Qué vida esta…

Ni condenan a la infanta, ni Iñaki va a la cárcel. Ni viene papa, ni cenamos… La vida se nos pone de costado. Que Blesa y Rato sean ya chorizos oficiales no compensa. La justicia solo nos da disgustos. Todos aquí esperando para merendarnos al rey con lo del Noos y nos han dejado compuestos sin carnicería. La república tendrá que esperar, que han decretado dieta de monarquía. Eso o que los defensores de otro régimen ganen la elecciones con suficiencia como para cambiar la Constitución. La democracia tiene sus cauces, sin necesidad de que se los regateen los jueces. Ni siquiera con sentencias que se acomoden a la casquería popular. Hay veces que las cosas son lo que tienen que ser incluso aunque no gusten. Y esto con la Justicia pasa mucho.

Así que nada. La infanta ha sido absuelta y a su marido delincuente (que viene de quien delinque y es condenado por ello) le espera la cárcel después de recurso. O no, que todo es posible. Tantos ejemplos hay de entrar por menos años como de no hacerlo por más. Las sentencias se basan en leyes en papel y en interpretaciones humanas. También en otras sentencias. Si Urdangarín no entra en el trullo por algo será. Pongámonos en lo justo, que no es ni lo malo ni lo peor. Por cierto, que juzgaban a la hermana del rey, no al rey ni a la Corona. Que aquí somos muy de confundir mezclando. El Pisuerga siempre pasa por Valladolid, sobre todo para hacer daño.

Diferencias (y diferentes)

El otro día me envió José Manuel un vídeo de la iluminación navideña en el ayuntamiento de Santander. Todo color, con música, alegre, divertida, muy en la onda moderna de lo que se lleva ahora. Confieso que mi primer pensamiento fue para De la Serna, ‘el alcalde que siempre quiso ser ministro y por fin lo es’. Ha sido irse y notarse un algo como de que ya no está y manda otra. Aunque fuera él quien diera el visto bueno a la decoración, la sensación que produce es como de liberación, como ese ‘por fin’ que sueltan los que no aguantan a su suegra en cuanto sale el domingo por la puerta de casa después de comer. 

Que la nueva alcaldesa de Santander no es el anterior alcalde es una obviedad. No se parecen en nada. Ni en lo humano ni en lo político, ni en su carácter ni en sus capacidades, ni en sus aspiraciones ni en sus pretensiones. Igual y De la Serna son divergentes, muy diversos. Yo conozco a los dos, y me quedo con la alcaldesa.

Ya tengo escrito lo que opino del ministro, eso de que es un engreído soberbio y sin más aptitudes sociales que la de sonreír mucho mirando por encima del hombro. Gema Igual me parece otra cosa. Cercana, sencilla, amable, dispuesta, trabajadora. Del PP, conservadora, en la otra orilla ideológica a la mía, pero con un sentido práctico de la política y una idea social y humana de su trabajo que la acerca tanto a la gente como aleja al ministro de la empatía y las habilidades sociales. Otra cosa es la orientación del programa que debe cumplir, con el que difiero. Pero al menos, mientras lo cumple, pondrá otra cara y tendrá otro talante. 

No fío el crédito de mi opinión, si es que tengo alguno, a todo esto que me parece Igual. Ya no lo hago por casi nadie. Pero la marcha del soberbio de De la Serna tiene que ser una oportunidad para, al menos, dar por el saco de otra manera, más amable, menos pija, más pensando en los vecinos, menos tratando de medrar. Ahí está la ventaja de la alcaldesa y la oportunidad de los santanderinos. Y el resto llegará por añadidura…

¡Ministro!

Y al final fue. Ahí está. Ministro. Ni más ni menos. Para que luego digan que a los anhelos no se llega nunca. 9 años siendo alcalde para alcanzar la cumbre. El gobierno de España. Alfombras de pelo alto. Madrid. La capital del Reino. 

De la Serna siempre picó alto, y cualquiera lo notaba. Lo llevaba escrito en el andar. Y en el hablar. Y en el mandar. En el comportarse, vamos. Con chulería, con repipismo, con sobranza. Con las habilidades sociales muy justas, escaso de empatía, nada asertivo, pero con el trabajo sacado adelante gracias al trabajo de otros. Nada que no haga quien se cree mejor que el resto. Tenía un plan, y lo ha cumplido. Desde que malvendió el agua cuando le hicieron concejal. Desde que fue ungido propietario cuando el anterior propietario lo dejó. Desde siempre.

Y la ciudad hacía tiempo que se le había hecho pequeña. Es lo que tienen los engreídos, que enseguida que ocupan un puesto creen cumplida su misión en él y quieren pasar al siguiente. Íñigo tiene mucho de soberbio. Y de inmodesto, de pretencioso y de petulante. Supongo además que el último año, gobernando a veces al dictado de otros, le habrá sido un suplicio. Por mucho que los otros sean una franquicia de los suyos. Ceder mando en el cortijo siempre frustra, y avinagra el rostro.

Pero fíjate que a pesar de todo no creo que vaya a ser mal ministro. Total, pintan poco. Dan la cara, pero no toman decisiones pequeñas, que son con las que uno se hace querer. Salen en la tele, pero de pasada. No se mezclan con el vulgo, no reparten besos, no abrazan. Y tampoco presentan infografías vendiendo humo. Ser ministro da prestancia, pero no necesariamente prestigio ni protagonismo. Al fin y al cabo, De la Serna no es Montoro ni Cospedal. 

(Suerte, ministro, que teniendo tú ya lo tuyo eso es lo que necesitamos nosotros)

Opiniones Libres

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