Ayer voté. Desde hace varias elecciones lo hago por correo. Es más cómodo y no me rompe un fin de semana de escapada, si se da el caso. Justo al volver a casa por la tarde encontré en mi buzón la propaganda de varios partidos. Esa que paga el Estado, o sea, un dineral que termina en el cubo azul del reciclado. Igual que la que se reparte por la calle en caravanas de militantes y candidatos de los partidos que el tiempo que va de elección a elección no se sabe dónde están metidos. O que lo carteles engomados en planchas de acero y paredes solitarias (y escaparates de comercios cerrados, que menuda putada para quitarlos luego) cuando los servicios municipales que pagamos todos hacen limpieza.
Este modelo de campañas está caduco, no sirve para transmitir nada nuevo, es tremendamente caro y no moviliza electores. No aporta más que la estática de un papel, que lo aguanta todo, o que el discurso de los líderes para los incondicionales.
JM dice que en tiempos de elecciones lo debates deberían ser obligatorios. Y tiene toda la razón, porque es la única forma de que la comparación sea real, y no se mida como ahora en metros de columnas de periódicos con críticas y contracríticas, y kilos de papel en la basura con las promesas de siempre engalanadas en la palabrería de siempre.
Quien quiera ser lider de las instituciones debe ser capaz de enfrentar su propuesta a las del resto de pretendientes, y salirse de los guiones escritos por los asesores. En un corrilo a la puerta de un bar, delante de una cámara de televisón que graba y regraba si hace falta, o en un directo consigo mismo, todo el mundo aguanta el tipo. La pasta del político y la solvencia de su programa se ve mejor cuando confronta cuerpo a cuerpo.
Esta campaña de ahora, anodina, vacía, lenta, sin pulso (quizá porque las organizaciones políticas no tienen un duro para tirar en papel) tiene que servir para que los partidos reflexionen sobre qué otro modelo puede ser más efectivo, participativo, plural y creible. Más de lo mismo, como hace veinte años, ya no sirve.
Cuando el diablo no sabe qué hacer, espanta moscas con el rabo. Y cuando el gestor que tiene la caja vacía necesita líquido para fabricar humo, estruja a los contribuyentes. El héroe que «tiene que estar en todo», alcalde de Santander en los ratos libres que le dejan vigilar su ciudad, está asaltando las carteras de los constructores y revisando las autoliquidaciones de sus licencias urbanísticas. Las arcas municipales están que hacen eco, y habiendo elecciones en mayo De la Serna necesita efectivo para pagar las nóminas, y que no se le revele el personal, y para contratar carteles y diseñar fotomontajes.
No fiarse de la autiliquidación de un obligado a tributar parece inoportuno y peligroso, porque siembra la duda sobre la honestidad de quien la cumplimenta. Si la administración no se fía de todos, lo tiene tan sencillo como cambiar el modelo y poner a los funcionarios a liquidar. A veces es prudente no fiarse de algunos, pero para eso está el procedimiento de inspección. Ahora, que mantener el sistema como regla general pero de repente revisarlas todas tiene toda la pinta de que alguien se acaba de dar cuenta de que tiene que pagar una fiesta y no lleva pasta encima.
Casa mal apretar el bolsillo con la pretensión de resultar atractivo para que más empresas se vengan con sus trastos a la ciudad. Y muy cínico culpar a otros de la presión fiscal al tiempo que se ponen patas arriba los despachos hurgando en papeles para rascar unos euros subiendo las tasas de construcción. De la Serna es un manirroto, como lo son los más incapaces de entre los incapaces en la gestión pública. Y es más fácil volver a pedir sobre lo ya pedido que ser más prudente gastando.
Yves Díaz de Villegas ha sido un valiente. O un loco. Ventilar los asuntos oscuros del presidente de la CEOE exige tener los datos y las manos limpias. Pero también asumir lo que pueda pasar. No me veo yo a Mirones quedarse tan pancho esperando a que escampe. Así que Díaz de Villegas ya puede vigilar que no le dejen un muerto en el maletero del coche, figuradamente hablando, claro.
Aqui hacerle a uno un traje está chupado, y como siempre paga el pato el que denuncia, negro futuro tiene el secretario general. Lo que ha contado en su carta que pasaba con las contrataciones en su organización tiene todo el color de las trapisondas de un chorizo. Aunque también es verdad que mezclado con un cierto destilado a ingenuidad y a dejarse hacer, lo que en frío podría tacharse de falta de personalidad.
Si los dineros gastados de aquella manera en la CEOE fueran sólo los de sus socios, pues bueno, allá ellos con sus juicios y sus condenas. Pero parte de lo que se han pulido en cosas con los amigos se ha pagado con lo de todos los cotizantes, así que hay que poner negro sobre blanco, sacar hasta el papel más amarillo, y que luego cada palo aguante su vela. A quien le toque el marrón de hurgar en el marrón para dejar claras las cosas quizá debiera ir poniéndose a ello.