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Y no ser ya nada

La primera gran decepción de la infancia llega cuando se descubre la verdad sobre los Reyes Magos. Se esfuma la inocencia y se aligera la ilusión, y se convierten los regalos de Navidad en el cruel chantaje para las buenas notas. Es verdad que entonces los niños crecen un poco, pero también que el disgusto los lanza a la cruda realidad de la vida, la de los cuentos, la de las medias verdades, y directamente la de las mentiras. Con Santa Claus pasa igual, pero aquí menos, que al fin y al cabo no es de los nuestros. El Ratoncito Pérez ha quedado en desuso, y no es lo mismo.

Año y medio le han durado los Reyes Magos al pobre Iñigo de la Serna. Toda la vida preparándose para ser ministro, y los socialistas le han puesto en la calle cuando estaba empezando a hacerse a las alfombras del ministerio y al escay del coche oficial. Y literalmente en la calle, porque por ser ministro lo dejó todo (en realidad, una alcaldía de provincias) y ni a volver a ser ingeniero le dejan las incompatibilidades. Se ha quedado descompuesto y sin más novia que la militancia de base en el PP. Tan joven y ya tan poco…

De todos modos, como buen jubilado español, ya está gastando su asueto en enredar. Ha anunciado su apoyo a la candidata Santamaría en la pelea por la presidencia de su partido, que era lo justo después de que esta le llevara al gobierno. La rueda de prensa en la que lo anunció, por cierto, fue un delirio de vanidad en la que trató de emular a Feijóo no pareciéndosele ni de lejos, y contó eso tan viejuno y rancio de haber mandado un coche a Madrid con su aval por Soraya, un remedo de los motoristas de Franco llevando ceses y nombramientos. De la Serna tiene tanto ego que le vale hasta el ridículo que hace a veces cuando habla.

Iñigo siempre ha sido muy de vender humo. Muy tieso, con aplomo, como haciendo historia, altivo, muy sobrado, enseñando solamente la cáscara de proyectos vacíos con más estética que sustancia. Infografías y maquetas de cartón en estado puro. Aclamándose no candidato ha hecho lo mismo: despacharnos algo que no es nada. Si ha sido porque se creyó que tenía las posibilidades que publicaban los medios tras la marcha de Rajoy, va a resultar más pretencioso aún de lo que realmente es. Y un poco lila. Si ha sido una estrategia para apuntalar a Santamaría, tiene un efecto secundario al lado de los apoyos de los primeros espadas de verdad, porque él mismo no es más que un figurante por más que se crea protagonista. Si acaso en Cantabria puede que pinte algo, pero tal y como tiene allí las cosas el PP, lo tendrá que hacer con brocha gorda.

En todo caso, al pobre De la Serna (he leído que pudiera ser que lo de la preposición y el artículo delante del apellido sea algo de cosecha propia para darse barniz. Aquí lo cuentan -enlace-) sólo le queda para colocarse ayudar a colocarse. Si Soraya gana la presidencia del PP, pillará cacho y quizá sea diputado o senador la próxima legislatura. Si la exvicepresidenta pierde, le pasarán garlopa y no le quedará otra que volver a la obra cuando se le acabe la incompatibilidad. Tanto tanto para tanto poco…

Delegado Zuloaga

(Artículo publicado en El Diario Cantabria el 12 de junio de 2018)

Dicen los que dicen que saben que en política (en la vida en general) no hay nada peor que las prisas, el ego, y creerse que todo vale para ganar y para mantenerse. O puede que no, porque sigue habiendo a los que las malas experiencias de otros por dirigirse así les importan un bledo, y son justamente esos bagajes con los que se lanzan a lo que se lanzan. Esto hace Pablo Zuloaga, el moderno secretario general del PSOE de Cantabria, candidato a presidente regional, y próximo delegado del gobierno, cuando le justifican el nuevo puesto con la intención de mejorar sus perspectiva electorales.

Con este nombramiento con ese objetivo el PSOE convierte la Delegación del Gobierno en una empresa de marketing electoral, que van a utilizar a la carta para que se conozca a un candidato regional al que no conocen en Cantabria. Los socialistas travisten la finalidad de la institución y la prostituyen para hacer de ella un uso partidista inapropiado, inoportuno e intolerable. Se van a gastar el dinero público de todos, el que nos quitan de nóminas y pensiones, y los recursos públicos de una institución, para hacer campaña en favor de sus siglas y de su cabeza de cartel. Y eso no es aceptable.

También pierde el PSOE a su portavoz más importante, porque no parece el atril de la delegación el sitio desde el que pueda hacerse política crítica. Zuloaga, como delegado, se inhabilita para la labor más obvia que tiene el líder de una formación política, que pasa por exponer un proyecto, compartir unos principios ideológicos, buscar la connivencia de los ciudadanos, defenderse de los ataques del contrincante y constituirse como alternativa. Pero siempre con un discurso propio, libre de obligaciones externas y desde las tribunas que brindan los partidos desde dentro. Difícilmente se puede ser el representante de un gobierno de todos y para todos si se utiliza el cargo como pasarela y altavoz únicamente para consolidar una candidatura electoral.

Zuloaga deja además tirados a los que le hicieron alcalde. Les falla en el compromiso adquirido de poner todo el tiempo todo su esfuerzo y todas sus capacidades, las que quiera que tenga, en favor de su municipio y de sus vecinos. Nada podrá decir a quienes le acusen de haber usado la alcaldía como mero trampolín para otros intereses. O que vaya a usar su puesto de delegado para hacer exactamente lo mismo, que no sería otra cosa que medrar a costa de
otros, y gratis porque se lo
paga con fondos públicos. Los ciudadanos merecen siempre sinceridad y altura de miras, pero no para beneficio propio de quien les gobierna sino para su mejora como colectivo. Zuloaga y su partido han escogido el camino contrario, el del aprovechamiento de lo de todos para alcanzar sus propias metas.

El secretario general del PSOE de Cantabria ha tomado la senda más fácil para reforzarse como candidato. Y la menos ética, porque retuerce el fin colectivo en su único beneficio. La delegación del gobierno debe ser un referente de representación institucional y no un instrumento electoral ni una extensión de un comité de campaña. Y el secretario general de un partido que es además su candidato a presidente debe serlo a tiempo completo. Zuloaga, que deberá dejar la delegación en febrero para poder presentar a presidente de Cantabria, hará trampas si usa su posición de delegado para hacer campaña, faltará a su compromiso como máximo dirigente de su partido al tener que dejar de ser su primera voz, y defraudará a los vecinos del municipio del que es alcalde. Si quiere que se sepa quién es y qué ofrece debería recorrerse Cantabria de palmo a palmo, como hacen los valientes, y no usar los cargos para ello, como hacen los mediocres. Pero yo soy escéptico…

Convencionalismos y títulos

Los españoles somos muy de convenciones sociales, especialmente las que nos han impuesto los cuatro gatos de siempre. Nos han dirigido tanto sin dejarnos pensar, nos han impuesto tanto sin dejarnos elegir, nos han obligado a tanto sin darnos opciones, que acatamos y nos creemos y damos por bueno cualquier diseño de la vida que el primer listo de turno que ha logrado subir a lo alto de la escalera nos meta entre pecho y espalda. Nos conformamos en la mediocridad para la que nos entrenan los que mandan.

Una de estas verdades de la convivencia es la de la cualificación académica de los que nos representan. No me refiero a la de sus aptitudes intelectuales, que siempre tienen en entredicho. Tampoco a sus ganas por mandar, que se les nota a poco que se aposenten en una buena poltrona de sueldo amplio, trabajo escaso y mucho figuroneo. Todo esto, lo superficial y lo competencial, lo van poniendo de manifiesto desde que trincan cacho. Algunos incluso en el camino a conseguirlo. No. Me refiero a los títulos, esos que se han convertido en un pasaporte a la fama política de quien los tiene, o de quién se los inventa. Esos adornos que tiñen de calidad los currículos, y parece que capacitan para dirigirnos más que cualquier otra cosa que los que lo hacen atesoren. Para ser alguien, aunque sea de paja de otro que no puede (de esto saben en el PSOE de Cantabria un montón), hay que tener licenciaturas varias, un par de másteres y un doctorado. O eso nos hacen creer, y nosotros lo compramos como tontos. Nos han contado que para entrar en una lista, o asentarse en un gobierno, hay que ir con el expediente académico por delante, y tenerlo lustroso y muy muy amplio. A los ciudadanos nos tienen que alimentar de mediocridad los intelectuales de papel (o sea, los que tienen un diploma impreso), y no cualquiera otros.

Pasa que esta convención es a la vez una  trampa, y la ruina de muchos. Y no siempre una verdad absoluta. Conozco gente con títulos, que también tiene inteligencia y que jamás se dejaría pasar por el tamiz gordo para llegar a la vida pública. Ese camino suelen hacerlo los que tampoco valen tanto. Los partidos, en realidad los cuatros perlas en los partidos que escogen candidatos y cargos, como saben que se nos cae la baba con los currículos inflados de títulos, suelen seleccionar para los puestos de delante a los que los tienen muy floridos. Por ejemplo, un doctor digamos en economía para candidato de, qué se yo, alcalde de, pongamos, Santander. Quizá el tipo no valga mucho, incluso nada, pero tiene un doctorado, que parece algo que otorga de por sí unas cualidades por encima de la media, y del que la gente, confundida, acaba diciendo que parece listo. Con la convención cumplida, el titulado luce y los de detrás mangonean.

La convención también huele a humo cuando el que llega a lo alto a saber por qué camino sin control, no tiene títulos y el populacho los requiere para otorgar la pátina de capacidad. Entonces se cae en la vulgaridad, y en el delito, de inventarlos. Y así aparecen licenciados en Biotecnología, diplomados en Turismo o másteres en Administración Publica, por ejemplo, que son tan reales como los billetes de 15 euros. Otro churro que acaba sabiéndose, porque por mucho que nos hayan convencido de que hacen falta títulos para gobernar, el poco quehacer es muy común y hurgar en los cajones ajenos siempre ha sido en este país una faena muy interesante. Cuando se descubre el pastel, viene el escándalo, la dimisión (o no), la venganza destapando mentirosos del otro bando, y la sustitución por otro y otra con otros títulos. Y así se alimenta la bicha, y las luces de la fiesta siguen girando.

Total, que aquí si no tienes un título parece que no eres nada y para gobernar no sirves, y si lo tienes, aunque sea el de patrón de yate, eres la leche. Así les pinta el pelo a los que lo tienen pero valen tan poco como el papel en el que está impreso, y a los que no los tienen pero se lo inventan como el que va contando que no ve Sálvame en Tele5. Y también a esta pobre España nuestra, ridículo circo de vanidades donde empata más un necio pero con diploma que cualquiera con dos dedos de frente aunque no haya pasado por la Universidad.

Opiniones Libres