La última salida de un portero
La playa se ensancha en la bajamar, y la arena mojada -limpia y fina- se repuebla de alevines de futbolistas. Son aguas del Cantábrico en el verano de 1993. Decenas de pies desnudos persiguen la pelota de goma y la empujan hacia dos montículos que inventan las porterías. Muy cerca, Jesús Castro, en otro tiempo portero del Sporting, contempla el juego y evoca sus partidos de crío en la playa de San Lorenzo. Han pasado varios años, pero la silueta de un portero (una mancha inquieta en el centro de la mirada) surge dibujando paradas impensables cuando cierra los ojos tendido al sol.
Fue cuando en aquella playa el murmullo de las olas comenzó a susurrar palabras y versos ya escritos que nadie oyó.
“…Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada…”
El rumor se interrumpió bruscamente con gritos desesperados y reales:
- ¡Ayuda!, ¡Ayuda!, ¡Help me!
Como impulsado por un muelle, Jesús se ha levantado descubriendo a un niño asustado sumergiéndose en la mar. Los padres continúan pidiendo socorro. El sosiego se ha interrumpido renovando la naturaleza intuitiva e intrépida del guardameta. La acción es casi instintiva. Aspira una gran bocanada de aire antes de iniciar la carrera hacia la orilla, y se arroja al mar con ese ímpetu que los porteros tienen cuando salen de su área, obligados por las circunstancias, temerosos de cargar con la responsabilidad, pendientes de la anticipación y alentados por la seguridad en sí mismos. Siempre son la última esperanza del equipo, y los buenos, no dudan nunca. En el cuerpo a cuerpo, Jesús ha sorteado los inconvenientes y por fin, con el último esfuerzo, logra alejar al chiquillo de la resaca.
“… Y hasta las olas del mar
entonan el alirón.”
Pero el último esfuerzo ha consumido la energía del salvador. Su generosidad le ha dejado flotando indefenso en el capricho de las corrientes, y la mar se lo traga como aceptando un trueque fatal.
“¡Ay fiera! En tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolomida…”
Jesús se marcha dejando su portería a cero, y las olas que acuden a las desembocaduras del Deva y del Nansa continúan susurrando palabras y versos ya escritos que nadie oye.
“Las insignias.
Las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas”.