MINEROS EN LAS CALLES

Publicado en Diario Montañes, sábado 21 julio 2012

  Una parte de los 9.000 empleados directos en la minería astur leonesa recorrieron las calles de Madrid recibidos por banderas republicanas y toda la liturgia simbólica de un comunismo desaparecido en todo el mundo, salvo en los paraísos de Cuba y Corea del Norte. Antes habían manifestado su protesta cortando autovías y líneas de ferrocarril y lanzando proyectiles cargados con dinamita sobre la policía.
Desde hace décadas el carbón español tiene escasa utilidad. Su calidad es baja y los costos de extracción son tan elevados que no pueden competir con el obtenido en los yacimientos de Europa oriental, sudafricanos o chinos. Su consumo ha decaído, reemplazado por fuentes energéticas más rentables y de mejor calidad. La electricidad, el gas y la energía solar o nuclear han sustituido la necesidad de extraer hulla o antracita de pobre calidad de las entrañas de la tierra. Pese a ello, la minería española del carbón, desde hace muchos años, está generosamente subvencionada para sostener una ficticia actividad económica pagada con los impuestos de todos los ciudadanos. Las cifras son demoledoras: más de cinco millones de euros por cada puesto de trabajo.
Sagunto, Vigo, Bilbao, Cartagena y Cádiz fueron escenarios de luchas contra reconversiones industriales y nuevas formas de actividad económica sustituyeron a empresas no productivas. La ría del Nervión ya no es la senda de humos que acompañaba a su industria metalúrgica desmantelada.

Millones de españoles se desesperan por la pérdida de su trabajo habitual, miles viven bajo la amenaza de un posible ERE y otros ven reducidos sus sueldos, pero los subvencionados mineros del Bierzo y valles asturianos pretenden mantener su actividad prehistórica y que el resto de los ciudadanos les garantice sus ingresos. Por mucho que los dinosaurios sindicales, los desocupados de las proclamas antisistema y los añorantes de revoluciones proletarias les manifiestan su apoyo, ha habido tiempo suficiente para que quienes durante décadas disfrutaron de altos salarios dedicados a una actividad sostenida con el esfuerzo de quienes iban perdiendo sus trabajos, cambien sus hábitos laborales. La imagen mística del minero, enfermo de silicosis, expuesto a terribles riesgos, pertenece al pasado. Los albañiles o los transportistas sufren hoy más accidentes laborales sin disfrutar de los mismos beneficios, pero el minero enarbola el recuerdo y las amenazas de una revolución que tuvo lugar hace casi 80 años, cuya sangrante rebelión y represión anunció el inicio de una guerra civil.
En su día, las diligencias fueron sustituidas por el transporte motorizado, las carbonerías hace décadas que desaparecieron de las ciudades. Lo mismo ocurrió con muchos agricultores, con los trabajadores de los astilleros, siderurgia y altos hornos, con gran parte de los empleados de banca y otros muchos que vieron morir su actividad en múltiples reconversiones. De la misma forma que los peones camineros, los canteros, los pastores, los segadores, los herreros, los molineros o los extractores del mercurio de Almadén o del cinc en Reocín.


                Cuando se habla de progreso, de equiparación a Europa y de I+D, se debe tener en cuenta que ello conlleva el fin de actividades improductivas e innecesarias. Alemania cerró las minas de la cuenca del Rhur. Bélgica y Holanda han abandonado su minería y en Inglaterra y Alemania son actividades marginales. Es la realidad que debe contemplarse al anunciarse una reducción del 60 % de las subvenciones mineras que se mantendrán hasta el 2018, tiempo más que suficiente para hacer frente a los cambios necesarios, cuando el resto de España afronta recortes similares o mayores.
Y tras la algarada de las últimas semanas, hay que preguntarse algo más: ¿de dónde procede la dinamita utilizada en la protesta de los mineros?. ¿La adquieren en supermercados o es extraída de las explotaciones?. Porque si tan sencilla es su posesión, nada de extraño tiene que en su día, los explosivos usados en el misterioso 11-M procediesen de un subvencionado depósito asturiano. Y nadie podía garantizar que cualquier loco repitiera su trágico empleo.

Opiniones libres