LA AUTONOMIA DE CANTABRIA
Hace casi 30 años, Cantabria se constituyó en Comunidad Autónoma, con el convencimiento de entrar en una fase de prosperidad sin límites, dueños de nuestros propios destinos, — usando la terminología más rancia del nacionalismo fascistoide — y capaces de realizar las mayores gestas, nuestra región se convertiría en punta de lanza de progreso. Nada detendría esa carrera. Como aquellos pueblos del Africa negra que se liberaron del colonialismo europeo, entre grandes manifestaciones patrióticas. Pronto la realidad se impondría mostrando cómo las otrora prósperas colonias se han convertido en el pozo sin fondo de la miseria mundial.
Cantabria estrenó su autonomía de forma sorpresiva. La proclamación de la misma por el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal se produjo sin anuncio previo, y de inmediato, le siguieron todos los demás, sin que en ningún momento se consultase a la población. Quienes por entonces ejercíamos una responsabilidad dentro de un partido político, aceptamos los hechos consumados, con una falta de realismo absolutamente censurable. De forma disciplinada la acepté, convencido del inmenso error que se cometía.
La Autonomía de Cantabria ha supuesto la perdida de contacto con Castilla, para quedar encerrados en nuestros propios limites, ahogados por el peso demográfico de Asturias y el País Vasco. Las inversiones públicas fueron las últimas en llegar: aún se está terminando — treinta años han transcurrido– la comunicación con la meseta. De los trenes de alta velocidad, mejor que no hablemos. La industria local, desde Reinosa a Torrelavega, desde Corrales a la bahía de Santander, ha sido fulminada por reconversiones sin alternativas. La cabaña ganadera y la industria lechera se deshicieron al entrar en la Unión Europea. La pesca, languidece entre los recortes en las licencias y la autorización de capturas. Las grandes inversiones son fábricas de fibroyeso que quiebran, ruinosas réplicas de la cueva de Santillana, eterna búsqueda del turismo y recientemente, un bunker bancario al que se mira anhelante, como antes se esperaba a Mr. Marshall.
Mientras, una magnifica Universidad ve cada año cómo se reduce su número de alumnos, y Cantabria contempla a sus graduados marchar a trabajar en otras regiones. El Hospital Valdecilla, en su momento referente nacional, se ha convertido en un monstruo local en búsqueda de su gloria perdida. Los edificios públicos surgen por doquier, albergando todo tipo de organismos, consejerías y demás direcciones generales, administradores de una colosal burocracia llena de cargos y funcionarios. Durante estos años, hemos sido testigos de escandaleras harto frecuentes y, en gran parte, nuestra región es bien conocida por las ocurrencias o anécdotas de sus Presidentes, más que por su altura política.
¿Ha mejorado Cantabria?. Evidentemente, como la mayor parte de España. Que esto se haya producido por el hecho de ser autónoma es otro cantar, aunque muchos han prosperado en ese caldo. Pero otros han pagado por ello, forzados a buscar su vida en otras tierras.
Desde hace algún tiempo, se nos anuncia que el Estatuto de Autonomía necesita una nueva mejora, la segunda en treinta años. Mejor, déjenmelo como está o vayan pensando cómo solucionar el error cometido hace tres decenios
JAVIER DOMENECH