El fútbol es sólo de los hombres

Una foto de los jugadores del Barcelona Ibramovich y Piqué (manos entrelazadas, cabezas ladeadas, piernas que se tocan, miradas de azúcar y miel) ha sido el centro de una ridícula polémica que ha removido el pastoso fondo del mundo del futbol, y ha dado rienda suelta a esos instintos impositivos de los que duermen con la camiseta de su equipo de futbol, que vienen a sostener, sin posibilidad de réplica, que en este deporte son los más machos, sólo hay machos, y todos son muy machos. Como la carga homoerótica del retrato era tan evidente, y esta sociedad nuestra es tan paleta, tiempo ha faltado para chistes, chirigotas, sandeces y muchas tonterías, con los pobres homosexuales otra vez en un plato de la balanza de la comparación, ahora con la hombría desbordada de los futbolistas.

Cuando han preguntado por el asunto a bramovich, que tiene la lengua muy suelta, poca educación, muchos prejuicios y quizá algo escondido en un armario, ha salido por donde al final salen siempre todos los machitos cuando se les tambalea la virilidad: ha soltado un exabrupto de hombretón de las cavernas, con todos los ingredientes de esa patética película que se montan los custodios de la esencia de la masculinidad más primaria y tradicional. No le han fallado las referencias ni al sexo ni a las hermanas, ni tampoco la falta de inteligencia ni la más supina necedad. El jugador ha perdido los papeles, si es que alguna vez los tuvo, y ha quedado como el más claro exponente de la nada sutil homofobia que hace del futbol un mundo tabú a cualquier insinuación sobre la orientación sexual de sus practicantes: solo heterosexuales de pelo en pecho (bueno, menos Guti que se depila porque es un fashion-wear, y Beckham y Ronaldo porque se lo exigen las marcas de calzoncillos que anuncian y que se venden muy bien entre los gays).

No sé cómo juega el sueco al futbol, porque no soy partidario (lo que viene a ser que no me gusta), pero sí me parece que es un chuleta de playa machista con tics de taberna al que no le vendría mal, entre patada y patada al balón, trabajarse el entendimiento para superar estereotipos.

En el mundo del balompié (suena más marica, por eso hay que decir futbol aunque se admiten la referencia pueblerina de furbol) hablar de homosexuales es abrir la puerta a la sorna de los que se creen que chutar una pelota por un campo de hierba es cosa de hombres genéticamente muy hombres, y a las salidas de tono de acomplejados como Ibramovich que defienden su hombría con sandeces y faltando al respeto. El futbol es así. Y está tan lleno de maricones como el resto de las actividades de la vida, por mucho que los tontos se empeñen en que es el único reducto que queda de pureza humana masculina, y capullos como Ibramovich acudan para justificarse de hacer manitas con un compañero a los espacios comunes de los palillos y el olor a fritanga.

No se puede ser más lerdo

Decir tonterías y quedarse tan ancho no es patrimonio de la gente vulgar. O sí, pero la gente vulgar también puede terminar llegando a Presidente de la República. Es un poco lo que pasa con Evo Morales, que es tan vulgar como inculto, y ahí le tienen los bolivianos, mandando en el país. Porque ningún otro diagnóstico de la capacidad intelectual cabe hacer de un señor que dice que si comes pollo te vuelves homosexual.

Al escucharle estuve por llamar a mi madre para montarle un pollo, nunca mejor dicho, a cuenta de la alimentación que debió de darme de pequeño, que según Morales es lo que ha marcado mi orientación sexual.  Pero el ataque de la risa viendo el papelón de este analfabeto no me dejó. Además, mi madre no tiene la culpa de que cualquier tonto con la banda de mandamás ceñida a la cintura tenga valor para lanzarse a hacer aseveraciones de este calibre.

De todos modos, esta majadería no es nueva. Yo la conocía desde hace mucho, aunque el chiste entonces era que si comías pollo, te salían tetas. Evo Morales la ha elevado de categoría científica y de consecuencias en el orden moral mundial. Si no fuera porque siempre hay un tonto que da por buenas las explicaciones de otro, y eso en este caso es malo para los homosexuales (y para los pollos supongo), la simpleza del presidente de Bolivia sería digna de un premio en el Club de la Comedia, y de una gira por provincias para entretener al personal. Para cuando deje la presidencia, si no le asaltan veleidades golpistas como a algunos de sus socios ideológicos en el continente hispanoamericano y se queda a perpetuidad en el cargo, podría montar un circo. Desde luego, el papel de payaso lo tenía bien que cubierto.

Estoy plenamente seguro que si a mí se me ocurriera exponer públicamente que he descubierto empíricamente que los bolivianos tienen los pies más pequeños porque así trepan mejor a los árboles en la selva a coger frutos para comer, se me cae el pelo bien caído (y no por los transgénicos, que es otra de las memeces que se le han ocurrido al presidente Morales), y la retahíla de lindezas que me dedicarían los defensores de la sociabilidad emotiva mundial sería bien larga. A ninguno de estos solidarios con las causas de los desfavorecidos del planeta le he escuchado ahora decir que Evo Morales es un insolvente intelectual. Tal vez sea porque les da vergüenza, como a mí, que todo un Jefe de Estado se quede en evidencia por su falta de formación y su más que mediocre nivel cultural.

No merece la pena enfadarse, ni tampoco pedir explicaciones ni disculpas. A los niños, a los ancianos, a los borrachos, y a partir de ahora a Evo Morales, se les perdona todo. Es lo que tiene la inocencia, que te desarma emocionalmente y no te deja mostrarte duro con los más débiles, en este caso con los mentales.

Otra vez sin agua, y sin que nadie haga nada

Que una avería es eso que se da en llamar «imponderable del destino» es algo evidente. No hay control sobre cuándo las cosas van a dejar de funcionar porque se rompen. En el servicio de agua, en el barrio Castilla-Hermida, las averías, además de imponderables, son habituales. Desde enero pasado hasta ahora hemos sufrido al menos ocho, hoy la última, de momento. Aqualia, la empresa a la que el ayuntamiento vendió la gestión para hacer caja, está resultándonos a los 40.000 vecinos de la zona una verdadera cruz. Esa compañía tiene, por cierto, un servicio de información que cuenta lo obvio y no resuelve nada: que hay una rotura en tal calle y que los operarios están en ello. Ni causas de la avería, ni sobre todo tiempo previsto para que se recupere el suministro, que es la razón última de que se les llame para saber. Yo lo hago por costumbre, aunque los mosqueos que me pillo por la vacilada que supone llamarles para que no te cuenten nada útil habría de aconsejarme dejar de hacerlo. Porque encima,  no es gratis (el número de atención es un 902, de coste compartido).

El equipo de gobierno municipal debería hacer algo ya. Es inconcebible en estos tiempos que, con una media de 2 veces al mes, un quinto de la población de Santander hayamos de pasar horas y horas sin agua. Debe exigirse una revisión global de la red que evidencie sus puntos débiles para reforzarlos, que a la vista están son muchísimos. Deben articularse mecanismos de control sobre las obras en la superficie para que se eviten en lo posible las roturas como consecuencia de ellas. Debe exigirse a la compañía que implemente un sistema de información realmente útil y que aporte más conocimiento que lo evidente. Debe dársenos a los vecinos la satisfacción de ser como los del resto de la ciudad. Reitero que de una avería nadie tiene la culpa, pero también que clama al cielo que el mal estado de la red, la negligencia de la compañía en el mantenimiento, la falta de inspección de las obras y sus consecuencias sobre las canalizaciones, nos lleven al tercermundismo, una vez tras otra, de no poder contar con suministro corriente de agua.

Y siendo todo esto malo, la falta de reivindicación de los colectivos organizados de la zona ante un estado de cosas absolutamente inadmisible para los que pagamos impuestos, añade a la mala leche el bochorno. Ni una sola de las veces en las que nos hemos visto como en el siglo XVIII en estos últimos meses he oido las quejas de las asociaciones de vecinos del barrio. Frente a la prisa por hacerse fotos con los mandamases municipales cuando se han venido de paseo a ver el churro de la basura neumática o la cutrez de las aceras, con cada corte de agua ha habido el más letal de los silencios por todos esos directivos y directivas de postín que sólo se quejan de tonterías de tercer orden que no mejoran tanto nuestra calidad de vida como la empeora un malo, muy malo, servicio de agua en nuestras casas.

Santander es una ciudad sencilla para la resignación. Aquí es tan fácil escuchar una diatriba con la tensión por las nubes contra el mal hacer de nuestros gestores en una taberna como ver luego al que la lanzó pasarle la mano por el hombro al alcalde para hacerse una foto con él que enseñar en la escalera. Nos pierden la lengua y las palmas. Y también es una ciudad proclive a las chapuzas y a que nadie asuma su responsabilidad por las molestias que causan. Así que después de este corte vendrán otros muchos, nadie hará nadie, nadie dirá nada, y los 40.000 desgraciados que vivimos en este barrio seguiremos bufando y tratando de arreglarnos como lo hacían nuestros tatarabuelos. Una vergüenza.

(PD. He decidido que yo ya no apoyo la Candidatura de Santander a Capital Europea de la Cultura. Una ciudad que no es capaz de garantizar a sus vecinos los servicios más básicos y esenciales no puede ser Capital Europea de nada. Así que desde ya anuncio mi posicionamiento en contra que evidenciaré siempre que me sea posible).

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