Diferencias (y diferentes)

El otro día me envió José Manuel un vídeo de la iluminación navideña en el ayuntamiento de Santander. Todo color, con música, alegre, divertida, muy en la onda moderna de lo que se lleva ahora. Confieso que mi primer pensamiento fue para De la Serna, ‘el alcalde que siempre quiso ser ministro y por fin lo es’. Ha sido irse y notarse un algo como de que ya no está y manda otra. Aunque fuera él quien diera el visto bueno a la decoración, la sensación que produce es como de liberación, como ese ‘por fin’ que sueltan los que no aguantan a su suegra en cuanto sale el domingo por la puerta de casa después de comer. 

Que la nueva alcaldesa de Santander no es el anterior alcalde es una obviedad. No se parecen en nada. Ni en lo humano ni en lo político, ni en su carácter ni en sus capacidades, ni en sus aspiraciones ni en sus pretensiones. Igual y De la Serna son divergentes, muy diversos. Yo conozco a los dos, y me quedo con la alcaldesa.

Ya tengo escrito lo que opino del ministro, eso de que es un engreído soberbio y sin más aptitudes sociales que la de sonreír mucho mirando por encima del hombro. Gema Igual me parece otra cosa. Cercana, sencilla, amable, dispuesta, trabajadora. Del PP, conservadora, en la otra orilla ideológica a la mía, pero con un sentido práctico de la política y una idea social y humana de su trabajo que la acerca tanto a la gente como aleja al ministro de la empatía y las habilidades sociales. Otra cosa es la orientación del programa que debe cumplir, con el que difiero. Pero al menos, mientras lo cumple, pondrá otra cara y tendrá otro talante. 

No fío el crédito de mi opinión, si es que tengo alguno, a todo esto que me parece Igual. Ya no lo hago por casi nadie. Pero la marcha del soberbio de De la Serna tiene que ser una oportunidad para, al menos, dar por el saco de otra manera, más amable, menos pija, más pensando en los vecinos, menos tratando de medrar. Ahí está la ventaja de la alcaldesa y la oportunidad de los santanderinos. Y el resto llegará por añadidura…

¡Ministro!

Y al final fue. Ahí está. Ministro. Ni más ni menos. Para que luego digan que a los anhelos no se llega nunca. 9 años siendo alcalde para alcanzar la cumbre. El gobierno de España. Alfombras de pelo alto. Madrid. La capital del Reino. 

De la Serna siempre picó alto, y cualquiera lo notaba. Lo llevaba escrito en el andar. Y en el hablar. Y en el mandar. En el comportarse, vamos. Con chulería, con repipismo, con sobranza. Con las habilidades sociales muy justas, escaso de empatía, nada asertivo, pero con el trabajo sacado adelante gracias al trabajo de otros. Nada que no haga quien se cree mejor que el resto. Tenía un plan, y lo ha cumplido. Desde que malvendió el agua cuando le hicieron concejal. Desde que fue ungido propietario cuando el anterior propietario lo dejó. Desde siempre.

Y la ciudad hacía tiempo que se le había hecho pequeña. Es lo que tienen los engreídos, que enseguida que ocupan un puesto creen cumplida su misión en él y quieren pasar al siguiente. Íñigo tiene mucho de soberbio. Y de inmodesto, de pretencioso y de petulante. Supongo además que el último año, gobernando a veces al dictado de otros, le habrá sido un suplicio. Por mucho que los otros sean una franquicia de los suyos. Ceder mando en el cortijo siempre frustra, y avinagra el rostro.

Pero fíjate que a pesar de todo no creo que vaya a ser mal ministro. Total, pintan poco. Dan la cara, pero no toman decisiones pequeñas, que son con las que uno se hace querer. Salen en la tele, pero de pasada. No se mezclan con el vulgo, no reparten besos, no abrazan. Y tampoco presentan infografías vendiendo humo. Ser ministro da prestancia, pero no necesariamente prestigio ni protagonismo. Al fin y al cabo, De la Serna no es Montoro ni Cospedal. 

(Suerte, ministro, que teniendo tú ya lo tuyo eso es lo que necesitamos nosotros)

Navidad, dulce Navidad…

No tengo intención de votar el 25 de diciembre si finalmente hay terceras elecciones. Ni por correo ni, por supuesto, en persona. Ni de aceptar ser parte de la mesa electoral si por desgracia me toca. A ver quién es el guapo que se pone a perseguir a todos los que se nieguen. Incluso por poco que les apetezca la comida con su suegra o su cuñado. La Navidad es sagrada, y los mierdas estos que tenemos de políticos no se merecen ni dos segundos de duda sobre qué hacer si nos convocan a las urnas de nuevo. Quedarse en casa es la única opción posible después de un año tomándonos el pelo con sus estrategias partidistas. La democracia está más a salvo con nuestra activa abstención que con los tejemanejes tramposos de esta insoportable gente.

Desde noviembre del año pasado nos están tomando el pelo con las dos manos. Estoy hasta las narices de sus discursos, sus amenazas, sus negativas, su victimismo. De esa increíble capacidad que tienen para la pose pasándose por salva sea la parte lo que podamos pensar los ciudadanos, pero permitiéndose al mismo tiempo el lujo de interpretarnos. Los políticos que nos han tocado en desgracia son una pandilla de insolventes intelectuales con toda la machacona soberbia de los que se creen únicos para salvarnos de nosotros mismos. Hace tiempo que dejaron de estar a la altura de la sociedad a la que deben servir. Su comportamiento desde noviembre de 2015 lo deja bien a las claras, y nos exime de otorgarles cualquier aval.

Nunca como ahora hace falta un cambio. De sistema electoral que haga justicia en el reparto de escaños, de mecanismos postelectorales para elegir presidente con garantías y premura, pero sobre todo, por encima de todo, de líderes de los partidos y de actitudes. Es imprescindible una revolución legislativa y de pensamiento que no nos vuelva a dejar 9 meses en funciones y con unos tipos a los hemos elegido para arreglar nuestros problemas creando otros que los agravan. Ya está bien de calculada desidia y de manejos partidistas. Ya está bien de tenernos como rehenes de sus planes de subsistencia. O espabilamos para que esta caterva de indecentes deje de utilizarnos para consolidarse a nuestras espaldas y a la de esta democracia a la que soban impúdicamente, o cuando queramos darnos cuenta se habran cargado hasta el pensamiento. 

Opiniones Libres

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