ELEGIA PARA POLITICOS

Articulo publicado en LA GACETA

de INTERECONOMIA el 18 enero 2012

El recuerdo de la reciente derrota electoral socialista va a acompañar a sus protagonistas el resto de su existencia. No solo perdieron el poder de gobernar un país, sino todas las posibilidades de acción a nivel autonómico o municipal, mientras su autoridad se diluye entre confrontaciones. Ni el BOE, ni los gobiernos autonómicos o los decretos de alcaldía servirán para mantener las escuadras de fieles seguidores o alimentar los grupos subvencionados que bajo el disfraz de empresas y organizaciones de toda índole, recibieron durante años el sustento generoso de quien esperaba a cambio un apoyo incondicional. Muchos se acercaron al poder, para disfrutar de los beneficios y amistad del poderoso, pero en los momentos de penuria serán los primeros que se proclamarán independientes o se descubrirán próximos a los recién llegados. Porque las lealtades en política son fáciles, pero reconstruir un desastre es una labor a la que pocos están dispuestos.

Los ciclos en política no son eternos, pero pueden convertirse en inhóspito viaje, donde primero desfallecen los paniaguados. El poderoso de antaño ante quien se doblegaban los medios de difusión y ocupaba titulares de prensa, deja de escuchar el repique del teléfono o reunir a su alrededor el fervor de otras épocas. La mayoría conocerá la soledad de los días sin el clamor de los suyos y el abandono de los que consideraron fieles. Quienes durante años disfrutaron del poder, afrontan ahora una larga travesía del desierto, envueltos en luchas por liderar los restos de un pasado ruinoso, donde los protagonistas de una gestión desastrosa compiten entre sí buscando apoyos para una resurrección imposible, aunque “haya mucho PSOE por hacer”.

La política es un oficio duro, pero sobretodo desagradecido. A algunos personajes, muchos años después, se les reconoce, aunque solo en parte, sus méritos pero permanecerán en la memoria sus errores. La mayor parte de ellos, no vivirán para ser testigos de ese recuerdo o serán objeto de homenajes tardíos. La saga personal de los ex presidentes de la democracia y de muchos notables de antaño lo demuestra. Los reconocimientos a lo realizado por Adolfo Suárez se han realizado cuando su mente se bloqueó en la amnesia de su propio ser. Calvo Sotelo, solo ha merecido breves líneas, incluso tras morir. Felipe González, se identifica con el GAL y la corrupción cuyo recuerdo de estadista pretendió usarse como último clavo ardiendo donde agarrase antes de la derrota final, pero el resultado fue contrario al deseado. Aznar reúne añoranzas y desprecios, mientras su recelosa mirada contempla a sus sucesores. Y Zapatero difícilmente será ni siquiera invitado a impartir cursos o conferencias sobre el arte del desgobierno.

Nadie quiere el regreso de los viejos dinosaurios: Fraga cosechó reverencias protocolarias. Anguita lame solitario sus heridas bajo la sombra de los naranjos de su Córdoba querida. A Pujol entre muecas y tics, se le exhibe como fósil de un nacionalismo rancio; Arzalluz dejó para la historia su siniestra cosecha de nueces tras años predicando a quienes apaleaban el nogal; Revilla, será recordado por sus anchoas y chistes televisivos. ¿Qué fue de los arrogantes presidentes de Autonomías, que se creyeron reyes de sus feudos?. Hay una larga lista de olvidados: Hormaechea, Rodríguez Ibarra, Garaicoechea, Ibarreche, que acompaña a los, en su día, poderosísimos Martín Villa, Alfonso Guerra, Carrillo, Borrel, Roca Junyent, Hernández Mancha… ¿Dónde están hoy sus seguidores?. No solo fueron vencidos por la realidad de la política, sino que su memoria se diluye en el pasado.

Ahora, pretendiendo escapar a este destino, los ex ministros Rubalcaba y Chacón luchan por el liderazgo de sus grupos descabezados. Ambos fueron responsables del desastre y como muchos, se creen ajenos a las responsabilidades que la política impone, buscando apoyos que entre los calcinados restos de su gestión. Produce sonrojo ver cómo muchos dirigentes regionales ampliamente derrotados en sus comunidades y ex ministros de reconocida insolvencia, se alinean en este debate sucesorio en el PSOE. ¿A quién puede interesar su regreso cuando es previsible pensar en un ciclo de, al menos, dos legislaturas en la oposición?. ¿Qué alternativa de gobierno pueden ofrecer quienes hasta ayer fueron responsables de la situación actual?. Sus promesas no son el canto de un cisne que muere, sino el hedor de cadáveres esperando sepultura.

Es la condena que la sociedad impone a los proyectos políticos derrotados y a aquellos que los protagonizaron. Es el final de los ríos que van a dar a la mar que es el morir, como cantaba el poeta hace más de cinco siglos.

PREMIOS A LA INCOMPETENCIA

Articulo publicado en el DIARIO MONTAÑES el 8 de enero 2012

EL BOE contiene secciones propias de humor negro. El Gobierno que perdió las últimas elecciones, decidió otorgar el Collar de Isabel la Católica a la ex ministra Salgado y repartir entre sus miembros la Gran Cruz de la Orden de Carlos III al Vicepresidente Chaves y resto del gabinete cesante, para premiar sus comportamientos extraordinarios de carácter civil en beneficio de la Nación.

Esta decisión, tomada en su día por un Consejo de ministros derrotado en las urnas, ha sido refrendada por el nuevo Gobierno y aprobada en el BOE, el mismo día en que se anunciaron las primeras medidas económicas que pretenden corregir los graves errores cometidos por los condecorados durante su gestión al frente del país.

La concesión de una condecoración de rango nacional no es un hecho privativo del gobernante de turno, sino que debe reflejar un reconocimiento oficial por la labor realizada y no creo que los resultados electorales, donde se ha reflejado un amplísimo rechazo por lo realizado, sea consecuente con la distinción con que les premia. Si las condecoraciones exponen un símbolo de reconocimiento público, las elecciones fueron la muestra contabilizada de su rechazo.

Después de recibir estas distinciones, los ministros salientes fueron objeto de los halagos de quienes les sustituían en los cargos. Es, sencillamente, un escarnio que se contempla por una ciudadanía atónita, incapaz de comprender las versallescas sutilezas del protocolo oficial. Una cosa es ser bien educado y otra muy distinta asumir el papel de tontos en las ceremonias oficiales, insensibles al sentido de la mayoría. Mientras una gran parte de la población reclama responsabilidades a quienes condujeron al país a la ruina económica, se reconocía entre abrazos la gestión realizada a los mismos personajes cuya dimisión se exigía un día sí y otro también, a esos mismos políticos que eran tachados de incompetentes. Se dice que son gestos habituales, pero el comportamiento en muchos actos puede resultar un escarnio para una ciudadanía atónita, incapaz de comprender las versallescas sutilezas de un protocolo oficial que disfraza desprecios y rencillas.
Si identificamos los logros económicos y de presencia internacional conseguidos por quienes gobernaron España como éxitos a unas trayectorias estamos apañados. Mientras muchos miles de personas al día pierden su trabajo, los responsables del desastre son premiados con las más altas distinciones que el Estado otorga a quienes han realizado tan meritorio esfuerzo. La concesión de una condecoración de rango nacional debe reflejar el reconocimiento a una labor, el premio una trayectoria.

Me van a tener que explicar con detalle los méritos que han tenido personajes como Leire Pajin o Bibiana Aido para hacerse acreedoras de esas distinciones. Va ser difícil justificar cómo un ministro que se reunía con sospechosos empresarios en una gasolinera pueda portar la Gran Cruz de Carlos III o cómo quienes bajo su mandato repartían fraudulentamente el dinero de los ERES entre sus acólitos, son merecedores de ellas. O cuáles son los méritos de quien será recordado por ofrecer bombillas chinas de bajo consumo para fomentar el ahorro en sustitución de la energía nuclear, mientras se desintegraba el tejido industrial. O en qué se fundamenta el reconocimiento de un ministro de Trabajo bajo cuya gestión aumentó en un millón el número de desempleados.

Aunque quizás no sea preciso dar explicaciones. En España es habitual que el gobernante actúe como señor todopoderoso contra toda sensibilidad social. Si los responsables de la actual crisis económica acaban sus mandatos con pensiones millonarias, el que ostenten un collar de oro o una noble insignia de cruz y brillantes en la solapa no es más que una minúscula muestra del esperpento habitual. Mientras tanto las víctimas de sus despropósitos deben contemplar resignados, obligadamente sumisos, cómo son condecorados con símbolos que, en nombre de la Nación, reflejan un reconocimiento oficial.

En Islandia, los gobernantes cuya incapacidad condujo al caos económico son enviados a la cárcel. Aquí se les condecora. En otros países, los escándalos se pagan con la dimisión o el cese, lo que excepcionalmente ocurre en estos lares. Y en todos, aquellos cuya gestión acabó en contundentes fracasos son condenados al anonimato. Menos aquí, donde se les hace miembros del Consejo de Estado y la Real Orden de Carlos III premia sus desacreditados curriculums pre y postministeriales. Pues qué bien.

Opiniones libres