¿QUE HACEMOS CON CATALUÑA?
Publicado en el DIARIO MONTAÑES el 11 de febrero de 2013
Treinta años con un Estatuto han sido insuficientes para las insaciables ansias del nacionalismo catalán. Aquellas diadas que congregaban a centenares de barceloneses se convirtieron en la masiva manifestación de independentismo, bajo la que subyacen dos movimientos, cada uno con su bandera: la senyera barrada que identifica a la derecha y la estelada símbolo de la izquierda más radical. Las rivalidades deportivas se confundieron con los sentimientos políticos. La masiva exhibición de la senyera en los encuentros entre Real Madrid y Barcelona nunca buscó el apoyo a un equipo de futbol sino mostrar el ansia independentista encendido por el actual presidente de la Generalidad. La masiva exhibición de la senyera como signo de identidad de un club legitimaría que sus rivales, en un futuro, se envolviesen en la bandera bicolor de España.
A lo largo de tres décadas, el sentimiento nacionalista fue creciendo hasta desembocar en un pacto político que hundió económicamente la que fue en su momento la región más próspera de España. Antes falsearon sus raíces históricas, educaron a dos generaciones en el desprecio a sentirse españoles, convirtieron a su clase política en un foso de corrupción, identificaron la celebración de una Olimpiada como un logro nacionalista e instalaron representaciones diplomáticas a lo largo y ancho de la geografía mundial. En los últimos tiempos se han acelerado los pronunciamientos de independentismo en aisladas poblaciones, tras la modificación del Estatuto votado por una minoritaria parte de la población y que el Tribunal Constitucional declaraba tardíamente ilegales. Que existiese un colosal agujero millonario de deuda por la mala administración del nacionalismo catalán, que la reconversión del aeropuerto de El Prat o el AVE se conviertan en los más caros proyectos de obra pública de las últimas décadas y éste se prolongue hasta Gerona y se siga clamando por la falta de infraestructuras, que se requieran millones de euros para pagar la inmensa deuda generada, que los bonos emitidos por la Generalidad se consideren financieramente tan atractivos como los de Grecia o Montenegro, no serviría para nada. Cuando las últimas elecciones han reducido la representación de quienes proyectan el mayor desafío separatista, se sigue adelante con una votación parlamentaria que es el prólogo a la declaración de independencia unilateral.
Mientras tanto, la respuesta del Gobierno central, empecinado en atender los problemas económicos y aturdido por la corrupción generalizada que asola a la clase política, sigue siendo de una tibieza que indigna, con llamamientos al diálogo, la creencia de que existen otros problemas más graves, la discrepancia interna de cómo afrontar el desafío y el consuelo de recibir cualquier manifestación de apoyo de la Unión Europea. Y se exhiben balances de las desastrosas consecuencias económicas que el secesionismo provocaría en Cataluña, como si España fuese una simple empresa financiera o se esgrimen recursos legales para frenar el desafío o la necesidad de un referéndum nacional que, arcangélicamente, acallara el independentismo. Pero se olvida que Cataluña nunca aceptó ni los pronunciamientos del Tribunal Constitucional ni una política nacional conjunta, y sus portavoces han expresado claramente que el deseo de los pueblos está por encima de las leyes o tratados.
La política nacionalista ha conducido al empobrecimiento de su Universidad, donde no acuden becarios ni profesores extranjeros, a la huida de las inversiones internacionales, desde la Coca Cola a la Nissan, a un fracaso escolar que ocupa el segundo lugar de España tras Andalucía, al problema de afrontar el millón de inmigrantes musulmanes que trabajan en Cataluña, — la sexta parte de su población –- y llevará al aislamiento de su banca y su comercio, al hundimiento de un economía ahogada en la deuda, a la exclusión de la Unión Europea, al desamparo de sus jubilados imposibles de ser atendidos con los ingresos catalanes aislados y puede conducir al exilio masivo de quienes serán perseguidos por una política infame y la ruptura social entre quienes se sienten tan españoles como catalanes y quienes reniegan de su españolidad, separando amistades, vecindades y familias. Ese sería el mayor peligro que acecha bajo la demanda nacionalista que se alimenta y sigue progresando
Pero, con la misma rapidez que el crecimiento nacionalista, se está despertando en la opinión pública española un hartazgo generalizado frente a sus demandas y chantajes. Los gritos contra España pueden volverse en un clamor contra Cataluña y el rechazo a todo lo que se identifique como catalán, desde los productos a las personas, provocando una escisión social que jamás existió.
Cuando al presidente De Gaulle, una parte de la población vascofrancesa comenzó a pedir autonomía e independencia entre Burdeos y Pau, el general sentenció:
–Que se la den
Y desde entonces se acabaron las demandas.