Harto de triperos y canallas

Yo, con perdón, estoy hasta las tetas que no tengo de lo que nos pasa en este país. Un diario nacional tenia hoy cargada una galería de fotos con las caras de circunstancia de los diputados mientras el presidente anunciaba el nuevo rejonazo a las economías domésticas. Con el culo pegado a las sillas de piel del Congreso es fácil mostrarse compungido y arrugar el morro. O aplaudir las intervenciones de los que salen al púlpito a pontificar que dándonos por el saco vamos a superar la crisis. Seguro que después del pleno muchos han ido a gastarse las dietas que les pagamos entre todos en opíparas comilonas que les permitan mantener el estomago de tripero caliente y agradecido.

A partir de mañana todo serán declaraciones a favor y en contra del sacrificio que se nos pide a los ciudadanos, mientras el suyo brilla por su ausencia. Y esta noche dormirán tan campantes, sin tener conciencia de que en realidad nos sobran tanto como nosotros les sobramos a ellos en el juego este de supuesta democracia en el que dicen representarnos, y al que juegan sin tener valor de enterarse de cómo estamos por su culpa.

Deberíamos pedir en masa la baja como ciudadanos. O mejor aún, echar a gorrazos a esta pandilla de canallas que nos están haciendo la vida imposible. No tienen vergüenza, y encima les pagamos, y bien, por no tenerla. Los partidos políticos, sus mandamases, los palanganeros de los mandamases, y los soplapollas que ocupan cargos institucionales por ser expertos en hacer la pelota, nos llevan a la ruina, y se ríen de nosotros. No deberíamos resignarnos porque solo les servimos como excusa para seguir viviendo de puta madre mientras nos aprietan tanto que ya no nos queda apenas aire.

Trinidad dando vueltas al arroz

Dijo Alfonso Guerra una vez que «el que se mueve no sale en la foto». Este fin de semana, Trinidad Jiménez ha hecho el canelo poniéndose en una para salir, porque, añado a lo de Guerra, «si no sales es que ya no estás». Posó en la «Fiesta de la Rosa» de Málaga (se prodigan mucho estos festejos de comilonas con militantes en una campa y mitin de agitpro de un lidercillo de segunda fila) revolviendo una paella sin soltar el bolso. Un posado forzado que cualquiera se huele es de un momento hasta que la cámara haga click. Supongo que después también se hizo alguna otra con un delantal llenando platos, y hasta de grupo a los postres con el café y el helado mientras hablaba el jefe de turno.

Esto de la imagen es otra de las servidumbres que tiene la política. Cuanto más se salga, mejor, y da igual cómo. Besando niños y abuelas, montando en bici o en burro, comprando puerros en el mercado, o preparando la comida para los adeptos con el bolso bajo el brazo. Lo que pasa es que la cosa no cuela, que los ciudadanos, cuando cogen el periódico y ven las fotos, se dan cuenta de que la compostura es tan forzada como la sonrisa llena de dientes que le acompaña. A Trinidad Jiménez, que lo cierto es que habla muy bien, se le nota un huevo que se colocó para la instantánea. Al secretario de organización del PSOE también, pero a la exministra le ha perdido el bolso. O por mejor decir, dejárselo puesto.

El riesgo de ponerse delante de un objetivo es salir haciendo el ridículo. En el caso de los políticos, que necesitan ponerse muchas veces en muchas situaciones, la posibilidad de hacerlo es alta, aunque a ellos les importe poco o se vean hasta graciosos. Además siempre habrá un palanganero que les diga que han salido de cine. La política tiene cada día más de circo mediático que de sustrato intelectual. Los flashes tiran mucho, y una foto a tres columnas en cualquier diario bien vale alguna que otra mofa, porque la necesidad está en que se vea que se sigue vivo.

A mi no me gustan nada las fotos. Procuro salir en pocas, porque me veo fatal y nada favorecido. Ahora que cuando me pongo procuro que haya pocas cosas con las que me puedan hacer un chiste. Lo de Jiménez son gajes de su oficio, y el precio de buscar mantener la fama. Con un poco más de vista, y menos prisa por salir, se habría dado cuenta de que el complemento, en el conjunto, pegaba mucho el cante y dejaba claro que ni antes de la foto, ni seguro que después, esas manos sostenían cucharón. A lo mejor debería hacer como yo, pocas fotos y bien organizadas, aunque mucho me temo que para poder seguir viviendo de lo que vive no le quede otra que seguir saliendo como pueda siempre que pueda.

(PD. Este artículo sería el mismo si en vez de una mujer con un bolso en la foto de la paellada saliera un hombre con corbata).

La tarjeta del Metro

En el Metro de Madrid están implantando una tarjeta electrónica para sustituir al billete de cartón. Para ser Madrid, un sitio donde siempre parecen estar de vuelta de todo lo que pasa en el resto de España, van un poco tarde en lo de usar las nuevas tecnologías en el transporte. En Santander, la tarjeta funciona en los buses municipales hace algún tiempo. Y en el transporte regional de Cantabria desde un poco antes, allá por 2.007. Allí lo están haciendo en cómodas fases (ahora están con el abono mensual para estudiantes de la zona A) y sólo hay máquinas preparadas para recargar en tres o cuatro estaciones de la centena larga que tiene el Metro.

César pidió la suya por internet, se la mandaron al par de semanas, y cuando fue a cargarla ya no funcionaba. Hicieron falta hasta cuatro informadores de la empresa para que pudiera averiguar a dónde ir a solucionar el problema, o sea que el personal no ha debido recibir mucha formación sobre el producto. Y cuando llegó, después de esperar 15 minutos, tuvo que volverse como había ido, con la tarjeta averiada. El escrupuloso respeto de los turnos de cita previa, y el hecho de que sólo hubiera una mesa operativa para atenderlo todo, peticiones e incidencias, le dejaron sin otro remedio.

Visto desde fuera, la cosa aparenta una chapuza. Vaya por delante que imagino que poner en marcha un proyecto como este en un transporte como ese tiene que tener su complicación, y no ser barato. El metro es muy grande. Pero eso no debe de ser excusa para evidenciar lagunas desde el principio. Cuatro estaciones para recargar parecen pocas, y desde luego algo incómodo para quien no las tenga de paso. Informadores sin información no ayuda a generar confianza, y confunde mucho más de lo que aclara. Y tener que hacer cola para resolver un imprevisto donde ya hacen cola los usuarios que cuentan con cita concertada es un sinsentido carente de toda lógica. Eso si, publicidad hay mucha, con chicos sonrientes encantados con la tarjeta, quizá porque vivan cerca de los puntos de recarga, donde seguro que el personal sí que sabe de qué va la vaina, y cuyas tarjetas seguro que estuvieron fetén desde el minuto cero.

Aquí en España somos muy dados a cosas de estas, a fiestones con mucha luz y mucho color por fuera, y luego dentro canapeses de pan de molde y jamón york, vasos de plástico y vino aguado. Cualquier cosa con buena pinta termina acabando en un churro impresentable porque no se previó lo más sencillo. Me parece a mí que lo del Metro de Madrid viene a ser algo así. Que por quererse poner estupendos se han quedado cortos. Dentro de unos meses quizá vaya todo de cine, todos los empleados lo sepan todo de la tarjeta, haya máquinas para recarga en todas las estaciones, y si a César le vuelve a reventar la tarjeta se la repongan en un pis-pas. Pero hoy por hoy, tienen la innovación pillada con pinzas y por los pelos, resulta escasa en posibilidades y su mala gestión da cierta imagen de incapacidad. Con el cartón sigue resultando todo más sencillo, aunque no tenga el glamour que de una gran ciudad como Madrid se espera.

Opiniones libres