PRUEBA CONTUNDENTE DEL CALENTAMIENTO GLOBAL
Me rindo. Al Gore y todos los ecologistas coñazo tienen razón
Es evidente que el mundo avanza con pasos agigantados
hacia una época de calentamiento generalizado
Me rindo. Al Gore y todos los ecologistas coñazo tienen razón
Es evidente que el mundo avanza con pasos agigantados
hacia una época de calentamiento generalizado
Nos estrenamos en Santander con otro edificio al servicio de la Administración Autonómica. Nada menos que la Casa de Piedra del Paseo de Pereda, una construcción de 4.000 metros cuadrados, sometida a una costosa rehabilitación, que acogerá la Agencia Tributaria y la Dirección General de Hacienda de Cantabria. Personalmente he perdido la cuenta, pero como era previsible, ya no vale solo el edificio de Moneo aún por construir, tras la demolición de la antigua Diputación Provincial. Se necesitó el “edificio puente” de la calle Peña Herbosa, como se necesitan el edificio del antiguo Palacio Cacho en Hernán Cortes para Economía, como la Finca Labat para Industria, como la Consejería de Sanidad en Marqués de la Hermida, como la Delegación de Educación del Pasaje Peña, como la de Ganadería y Desarrollo Rural en el edificio Europa, como la antigua clínica Matorras para Medio Ambiente, como los múltiples edificios administrativos del Servicio Cántabro de Salud, como los servicios de Obras Públicas, dispersos desde el antiguo edificio de Sindicatos en la calle Vargas, a múltiples oficinas en variadas localizaciones, como el Palacio del Mueble de la Rampa de Sotileza para Urbanismo, como el edificio KUO para Turismo y sus delegaciones del Paseo de Pereda o del Pasaje Peña. Incluso como la Asamblea Regional de la calle Alta que ya contempla su ampliación en la antigua fábrica de Tabacalera.
Todo ello, sin olvidar la multitud de locales para pequeños organismos dedicados a temas variados como los ocupados por sociedades promovidas por la administración, — Gesvican, Cantur, Cearc, Mare, Sican …– y otros no tan pequeños como la Dirección de la Juventud, la Dirección General de la Mujer, la Dirección General de Trabajo, la Dirección de Transportes, el Consejo Económico y Social, la Sociedad de Coordinación Financiera… o pisos múltiples alquilados a todo lo ancho y largo de la capital y los silenciados locales empleados para albergar todo el parque automovilístico de esta burocracia. Y no quiero mencionar los equivalentes situados en Torrelavega y demás pueblos de la región.
Pero descuiden que esto no va a quedar así. Habrá otros edificios apetitosos para la voraz hidra administrativa. ¿Quién garantiza que no les gustará algún otro edificio de Castelar, del nuevo Parque Industrial de La Albericia o del espacio de Las Llamas?. Como un cáncer que progresa en múltiples metástasis, la administración autonómica prosigue su extensión.
Si en algo ha resultado positiva la autonomía de Cantabria ha sido en la promoción de alquileres de todo tipo para sus infinitas oficinas a precios que muy probablemente exceden los del mercado y el correspondiente fomento del empleo para cubrir los puestos administrativos y directivos de todo ese fárrago burocrático.
Todo ello cuesta dinero. Y lo pagamos usted y yo. A cambio probablemente también, usted como yo, se pregunte si es necesaria esa masa burocrática, cuánto nos cuesta, si nos es útil y si nos ha ayudado realmente para mejorar nuestra calidad de vida.
JAVIER DOMENECH
Hace casi 30 años, Cantabria se constituyó en Comunidad Autónoma, con el convencimiento de entrar en una fase de prosperidad sin límites, dueños de nuestros propios destinos, — usando la terminología más rancia del nacionalismo fascistoide — y capaces de realizar las mayores gestas, nuestra región se convertiría en punta de lanza de progreso. Nada detendría esa carrera. Como aquellos pueblos del Africa negra que se liberaron del colonialismo europeo, entre grandes manifestaciones patrióticas. Pronto la realidad se impondría mostrando cómo las otrora prósperas colonias se han convertido en el pozo sin fondo de la miseria mundial.
Cantabria estrenó su autonomía de forma sorpresiva. La proclamación de la misma por el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal se produjo sin anuncio previo, y de inmediato, le siguieron todos los demás, sin que en ningún momento se consultase a la población. Quienes por entonces ejercíamos una responsabilidad dentro de un partido político, aceptamos los hechos consumados, con una falta de realismo absolutamente censurable. De forma disciplinada la acepté, convencido del inmenso error que se cometía.
La Autonomía de Cantabria ha supuesto la perdida de contacto con Castilla, para quedar encerrados en nuestros propios limites, ahogados por el peso demográfico de Asturias y el País Vasco. Las inversiones públicas fueron las últimas en llegar: aún se está terminando — treinta años han transcurrido– la comunicación con la meseta. De los trenes de alta velocidad, mejor que no hablemos. La industria local, desde Reinosa a Torrelavega, desde Corrales a la bahía de Santander, ha sido fulminada por reconversiones sin alternativas. La cabaña ganadera y la industria lechera se deshicieron al entrar en la Unión Europea. La pesca, languidece entre los recortes en las licencias y la autorización de capturas. Las grandes inversiones son fábricas de fibroyeso que quiebran, ruinosas réplicas de la cueva de Santillana, eterna búsqueda del turismo y recientemente, un bunker bancario al que se mira anhelante, como antes se esperaba a Mr. Marshall.
Mientras, una magnifica Universidad ve cada año cómo se reduce su número de alumnos, y Cantabria contempla a sus graduados marchar a trabajar en otras regiones. El Hospital Valdecilla, en su momento referente nacional, se ha convertido en un monstruo local en búsqueda de su gloria perdida. Los edificios públicos surgen por doquier, albergando todo tipo de organismos, consejerías y demás direcciones generales, administradores de una colosal burocracia llena de cargos y funcionarios. Durante estos años, hemos sido testigos de escandaleras harto frecuentes y, en gran parte, nuestra región es bien conocida por las ocurrencias o anécdotas de sus Presidentes, más que por su altura política.
¿Ha mejorado Cantabria?. Evidentemente, como la mayor parte de España. Que esto se haya producido por el hecho de ser autónoma es otro cantar, aunque muchos han prosperado en ese caldo. Pero otros han pagado por ello, forzados a buscar su vida en otras tierras.
Desde hace algún tiempo, se nos anuncia que el Estatuto de Autonomía necesita una nueva mejora, la segunda en treinta años. Mejor, déjenmelo como está o vayan pensando cómo solucionar el error cometido hace tres decenios
JAVIER DOMENECH