El prior

Ni resolución del Congreso, ni decisión del Gobierno, ni Sentencia judicial. Al prior del Valle de los Caídos solo le sirve mantener a Franco donde está, por sus huevos (con perdón) y con el aplauso de la familia del dictador y de los franquistas viejos y más modernos. Es desolador que el Tribunal Supremo haya tenido que recordarle que las sentencias están para ser cumplidas, y que estemos todos pendientes de qué será capaz de hacer para evitar que se exhume al general. Los verbos sueltos en la Iglesia suelen resultar peligrosos para ella misma, pero especialmente para los demás. En este caso, a la intransigencia moral de un exaltado religioso se le une el extremismo ideológico de un fascista trasnochado que se escuda en la sotana para hacer de su capa un sayo.

La Memoria Histórica es una deuda de honor que tiene España consigo misma, y, por encima de todo, con los represaliados y muertos del franquismo y sus familias. El discurso excusatorio de las derechas exigiendo pasar página sin reparaciones es una desvergüenza y una canallada inasumibles que solamente merecen repudio. La Transición, en aras de la convivencia y la recuperación de la democracia, ya se hizo con la generosidad de los perdedores, mientras que los ganadores se fueron de rositas sin asumir responsabilidades ni pagar por ellas. 40 años después, es hora de hacer Justicia. Y sacar a Franco de donde lo enterraron para su permanente exaltación es un principio de lo más adecuado. Al fin y al cabo, los nietos del general saben dónde está su abuelo, y dónde estará, mientras muchos nietos de muchos otros muertos no saben en qué agujero de qué cuneta está el suyo.

La Iglesia fue cómplice activa de las tropelías de la dictadura, diga ahora lo que diga. Y en lo que no lo fue, guardó silencio y se puso de perfil. Una parte de ella, la que no admite que la base de la relación pacífica entre españoles es la Democracia, y las pautas del comportamiento de los ciudadanos y de sus instituciones de gobierno y de representación las marca la Constitución, mantiene la actitud soberbia de la imposición, la exclusión y la univocidad con la que justifican actitudes como la del prior de Los Caídos. Como hicieron durante el franquismo porque llevaban haciéndolo toda la vida del Señor. ¿Cuántos obispos le han plantado cara activa, rechazando su discurso de frentismo a la legalidad, y a la pura lógica?.

Aunque tal vez el problema no sea del prior. Si con la Iglesia no se llevaran templando gaitas desde el 36, y la Transición hubiera alumbrado una relación neutral con ella basada de verdad en la laicidad que propugna la Constitución, otro gallo cantaría. El entendimiento de la curia católica de que pueden seguir teniendo el mismo papel social y político que tuvieron en la España franquista nunca ha sido suficiente ni adecuadamente puesto en cuestión. Los Acuerdos con el Vaticano y la puñetera costumbre de nuestra clase dirigente de cogérsela con papel de fumar cada vez que hay que pisarles lo fregado, les retroalimenta. Hasta que no se les coloque en el lugar que les corresponde, que desde luego en la configuración jurídica y emocional de nuestra sociedad es ninguno, no dejará de haber curas como el prior de Los Caídos.

Aviejunarse, mirando al mar

He pasado 4 días en Santander por Santiago, y en dos ha estado lloviendo. Santander tiene eso, que llueve, y siempre a destiempo. Mi madre dice que parece mentira que no sepa ya que la ciudad es así. Tiene razón. La ciudad es así, con su propio ritmo hasta para el clima. Aquí en Madrid gusta mucho. Que si qué bonita, que si qué playas, que si qué bien se come. Bueno. También gusta Revilla. No siempre el criterio de los de fuera define la realidad en la que se mueven los de dentro. Ni Santander es tan todo lo que dicen, ni Revilla es tan tanto como suponen. Y al final, en julio, yo me mojé dos días seguidos.

Santander se aviejuna por momentos. Decía uno de los pasajeros que me traje a la vuelta a casa que parece un balneario. Y es cierto. Santander vive unos “baños de ola” permanentes, tan cutres como la fiesta municipal. Nada que ver con aquello de principios del siglo XX. Si acaso la mentalidad de los santanderinos, y esa resignación conservadora que se mueve en las urnas de la derecha del todo a la derecha un poco menos. Ahí está el resultado electoral de mayo. Supongo que es pronto para que se note el impulso ciudadano. O tarde, que lo mismo la coalición sólo ha servido para que se coloquen dos más. Ojalá un verano de 2020 y unas fiestas de Santiago más modernos, más imaginativos, más de vanguardias, y sin lluvia.

Hasta las casetas de la “feria de día” se han pasado de moda. Los pinchos ya no compiten más que por llevar pan tierno. Lo único que ha subido han sido los precios. No sé si sería por esto, o por la lluvia, pero las zonas de casetas tenían estas fiestas tantas calvas como falta de pasión. Falla la motivación porque el invento sigue siendo como cuando empezó, y la gente se aburre. Divertirse en la calle no tiene misterio si hay incentivo suficiente. La mala copia de las casetas no ha recibido más oxígeno que el de la subida anual de la tasa por montarlas. Y eso, en un país donde todos nos quejamos de los impuestos sin atender a lo que nos dan a cambio, es un mal asunto. Enfadados, los hosteleros no innovan ni se comprometen. Y acaban haciendo los pinchos con lomo frío y pimientos de lata.

Y como las desgracias nunca vienen solas, las ferias han perdido este año la noria. No la han montado. La noria serviría para explicar el paradigma de la propia ciudad, y su ausencia en estas fiestas es definitorio. Santander lleva décadas girando cansinamente sobre el mismo eje. La gente sube, da unas vueltas, baja, y sigue la vida. No estoy seguro de que el que la noria haya desaparecido del escenario festivo sea buena señal. En realidad, no estoy seguro de que sea señal de nada, porque en Santander lo mortecino que no tiene explicación es una norma de inveterado cumplimiento. Faltaría más. La bahía lleva ahí desde siempre, y las playas de El Sardinero, y El Sardinero, y el Paseo de Pereda. Que en realidad no, pero de tanto sobarlo con paseos arriba y abajo, los santanderinos de toda la vida le han dado categoría de eterno. Y de antiguo.

Senado jaja, Senado jiji

Hace años, cuando el sistema se estaba asentando, pasadas las turbulencias de la Transición, en el Senado acababan su carrera las viejas glorias de los partidos. Allí las ponían los suyos a decorar, a juego con la arquitectura antigua y el mobiliario de época. Bien es verdad que en aquellos tiempos, los viejos políticos solían ser los sabios, mientras que los jóvenes que les pasaban por encima iban camino de serlo. A salvo de alguna excepción, claro, que ser tonto y empeñarse en demostrarlo es un mal muy de los españoles. El caso es que el Senado se convirtió en el museo de la política nacional, entre arqueológico y de cera. Y así lleva lustros y lustros, acogiendo jubilados y perdedores de batallas partidistas internas. La sobada cantinela de darle utilidad, que esconde en si misma el silogismo de que en realidad no vale para nada, nunca ha terminado de concretarse.

Las elecciones del 28 de abril podían haber sido la oportunidad de cambiar esa tendencia de hacer del Senado un desguace, inútil y caro. Pero los partidos siguen teniendo sus tendencias, que no pasan precisamente por prestigiarlo, por mucho que digan otra cosa. En las listas siguen yendo sobrantes de tapicería, enemigos internos a los que sacar del foco, y amiguetes sin suficiente textura como para hacer otra cosa. La clase política, ese club de cínicos que siempre procura tener el culo bien posado en buena silla por si acaso, ha encontrado en el Senado el lugar perfecto para que paguemos el retiro a los que les sobra y que no tienen donde caerse muertos. O si, pero que molestan en otro sitio. A razón de casi 5000 euros mensuales por cabeza colocada, la Cámara Alta es el trastero de lujo de los partidos y sus miserias.

Y todo cuando la última legislatura, tan convulsa e inmoderada, ha sido para cosas importantes la del Senado. Allí se cocinó a fuego lento la aplicación del articulo 155 de la Constitución a Cataluña. Allí se cerró la puerta a la aprobación del techo de gasto, que fue el principio del fin de los presupuestos de Pedro Sánchez. Y también allí se atrincheró el PP para desgastar al gobierno socialista después de que Rajoy saliera dando tumbos del restaurante donde hizo la sobremesa de la moción de censura. Eso a pesar de portavoces de outlet, rellenos de cojines y recibís de facturas orgánicas. La Cámara ha tenido su trascendencia, pero como pasa desde que dejó de haber senadores reales, no ha estado alineada con la de sus miembros y miembras. A los partidos se la chufla que en el Senado haya calidad y categoría, y por eso hacen las listas que hacen, y mandan allí a dormitar a las momias a las que mandan. No es de extrañar que lo más interesante que puede dar esa institución sean las visitas guiadas de los fines de semana…

Opiniones Libres

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