HABLANDO DE RESPONSABILIDADES

Publicado en LA GACETA de INTERECONOMIA, el 6 de junio de 2012

 

          La lluvia de escandalosas deudas contraídas por decisiones tomadas en diferentes Ministerios, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos ha conducido a España a una situación económica crítica. Es el resultado de inversiones en proyectos faraónicos, creación de miles de empresas fantasmagóricas  repletas de empleados con afinidades políticas y sin cometido útil alguno, subvenciones generosas a proyectos ridículos, duplicidades administrativas… Todo un mundo donde el dinero público se ha gastado para satisfacción del ego y con frecuencia el bolsillo de los protagonistas políticos.

         Así España ha pasado a ser el país europeo con la mayor red de trenes de alta velocidad uniendo capitales de provincia, el mayor numero de aeropuertos sin tráfico, una generosa dotación de universidades incapaz  ni una sola de figurar entre las cien primeras del mundo, la mayor cantidad de empresas públicas empeñadas en proyectos inútiles, la más extensa red de televisiones autonómicas que nadie atiende, numerosos puertos e instalaciones deportivas y  empeños seudo culturales,  donde se esconde un número de inversiones millonarias, inútiles y de rentabilidad cuestionable. Las Cajas de Ahorro, en cuya dirección se situaron dirigentes políticos y representantes sindicales sin preparación profesional alguna, fueron las herramientas que sirvieron para financiar proyectos ruinosos ante la indiferente vigilancia de las autoridades del Banco de España. Los resultados de estas aventuras empresariales han quedado evidentes cuando, la mayor parte de estas entidades se asoma a la quiebra y arrastran deudas imposibles  de asumir con sus ingresos. A estos desmanes económicos, se añaden a los escándalos derivados de actuaciones urbanísticas, licencias de construcción, subvenciones, contrataciones y un cúmulo de irregularidades que ponen al descubierto escandalosos acuerdos y connivencias que acaban en las salas de los Tribunales. Allí, concejales, alcaldes, directores generales, consejeros, presidentes autonómicos  y un submundo de intermediarios, deben afrontar acusaciones por malversación de caudales públicos y enriquecimientos de más que dudoso origen, mostrando redes de corrupción que motivan la indignación social generalizada.

           Cualquier gasto público debe ser adecuadamente informado por los servicios técnicos correspondientes. Igualmente, requiere el  aval de los funcionarios de intervención y de una serie de responsables de la maquinaria administrativa  pública, cuya misión es, precisamente, dar el visto bueno  a los proyectos o decisiones de origen político. Sin embargo, rara vez, se verá a un funcionario público encausado por las acusaciones que se formulan contra los dirigentes políticos que gobernaron los ayuntamientos, diputaciones y otros organismos donde se realizaron tales irregularidades. ¿Cuántos funcionarios de carrera – en sus diferentes niveles — han sido formalmente encausados por los continuos escándalos que salen a la luz?. ¿Qué pasó con quienes autorizaron gastos imposibles de cumplir, avalaron presupuestos quiméricos  o concedieron licencias de construcción claramente irregulares?.

           Los notarios de la función pública son los vigilantes  de que las administración funcionen con arreglo a la ley, desde un simple informe sobre las disponibilidades económicas presupuestarias,  a la revisión final que debe acometer el Tribunal Central de Cuentas.  Pero los retrasos en sus pronunciamientos son tales y tan asumidos, que acaban en la inutilidad. Los servicios de control público del gasto, hundidos en burocracia y lentitud, son también responsables de las irregularidades contables  aparecidas. La función de control de los representantes del Estado ha derivado a simples notas de advertencia que conducen, en su inoperancia, a la fácil toma de decisiones que vulneraron la legalidad o comprometen la seguridad jurídica de ciudadanos y empresas. Aunque los responsables últimos de cualquier situación de corrupción sean quienes la cometen, la lógica conduce a cuestionar también a quienes por su desidia, complicidad o inoperancia se hicieron también responsables.

         Las leyes están para ser cumplidas, y si se vulneran deberían abrirse expedientes de sanción a todos sus protagonistas, incluídos quienes autorizaron las actuaciones o silenciaron las irregularidades. Porque en definitiva, el político que desde el poder que le concede su cargo público se hace reo de una acusación, casi siempre se ha cobijado o ha buscado la complicidad de informes técnicos y visados administrativos favorables que las permitieron.

LA CULTURA DE SUPER MARIO

                                                                                                                                                                                                               Publicado en EL DIARIO MONTAÑES, 3 junio 2012

              El premio Príncipe de Asturias está considerado como el Nobel del mundo hispánico. A lo largo de su treinta años de existencia ha reconocido a personas e instituciones olvidadas por el galardón sueco, limitado a ámbitos literarios o científicos, y posee más rigor que el desprestigiado Nobel de la Paz, acostumbrado a premiar a muchos artífices de guerras y a políticos del momento.

Este año, el jurado  se ha pronunciado por un  desconocido informático japonés, el señor Miyamoto, creador de videojuegos, y entre ellos el popular fontanero Super Mario, bigotudo  protagonista principal de múltiples aventuras, de cuyo juego que se han vendido  400 millones del juego a lo largo y ancho del mundo, enriqueciendo a su creador y a la industria que lo comercializa. No es representante de la cultura japonesa, y no esgrime más violencia que la necesaria para escapar de los peligros. No fomenta ningún valor, solo pretende la simple distracción y habilidad en el manejo del teclado  de   una consola.  Dicen que se ha convertido en el personaje más famoso de los videojuegos  y su popularidad se extiende entre niños y adultos, que ocupan su ocio superando las pruebas que la memoria RAM del programa le permite y adjudicando puntos al jugador que lo maneja compulsivamente en la videoconsola.

Hasta hace poco, los dibujos animados de Walt Disney, –desde el Pato Donald a  Tom y Jerry — eran los iconos del mundo de la diversión. Hoy, los  Simpsons y Bob Esponja ocupan las cimas de la popularidad, junto a  “Super Mario”, el informatizado monigote saltarín, atrapado en el brillo de una pantalla LED. El  protagonista y su creador, han sido son reconocidos como Premio Príncipe de Asturias de Humanidades, a juicio del jurado, por sus méritos “didácticos, formativos y constructivos”. Casi nada. Quizás el próximo año se considere a los inventores de Facebook o de Twitter que, indiscutiblemente, han contribuido más a la comunicación entre los seres humanos. El galardón otorgado, le coloca al mismo nivel que el  concedido en otras ocasiones a Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Alain Touraine, la National Geographic Society o la Royal Society como reconocimiento a valores universales que se suponen marcan un hito en la Historia del pensamiento  nuestro tiempo. Y a fe, que esta vez el jurado ha dado en el clavo.

La cultura actual ya no premia  valores, ni se ocupa de profundizar en el reconocimiento de lo mejor del ser humano y de sus creaciones universales. Aunque, quizás sí. Vivimos la época de la banalización de la cultura, entendiendo esta, como cualquier manifestación donde igual da premiar la “nueva cocina” que a un filósofo o una sociedad científica. Igual da reconocer una trayectoria vital que una victoria puntual.  Ya en otras ocasiones se ha cuestionado la concesión del Premio a protagonistas de un momento concreto. Los casos de Fernando Alonso como piloto de Fórmula Uno, de Arancha Sanchez Vicario como tenista o de las victoriosas selecciones españolas de futbol y baloncesto,   son exponentes claros de la simplificación del galardón, poniéndole a la altura del que  podría otorgarle un diario deportivo en su convocatoria anual:  la Bota de Oro o el Pichichi de turno.  Con anterioridad,  se ha mezclado al matemático Hawkins con Cáritas y Adolfo Suárez, a Mandela y Gorbachov  con Al Gore, y se han premiado  los méritos artísticos de Tápies, Muti y Moneo junto a Woody Allen, Bob Dylan o Fernando Fernán Gómez.

Las ciencias humanísticas, tan abandonadas por la sociedad actual, han encontrado su icono en la convocatoria de este año. Aunque los galardones están concebidos para premiar la sabiduría o el mérito a una trayectoria, en ocasiones se reconoce lo que la notoriedad que el  momento considera deseable. “Super Mario” y su creador  quedarán señalados con letras doradas cuya efeméride el tiempo oscurecerá. Es lástima que el jurado no haya considerado al inventor de la muñeca Barbie  como Premio a las Ciencias Sociales, al chupa-chups como valor  de Cooperación Internacional o a la maquinilla para depilar las piernas como reconocimiento científico de amplio uso

En un mundo donde los valores se apartan, nada tiene de extraño que se incluya la banalización de la cultura o que incluso la cantante Shakira figurase entre los candidatos del año en curso. Pocas veces, en vez de premiar la sabiduría, se homenajea lo banal, por muchos megabytes que se escondan tras ello.

Cultureta del momento a la que no puede escapar un jurado coherente con la época en que vive.

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