Libre elección de médico

Hace una semana se me ocurrió cambiar de médico de familia. No es que esté descontento con el que tengo, pero un amigo de toda la vida también lo es, y me apetece que sea él quien cuide de mi salud. El caso es que aprovechando que lo han movido de ambulatorio (espero que se sigan llamando así), le dije que me iba con él, que me explicara qué hacer, y los dos tan felices. Voy a saltarme aquí el momento de hacer la petición in situ, y el estrés que me provocaron los veinte minutos esperando a que una administrativa sustituta de la titular (de vacaciones) se manejara con el ordenador, el sistema, la impresora y el fax, y que dieron como resultado mi nombre escrito en un papel a la espera de que alguien que supiera, pues ella no, pudiera tramitar mi cambio. Que no es culpa suya esto, aclaro, sino del inepto que la ha mandado a cubrir un puesto sin enseñarle lo que hay que hacer en ese puesto.

Ayer he sabido que a lo peor mi deseo puede no ser cumplido. Me cuenta mi amigo que no sé qué departamento de gestión de la Consejería de Sanidad (el tinglado administrativo de lo sanitario es siempre muy complejo de entender, con muchas áreas, sub-áreas, servicios, jefes y jefecillos) le ha metido entre pecho y espalda una residencia de ancianos para que se ocupe de atender a los mayores y con eso le han llenado el cupo, así que 30 paisanos nos quedamos a la espera de poder ejercer nuestro derecho a la libre elección de médico (artículo 28 párrafo 2 de la Ley de Cantabria 7/2002, de 10 de diciembre, de Ordenación Sanitaria de Cantabria). Y esto me molesta considerablemente, porque alguien ha decidido decidir por mí, y cerrarme el paso a una elección que yo creía era una de las bases del funcionamiento del sistema sanitario y quizá el logro más importante de los pacientes en este campo.

Al médico que pretendo sea el mío le han sumado doscientos y pico mayores a los mil cuatrocientos pacientes ambulatorios que tiene, y con eso se pasa de largo de los 1.500 que parece ser el cupo óptimo que determinan las autoridades sanitarias. Me ha mandado unas tablas comparativas de cómo funciona lo de los médicos de cabecera en otras residencias, y objetivamente me parece que sufre un agravio comparativo. Dejando de lado las privadas, que cuentan con médico propio, no se compadece bien con el encargo que le han hecho a mi amigo el hecho de que alguna residencia gestionada por el Gobierno Regional cuente con tres médicos para un número similar de ancianos, o que en otra, la misma cantidad de pacientes esté atendida por dos galenos. Como tampoco parece ser de lógica que si falta al trabajo por asuntos familiares no le sustituyan con otro médico, mientras que si faltan los de otras áreas de salud distintas de la suya y sólo con responsabilidades ambulatorias sí que se haga. Ciertamente, huelen estos distingos a otra cosa diferente que a la optimización de recursos económicos y humanos (y si mi amigo cree que le persiguen porque se queja, yo estoy con él).

Seguro que el gestor que ha saturado el cupo a mi amigo médico dirá que lo ha hecho en el ejercicio de sus funciones organizativas (esta frase la usan mucho los incompetentes que necesitan reafirmar sus decisiones reafirmándose a sí mismo y sacando lustre a su poder) y den­tro de la legalidad vigente (esto también es el escudo de la insolvencia). Los mediocres siempre tienen una sorprendente capacidad para estirar las normas hacia ellos agrandando sus espacios vitales y reduciendo el de los sufridos ciudadanos. O sea, muy lejos de la flexibilidad que el beneficio colectivo aconseja cuando hay de por medio derechos cívicos. Yo, en cualquier caso, pienso insistir en estar en la lista de pacientes de mi amigo, porque es mi derecho, y porque sabiendo ahora, además, lo que sé, me da la real gana, que es tan válida como la del que le ha asignado a él la residencia en esas condiciones. Faltaría más.

La ciudad en bicicleta

Una de las cosas más chulas que he hecho en mis viajes fuera de España ha sido montar en bicicleta por París. Una noche hicimos un recorrido circular desde el ayuntamiento, pasando por la Plaza de la Concordia, Los Campos Elíseos, el Arco de Triunfo, Trocadero, la Torre Eiffel, el Puente del Alma, y la rivera del Sena dejando a la izquierda Las Tullerías y el Louvre. Disfruté como un enano, y pudimos ver la ciudad desde otra perspectiva. Estos días he estado haciendo lo mismo por Santander, con una de las bicis que pone en préstamo el ayuntamiento. Nunca había salido por la ciudad así, y también me he divertido un montón. Como soy de natural desconfiado y tremendista, y suelo tener mal concepto de cómo acoge la gente lo moderno, pensé que alguien en bicicleta por la carretera y por las aceras iba a provocar rechazo, pero me he equivocado por completo. Con las excepciones que caben en un par de exabruptos, los coches se han comportado y los caminantes nos han comprendido. Ha sido fácil y entretenido, así que ya hemos solicitado la tarjeta anual para repetirlo durante todo el año.

Lo de poner bicis por la ciudad ha sido una buena idea, así que a quien se le haya ocurrido, gracias y enhorabuena. Ya tengo dicho que me parece que a Santander le faltan ofertas de ocio, y que ojalá esto de la candidatura a Capital Europea de la Cultura sirva para paliar este vacío. Hacer posible pasear en bicicleta desde luego que no llena el hueco, pero al menos lo hace un rato menos hueco. Lo que no tengo tan claro es que sirva para ver en su uso un medio de transporte alternativo al coche particular. Sobran cuestas y falta costumbre. Creo que racionalizar el servicio de autobuses municipales, con una más sensata red de líneas y frecuencias, quizá sí que sirviera mejor a ese objetivo. Y habilitar aparcamientos disuasorios, y avanzar en los acuerdos para la intermodalidad con otros sistemas (autobuses regionales y ferrocarril), y extender la peatonalización por el centro, y educar a los vecinos para que admitan su empleo y lo empleen.

Y al hilo de lo de la educación para que la gente use las bicicletas, he leído que un grupo de la oposición municipal ha pedido que se elabore un reglamento. Lo de los reglamentos y las ordenanzas se hace siempre para delimitar, que viene a ser algo así como imponer, limitar y constreñir (dicho con todo mi cariño para el concejal que ha hecho la petición, que parece que con ella está buscando más ponerle algún pero a una buena iniciativa que reforzar los beneficios para los usuarios, que no lo encontrarán en el texto de una ordenanza, que no sé por qué siempre suenan conminativas y como el anticipo de un castigo). Las bicicletas municipales llevan una reseña en el manillar que pide al usuario que respete el reglamento de circulación, la ordenanza municipal de circulación y además tenga precaución. Vamos, lo que vienen a ser las normas que ya marcan por dónde y cómo ir sobre ruedas. Bien es cierto que quizá sea necesario hacer algo para mejorar comportamientos, de los andantes y de los bicicledantes, pero con informar y educar vale. Porque puestos a pedir, se podría hacer pasar un examen para obtener la tarjeta anual a los que quieran usar las bicis, y otro a los viandantes para saber cómo ir por las aceras que deben compartir con los ciclistas.

Las ciudades que llevan tiempo prestando bicis a sus vecinos están entre las que tenemos por las más modernas y cosmopolitas. Y aunque puede que en alguna de ellas haya reglamentos para acotar qué es montar en bici y qué hacer el cabra con una bici, también es verdad que son gentes muy civilizadas que han sabido educarse y ser educadas en el respeto. No digo yo que en Santander no seamos capaces de llegar a esos niveles de cordura y responsabilidad, que lo somos, pero lo que no creo que necesitemos es ni reglamentos ni reglamentaristas (que son los que piden y hacen reglamentos) sino más cultura y más entretenimientos (y quien lo pida).

El perritero

Hace unas semanas, se instaló en el entorno de las Estaciones de Santander un perritero, un vendedor de perritos calientes, al más puro estilo neoyorquino. Bien es verdad que la comparación aguanta lo justo y en el concepto, porque ni la zona es Central Park o Times Square, ni los que hacen cola para el perrito son ejecutivos de Walk Street o policías secretos de servicio, como en las series. Seguramente la necesidad que ha llevado al dueño del puesto a montarlo sí que sea la misma: sobrevivir y alimentar a los suyos.

El perritero es extranjero, hispanoamericano. Tal vez eso ya sea por si solo un alegato a favor de la idea de montar un carro para vender perritos. No por el hecho de no ser español, sino porque la necesidad, cuando se tiene fuera de casa, siempre es la madre de todas las iniciativas que le ponen a uno a salvo del fondo del pozo. No conozco la intrahistoria del perritero, pero en el contexto económico actual no andará muy lejos de la de muchos de sus compatriotas universales: crisis, paro, dificultad para pagar alquileres o hipotecas, colegios, esa fea costumbre de tener que comer todos los días… Pero también a diferencia de la mayoría de todos ellos, este hombre ha tenido una ocurrencia para evitarse el agua al cuello y está dándole carrete cada día para salir adelante.

Siempre he sentido una sana envidia por la gente emprendedora, esa que tiene un golpe de imaginación y luego la valentía suficiente para hacerla realidad y tratar de convertirla en dinero. Gente con ideas, incluso malas ideas, hay montones por estos mundos de Dios, pero con iniciativa realmente hay poca. El perritero de las Estaciones es una de ellas, y ya sólo por eso se merece una oportunidad para el éxito.

Estoy seguro de que le saltarán encima las envidias de los que también andan con necesidad pero se conformar con esperar que alguna mañana alguien les deje un saco de garbanzos en la puerta de casa, como por arte de magia. Que si es extranjero y está quitando trabajo a los españoles, que si hace mal efecto un puesto de estos en la calle, que si por vender perritos le quita clientela al del bar de la esquina. La verdad es que el perritero no debiera preocuparse. Las colas de la gente que espera para comprarle un perrito, y el hecho de que hablen de él, son su mejor aval para hacer fortuna con su puesto. Ojalá le dejen poner más por toda la ciudad, y los vagos que ni tienen ideas ni se esfuerzan por tenerlas sean todo un coro de rechinar de dientes tan grande como su arrojo montando un negocio, incluso sencillo, con la que está cayendo. El perritero, por todo eso, es mi estrella del momento.

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