirían en Atenas para resucitar las antiguas tradiciones olímpicas de su país. Spiridon, corredor incansable tras sus rebaños, había considerado un deber sagrado participar en aquella carrera de Maratón, y el día antes de emprenderla, confesó, comulgó y ayunó. Cuando entró en el estadio olímpico, la muchedumbre estalló en gritos de entusiasmo, y el príncipe heredero, Constantino, y su hermano, el príncipe Jorge de Grecia, bajaron del palco hasta la pista y se pusieron a trotar para acompañar, durante los últimos metros, la emocionante  llegada del atleta.

Como hiciera Feidípides con su carrera para trasmitir la noticia de la victoria ante los persas,  Spiridon Loues también llevó otro mensaje de éxito, un mensaje diferente, deportivo y moderno en el que un simple pastor podía llegar a la meta escoltado por príncipes y coronado de olivo. Spiridon fue la gran figura de aquellos Juegos, trasmitiendo el anuncio de otra gran victoria, la restauración del Olimpismo.

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