¡Ministro!

Y al final fue. Ahí está. Ministro. Ni más ni menos. Para que luego digan que a los anhelos no se llega nunca. 9 años siendo alcalde para alcanzar la cumbre. El gobierno de España. Alfombras de pelo alto. Madrid. La capital del Reino. 

De la Serna siempre picó alto, y cualquiera lo notaba. Lo llevaba escrito en el andar. Y en el hablar. Y en el mandar. En el comportarse, vamos. Con chulería, con repipismo, con sobranza. Con las habilidades sociales muy justas, escaso de empatía, nada asertivo, pero con el trabajo sacado adelante gracias al trabajo de otros. Nada que no haga quien se cree mejor que el resto. Tenía un plan, y lo ha cumplido. Desde que malvendió el agua cuando le hicieron concejal. Desde que fue ungido propietario cuando el anterior propietario lo dejó. Desde siempre.

Y la ciudad hacía tiempo que se le había hecho pequeña. Es lo que tienen los engreídos, que enseguida que ocupan un puesto creen cumplida su misión en él y quieren pasar al siguiente. Íñigo tiene mucho de soberbio. Y de inmodesto, de pretencioso y de petulante. Supongo además que el último año, gobernando a veces al dictado de otros, le habrá sido un suplicio. Por mucho que los otros sean una franquicia de los suyos. Ceder mando en el cortijo siempre frustra, y avinagra el rostro.

Pero fíjate que a pesar de todo no creo que vaya a ser mal ministro. Total, pintan poco. Dan la cara, pero no toman decisiones pequeñas, que son con las que uno se hace querer. Salen en la tele, pero de pasada. No se mezclan con el vulgo, no reparten besos, no abrazan. Y tampoco presentan infografías vendiendo humo. Ser ministro da prestancia, pero no necesariamente prestigio ni protagonismo. Al fin y al cabo, De la Serna no es Montoro ni Cospedal. 

(Suerte, ministro, que teniendo tú ya lo tuyo eso es lo que necesitamos nosotros)

Navidad, dulce Navidad…

No tengo intención de votar el 25 de diciembre si finalmente hay terceras elecciones. Ni por correo ni, por supuesto, en persona. Ni de aceptar ser parte de la mesa electoral si por desgracia me toca. A ver quién es el guapo que se pone a perseguir a todos los que se nieguen. Incluso por poco que les apetezca la comida con su suegra o su cuñado. La Navidad es sagrada, y los mierdas estos que tenemos de políticos no se merecen ni dos segundos de duda sobre qué hacer si nos convocan a las urnas de nuevo. Quedarse en casa es la única opción posible después de un año tomándonos el pelo con sus estrategias partidistas. La democracia está más a salvo con nuestra activa abstención que con los tejemanejes tramposos de esta insoportable gente.

Desde noviembre del año pasado nos están tomando el pelo con las dos manos. Estoy hasta las narices de sus discursos, sus amenazas, sus negativas, su victimismo. De esa increíble capacidad que tienen para la pose pasándose por salva sea la parte lo que podamos pensar los ciudadanos, pero permitiéndose al mismo tiempo el lujo de interpretarnos. Los políticos que nos han tocado en desgracia son una pandilla de insolventes intelectuales con toda la machacona soberbia de los que se creen únicos para salvarnos de nosotros mismos. Hace tiempo que dejaron de estar a la altura de la sociedad a la que deben servir. Su comportamiento desde noviembre de 2015 lo deja bien a las claras, y nos exime de otorgarles cualquier aval.

Nunca como ahora hace falta un cambio. De sistema electoral que haga justicia en el reparto de escaños, de mecanismos postelectorales para elegir presidente con garantías y premura, pero sobre todo, por encima de todo, de líderes de los partidos y de actitudes. Es imprescindible una revolución legislativa y de pensamiento que no nos vuelva a dejar 9 meses en funciones y con unos tipos a los hemos elegido para arreglar nuestros problemas creando otros que los agravan. Ya está bien de calculada desidia y de manejos partidistas. Ya está bien de tenernos como rehenes de sus planes de subsistencia. O espabilamos para que esta caterva de indecentes deje de utilizarnos para consolidarse a nuestras espaldas y a la de esta democracia a la que soban impúdicamente, o cuando queramos darnos cuenta se habran cargado hasta el pensamiento. 

Política de medianías

Sigo con interés todo lo que pasa en Cantabria. El circo de tres pistas de la política nacional me aburre, así que qué mejor que pasar al espectáculo de provincias, mucho más pobre pero con esa gracia mediocre que entretiene durante más tiempo. Además, conozco mejor a la troupé, y me cuesta menos identificar sus derivas, que son por cierto las de toda la vida porque ellos mismos son los de toda la vida. Los Revilla, Diez Tezanos, De la Serna, Diego, Casares, Fuentes Pila… son mis campeones de la sinsustancia guerrera y el ridículo cateto.

Cada nuevo asunto que salta al escenario público es un remedo de otros tiempos. Esa pelea bronca entre el ayuntamiento de Santander y el gobierno de Cantabria es tan vieja, tan inútil y tan perjudicial como lo fue siempre. Esos dos gobiernos en uno, esa coalición entre el ego del presidente y la necesidad de supervivencia de la vicepresidenta, da para lo mismo que en 2003. O sea, para nada que no haya sido el ir tirando colocando amigos y pagando favores. Ese parlamento de bullicio de mercado y runrún de pelea tabernaria sirve para la misma nada que hace años. Cantabria ha vuelto al pasado de los remiendos políticos y la desnutrida mediocridad intelectual de sus dirigentes.

La vida política ha cambiado casi en todas partes. Los emergentes, esos que van de lo nuevo pero que tienen los mismos tics soberbios de lo viejo, han elevado un tono el gris que lo inunda todo. Ahí está el ayuntamiento de Santander, en manos de un pijo engreído que tiene que plegarse a tiempo parcial a su otra derecha si no quiere que la multioposición no le tumbe los grandes planes para la ciudad -un metro…-  Y la oposición misma, un cóctel rancio de intereses personales y equilibrios de partido que baila la conga de las izquierdas revolucionarias llegadas desde las mismísimas manifestaciones populares, la necesidad de reivindicarse de líderes de paja como Casares, y la de revalidar con viejos discursos el acierto de su proyecto de candidatos de marketing como Fuentes Pila. Un poco lo de siempre aderezado con lo de toda la vida.

En fin. Que estar pendiente es lo que tiene. Hoy unas risas, mañana otras y al final de semana, carcajadas incontenibles al aire. Madrid está muy bien. Tiene el congreso y el senado, dos bolsas de vagos incuestionables. Y un ayuntamiento mezcla entre ministerio y caja de truenos. Pero Cantabria, y Santander, son mi show, una fuente inagotable de sano cachondeo a cuenta de incapacidades, chulearías, excesos verbales y pose, mucha pose de medianías disfrazas de excelencias a las que no llegan ni por asomo. Es lo que hay (y que no falte).

Opiniones Libres

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