EL GRAN LEVIATAN

Publicado en LA GACETA de INTERECONOMIA el 9 de mayo de 2012

        A veces quienes dirigen la economía mundial sorprenden con declaraciones dignas de un catálogo de horrores. La presidente del FMI ha pedido retrasar la edad de jubilación conforme aumente la esperanza de vida y aplicar simultáneamente una bajada de las pensiones con el fin de mantener un sistema que permita sostener con cotizaciones más prolongadas a una población envejecida. Así, los ciudadanos no solo han de trabajar más años pagando una parte sustancial de sus ganancias y su esfuerzo, sino que además, cuando esperen verse atendidos, el Estado de Bienestar que contribuyeron a mantener, les reducirá las aportaciones y sus servicios. Y todo ello argumentando la presencia de un inexorable envejecimiento de la población “inesperado” – según la presidenta del FMI – y que implica un grave “riesgo financiero para los gobiernos” (sic). Si se llega a conclusiones de tal calibre, mejor será que nos replanteemos todo desde el principio. Por ejemplo, por qué debe sostenerse globalmente a un Estado de Bienestar, convertido en situación de pesadilla, que pretenda asegurar una situación cuyo final es trabajar más años para recibir menos prestaciones a lo largo de una vida más larga.

          De momento es la última aportación sugerida ante el aumento demográfico y la imposibilidad de atender a todos, aunque aún pueden proponerse medidas más drásticas: si alguien viviese más tiempo del que las estadísticas señalan, podría procederse a una proporcional reducción de las pensiones con el fin de no desestabilizar el sistema de garantías sociales. De ser así, lo mejor será llamar a las cosas por su nombre: el actual Estado de Bienestar es insostenible y cada vez su situación se hará más crítica. El reconocimiento de esa realidad, llevará a que sea el propio ciudadano quien deba preocuparse de su futuro, sin seguir aportando una parte sustancial de sus ingresos para mantener un sistema condenado a la quiebra.

             En la antigua Grecia, se forzaba la emigración en busca de nuevos asentamientos cuando, en épocas de carestía, ocurrían excesos de población. En Roma se esclavizaba por deudas impagadas. Como se ve, nada hay nuevo bajo el sol: emigrar, vivir amarrado a la hipoteca, perder la empresa o el trabajo, son hechos que siempre ocurrieron. En la Edad Media, los siervos dependían por completo de sus señores feudales, a quienes entregaba gran parte de su trabajo, a cambio de que les defendieran ante las amenazas. Era un sistema de cobertura social que funcionó durante siglos. La misma Alemania que inició la sustitución de la caridad por una misión a cargo del Estado, en su época nazi eliminaba a aquellos que supusieran cargas o se consideraban incurables inasumibles. Ahora somos más civilizados: les hacemos trabajar más para pagarles menos y que sean capaces de sostener las cuentas del Estado. No importa tanto el bienestar de los ciudadanos sino mantener la “salud financiera” de los gobiernos. La máquina gubernamental se convierte en un poderoso Leviatán que mantiene, dentro de los límites acotados por estudios estadísticos, a una población inerme, un mundo orwelliano donde el Gran Hermano vela por todos.

           En sociedades que alcanzan un nivel económico suficiente para satisfacer sus necesidades e incluso otras prescindibles, la labor asistencial del Estado podría limitarse a cuidar de los realmente desfavorecidos y reducir las tributaciones que ahogan la iniciativa privada y el crecimiento económico. En vez de dedicar una gran parte de los recursos generados por el propio trabajo en mantener estructuras ineficientes, ¿por qué no se libera al ciudadano de esas cargas o se deja a la iniciativa privada la asunción de éstas cargas?. La sanidad, la educación, la vivienda, las jubilaciones se consideran derechos básicos, pero también es una necesidad primaria la alimentación y a nadie se le ha ocurrido – por el momento – que el Estado asuma el control de los supermercados. Entretanto, otros países, sin las presiones sociales que soportan los viejos gobiernos europeos, avanzan económico a la primera línea de prosperidad y sus ahorros están contribuyendo a salvar el naufragio global de las depauperadas economías occidentales.

          Mientras, una población asfixiada por el gasto público e incapaz de prosperar en función del trabajo personal, mira con horror a la prima de riesgo, las agencias de rating, la cotización del euro, la deuda y el déficit público, etc…que condicionarán el nivel de impuestos que ha de sufrir. Es decir que el mundo está volviendo a sus orígenes: lo importante es el Estado, que cuida del pueblo mientras este se desloma construyendo pirámides para gloria del Faraón.

LA TRAGALA

Publicado en el DIARIO MONTAÑES, 3 mayo 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se ha sabido, gracias a  un   comunicado, porque a estas noticias no hay presidente del gobierno, ministro o director general que se atreva a ponerles rostro, que existe el proyecto de iniciar una reinserción social de los etarras encarcelados a través de aulas donde se les inculcarían valores cívicos y democráticos, con el fin de facilitar su apartamiento de la banda, su arrepentimiento e incluso su reinserción a la vida laboral una vez excarcelados.
Tras un periodo sin más víctimas que las que se sienten amenazadas o coaccionadas en su propia tierra, finalmente se ha decidido claudicar. Aquellos años de hierro, en los que se llegaban a contabilizar más de 100 muertos al año por asesinatos, la época del secuestro, el tiro en la nuca, el ametrallamiento, el coche bomba o la voladura de casas cuarteles y supermercados queda para el recuerdo de sus víctimas.
Los presos de ETA, que siempre gozaron de notables privilegios en las cárceles, por decisiones políticas y por temor de los funcionarios, se han mostrado en su inmensa mayoría inmunes a cualquier signo de arrepentimiento. Los gestos de soberbia al ser juzgados, los brindis tras los atentados en sus propias celdas, los comunicados detectados de aliento en la lucha hasta el final… son las manifestaciones de cómo entienden lo que siempre consideraron una guerra de liberación contra la potencia opresora. Han pasado cuarenta años y en el camino han quedado más de 1000 víctimas. La mayor parte de ellas, fueron enterradas rodeados de declaraciones pomposas y el lloro de sus allegados. Gobierno tras gobierno aseguraron que los asesinos serían perseguidos y cumplirían sus penas, pero la realidad es que, de una forma u otra, todos han tratado de establecer contactos con ETA para que esta dejase de matar. En unos casos, la actitud del gobierno fue más decidida, en otros absolutamente dócil, y lo único que obtuvieron fue la ocupación de una gran parte de las instituciones vascas a cambio de nada.
Hemos vivido varias treguas, todas ellas rotas con un nuevo atentado. Se ha dialogado con asesinos fugados, se ha tolerado que comisiones de supuestos valedores internacionales abogasen por los etarras, ha habido centenares de manifestaciones y actos de protesta contra cualquier política de claudicación ante ETA. Todo inútil. La realidad es que, con un Chaos y un Ternera en inútil busca y captura, con Bildu asentada en la cúspide de los centros de poder del País Vasco, con el constante cuestionamiento de la doctrina Parot y con iniciativas como la que ahora se anuncia, un etarra no necesita esfuerzo alguno en arrepentirse. De hecho le ha ido tan bien en su actitud, que será recibido como mártir y como héroe en una próxima y segura excarcelación. Y todo ello por no mantenerse firme no solo en las promesas electorales, sino en lo que el sentido común más elemental demanda: las penas por delitos de terrorismo están elaboradas para ser cumplidas, como castigo que la sociedad, a través de los jueces, impone a quienes atentaron sangrientamente contra la libertad y el derecho a la vida. Una condena centenaria, no puede convertirse en diez años de cárcel y excarcelación por buen comportamiento. La responsabilidad por las muertes y daños causados no puede conmutarse con la simple promesa de no volver a hacerlo. Por un delito contra la propiedad y varios intentos de fuga, un pobre diablo, se pasó varias décadas en las cárceles españolas hasta ser indultado en su vejez.
Ahora se anuncia lo que tiene todo el aspecto de una nueva claudicación y los etarras encarcelados vuelven a constituirse en moneda de cambio para una supuesta victoria sobre la banda terrorista. Pero si el gobierno muestra el menor signo de indecente clemencia, cede al chantaje y la presión de quienes nunca se arrepintieron de sus crímenes que aparezca en público quien así lo asume, para que la sociedad española pueda poner rostro a quien pasará a la historia de la ignominia.
Nadie, salvo sus cómplices, piden que un etarra sea liberado, ni que se le faciliten aulas de reeducación, rememorando el esperpento que Stanley Kubrick ensayó en su película “La naranja mecánica”. Los asesinatos no pueden tratarse con clases, reconversiones ni zarandajas. Y si un Gobierno inicia este camino, desgraciadamente intentado en el pasado es volver a una trágala.

EL ESFUERZO DEL MINISTRO WERT

Publicado en LA GACETA de INTERECONOMIA el 26 abril 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde los tiempos del cojo Manteca, cuya preocupación educativa se manifestaba destruyendo farolas, no habíamos tenido ocasión de ver tanta algarada juvenil salvo en actos de enfrentamientos deportivos y desmanes de los antisistema. El ministro Wert pretende reconducir el sistema educativo español. Para ello intenta que la formación mejore por la vía del esfuerzo y la consideración del mérito. Aunque aún no se ha anunciado la reforma de los contenidos, la universalización de las materias y la adecuación del profesorado, ha faltado tiempo para que las calles se llenasen de revueltas y profesionales de la agitación a las que la enseñanza les tiene sin cuidado.
Durante décadas no ha habido manifestación alguna demandando mejoras en el sistema educativo. Cada vez que un informe internacional advertía de la baja calidad de la enseñanza española, ninguna organización mostró públicamente su preocupación: ni sindicatos de profesores, ni alumnos, ni asociaciones de padres salieron a la calle demandando cambios. Pese a las continuadas luces de alarma, la educación ha proseguido su constante degradación y el único intento de reconducirla – la reforma pretendida por la ministro Castillo — fue inmediatamente derogada por el último gobierno socialista, que prefirió llenar las aulas de estudiantes, banalizar los contenidos y degradar la figura de profesores sometidos al chantaje de alumnos que desafiaban su autoridad y entorpecían el desarrollo de una actividad docente normal.
Así se ha derivado a un sistema educativo que reiteradamente obtiene las últimas posiciones en los niveles de control que nos muestran los informes internacionales elaborados por la OCDE y la Unión Europea. Año tras año, España se posiciona entre los farolillos rojos en conocimientos matemáticos, en comprensión lingüística o en capacidad de expresión escrita.
No vale la escusa de considerar la inmigración como factor desestabilizador, que es un fenómeno muy reciente, como tampoco la dedicación económica. La inversión en educación no se mide solo por factores monetarios sino por la calidad que se aporta y los resultados que se obtienen a cambio. Llenar las aulas de ordenadores o de pizarras informáticas no garantiza, ni mucho menos, una adecuada educación. Internet facilita el acceso a la información pero puede ser una herramienta que haga olvidar la necesidad del esfuerzo, la memorización y la elaboración de ideas. De hecho ya se ha advertido que la generalización de los ordenadores no solo no implica mejor educación, sino que puede constituir un lastre para la misma. El niño acostumbrado al manejo de consolas para el juego, puede que no distinga que es una herramienta para el estudio, no un simple divertimento. Aunque se han multiplicado los centros de enseñanza primaria, el nivel mayor de degradación asienta en la secundaria, precisamente en los años en que la personalidad del adolescente y las bases del conocimiento son los más importantes. Es en los institutos donde florece la indisciplina y el abandono del esfuerzo y los profesores son los mejores testigos de un fracaso educativo, los restos de cuyo naufragio recogerán las universidades. Por mucho que se insista en que la educación es un derecho, resulta estéril sino se acompaña de una exigencia de esfuerzo y disciplina, a quienes la reciben o por quienes la imponen. De poco sirve aumentar el número de aulas o y reducir el número de alumnos por profesor sino se contemplan los contenidos. Es inútil mantener un número elevadísimo de universidades, ninguna de las cuales figura entre las ciento cincuenta primeras del mundo, con un índice de abandono del 30 %, lo que supone una elevadísima pérdida de recursos.
Por otra parte, los datos objetivos muestran que la enseñanza concertada es más barata y, con frecuencia, de mayor calidad que la estrictamente pública. Nada tiene de extraño, por tanto, que los padres, si pueden elegir, escojan las instituciones privadas, paguen academias para compensar las deficiencias o se matriculen en costosos masters que completen las carencias de la formación universitaria. Pero las prevenciones ideológicas, superan la realidad y mientras debatimos entre la conveniencia de incluir asignaturas doctrinarias, inmersiones lingüísticas o se limita la autoridad del profesor, otros países siguen progresando, sin detenerse en debates ideológicos.
Al final la realidad muestra que un país con escasa formación, está condenado a no sobrevivir en un mundo donde la educación es la premisa básica para el progreso. Seremos mano de obra barata, esclavos del siglo XXI al servicio de quienes sí cuidaron la formación de sus ciudadanos.

¿NO TIENE USTED DECENCIA?

Publicado en LA GACETA de INTERECONOMIA el 8 abril 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Alemania un ministro dimitió por haber copiado parte de su tesis en sus años de juventud universitaria, hace unas semanas lo hizo el presidente Wulff por haber recibido una serie de regalos y aceptación de un coche de lujo… y ahora , se descubre la copia de una tesis doctoral que provoca la dimisión del presidente de Hungría. En Inglaterra, otro ministró cesó por no haber pagado una multa de tráfico ocurrida diez año atrás. En Estados Unidos, un presidente fue expulsado de su cargo por haber mentido a los jueces que le interrogaron y varios de sus consejeros – equivalentes a ministros en el sistema europeo – fueron encarcelados por encubrimiento de prácticas ilegales realizadas en la Casa Blanca. En Francia, los ex presidentes Giscard y Chirac, envueltos en escándalos financieros, debieron someterse a los tribunales de Justicia.
En este país, el estraperlo de la postguerra, el aceite de Redondela, el caso Matesa, y otros escándalos económicos se solucionaron con la condena de algunos testaferros, mientras quedaban indemnes los mayores responsables. En la España actual nadie se ha visto obligado a dimitir como consecuencia de una actividad económica inmoral. Hay que remontarse a los viejos tiempos republicanos cuando cayó el gobierno Lerroux por escándalo de las ruletas trucadas y los regalos que dieron origen al estraperlo, o mucho más atrás, cuando el duque de Lerma fue públicamente ajusticiado por enriquecimiento ilícito.
Los años del socialismo felipista fue época de continuada corrupción iniciada en un despacho del hermano del vicepresidente Guerra distribuyendo favores a cambio de dinero, al que siguieron los escándalos originados en la Dirección de la Guardia Civil, la inmobiliaria PSV patrocinada por la UGT, la opacidad del caso de Banca Catalana, el Boletín Oficial del Estado, el comportamiento del Banco de España y su presencia en la ciénaga de Ibercorp, la Comisión de Valores de Bolsa, el asunto Filesa, la Expo de Sevilla, las torres Kio, la construcción del Ave… y fueron necesarios largos procesos para que sus responsables acabasen encarcelados, pero durante largo tiempo se les amparó fervientemente bajo un manto de presunción de inocencia. Ahora, Andalucía hierve en una caldera de corrupción por el continuado desvío de fondos públicos en provecho de los políticos locales. Desde las subvenciones a los hijos del presidente Chávez, hasta la desviación de los dineros dedicados a los desempleados, desde los sobornos de Mercasevilla, hasta la elaboración de informes fraudulentos. Por una casta política asentada en su moderno sultanato.
En los últimos tiempos, el uso del poder y la relación con la distribución del favor económico y de la influencia dirigida ha tenido su mayor esplendor en la Agencia Intermoney, epicentro de los mayores escándalos dirigidos con la connivencia de los responsables políticos, cuyos tentáculos incluían el asalto al BBVA, la OPA de Gas Natural a Endesa que acabó con la mayor compañía energética española en manos italianas o con los turbios asuntos de la operación Gurtel, la corrupción generalizada bajo el manto de la Junta de Andalucía y las actividades del duque de Palma y su entramado de empresas asesoras. Ahora, junto al derrumbe económico del país, sabemos que un ministro negociaba sus comisiones en las gasolineras, algunos se enriquecían con negocios de hípica e intercambios inmobiliarios, mientras otros, más sagaces, se aseguran puestos millonarios en consejos de administración de empresas eléctricas a las que favorecieron con sus decisiones de ordenación energética o pasan a ser miembros del Consejo de Estado, al cual hundieron en una catástrofe económica.
En Estados Unidos al final de los años cincuenta un viejo senador casi desconocido, Joseph Welch, plantó cara al temido McCarthy que había desatado en su país una caza de brujas y una política de terror en los ambientes políticos y culturales mediante la utilización de documentación y amenazas falsas:
–¿No le queda a usted un mínimo de decencia?
Fue suficiente. No hubo que recurrir a tribunal alguno. El sentimiento de la decencia, firmemente anclado en el ser humano, se convirtió en el arma principal para arrinconar a un inquisidor que había utilizado su poder para amedrentar a un país.
No es el caso de España, donde es un valor oculto, arcaico, casi vergonzoso. Ya que no la justicia, al menos, alguien debería preguntar a cualquiera de los responsables donde guardan el más elemental sentido de la decencia. Pero tengan por seguro, que en un país donde testificar ante un tribunal es tan solo un trámite desagradable, donde el falso testimonio no se tiene en cuenta, y donde la fidelidad de la tribu es más firme que los principios éticos más elementales, no ocurrirá nada. Todo lo más, el llamado “pago político”, que apartará al condenado de su actividad pública, pero nunca la devolución del dinero robado.
Denlo por hecho.

MONSTRUO DESPILFARRADOR

 

Publicado en LA GACETA de INTERECONOMIA,

5 marzo 2012

 

Hace más de tres décadas, para salvar una situación política concreta, se inició la creación del Estado Autonómico, transfiriendo casi todas las funciones centrales a niveles regionales. Coincidiendo con el establecimiento del régimen democrático, en la mentalidad de las gentes ha quedado identificada la organización autonómica del Estado ligada al concepto de democracia, pero desde el comienzo, se cayó en la falsedad de aceptar inexistentes pasados históricos y a su sombra, se crearon Autonomías sin más base política que actuar de contrapeso frente a las demandas de los nacionalistas.

La creencia de considerar al centralismo como una lacra es insostenible, cuando es común en numerosos países, como Francia, Holanda, Austria, Japón o los tan admirados escandinavos. Otros, como Alemania, Suiza, Bélgica, Estados Unidos, Canadá, Brasil, México, Australia, incluso el Reino Unido, se crearon como suma que edificaba una construcción nacional y no se acercan ni en sueños al sistema desintegrador español, asomado más al desgraciado ejemplo yugoeslavo. Con la falsedad de que el poder estatal centralizado era un lastre, éste fue sustituido por 17 administraciones, a las que les faltó tiempo para mimetizar la organización central con resultados opuestos a los pretendidos: provocaron la duplicidad de servicios, generaron más gasto y endeudamiento, fomentaron la desigualdad y multiplicaron los ámbitos de decisión política originando continuos enfrentamientos entre los intereses locales y los nacionales. Y a su sombra, creció un mundo de corrupción y clientelismo, que nos devuelve la España negra del caciquismo institucionalizado, donde los “barones” del poder administran sus Taifas regionales y condicionan la política nacional.

La afirmación generalizada de que las autonomías han sido fuente de progreso es una falacia que oculta su inmenso costo económico, cuya realidad se ha mostrado en el abismo deficitario creado. Se ha derivado hacia el crecimiento de un monstruo despilfarrador e insolidario donde el ciudadano se ve envuelto en una red de normativas que impiden la necesaria coordinación económica, dificultan la actividad comercial, limitan las posibilidades de trabajo fuera de una comunidad, condicionan la educación y levantan odios antes inexistentes. Todo a cambio de generar una deuda inmensa.

Todo el desvarío autonómico, derivada de una situación política que intentó garantizar la incorporación de los nacionalistas a las tareas comunes ha servido desde su inicio, justamente para lo contrario. En contadas ocasiones los nacionalistas han apoyado algo sin beneficio directo y peor aún, señalaron el camino a otros. Donde antes solo existían nacionalistas vascos y catalanes hoy tenemos ya a sus alumnos gallegos, canarios, navarros, mallorquines y aragoneses, amparados por una ley electoral que alimenta el sistema, todos ellos esforzados en una orgía de gasto y endeudamiento, despreciando la generación de recursos propios, con la seguridad de que los presupuestos del Estado se encargarían de cubrir los costos de una loca política económica.

Mientras, la Unión Europea y la globalización mundial tienden a la unificación de normas, mercados, titulaciones, y al empleo del inglés como lenguaje común, aquí seguimos el camino inverso. En España la merienda de negros hambrientos en que se ha convertido el concepto de Estado deriva a la imposible exigencia de conseguir políticos de suficiente preparación para mantener un nivel decoroso de 17 parlamentos, con sus respectivas consejerías y direcciones generales. Junto a ello sus representantes adoptan rango de paletos jefes de Estado, buscan su presencia individual en la comunidad internacional, se añade la imposición del idioma lugareño ahuyentando empresas, docentes, funcionarios o médicos por exigencias lingüísticas. Se usan traductores para los asuntos más nimios, se subvencionan estudios de localismo diferencial, se desprecia la Constitución y se amenaza con la segregación e insumisiones fiscales. Y así, tras un esperpéntico desfile de despropósitos, todas construyen identidades falsas sobre inexistentes pasados gloriosos, venerando banderas e himnos que son remedos del folklore popular.

Ninguna nación moderna puede sobrevivir ahogada en un mar de decisiones contradictorias, donde primero han de colmarse las ansias locales y luego los proyectos de alcance nacional. No hay posibilidad de mantener funciones, obligaciones, derechos comunes ni recursos económicos capaces de sostener diecisiete parlamentos con poderes legislativos propios, y una dispersión de normas y gastos cuya realidad más trágica se nos ha mostrado al surgir una crisis a escala mundial que solo en el último año, en plena crisis económica, ha incrementado sus deudas en casi 18.000 millones de euros, ignorando cualquier sentido de previsión y sensatez. En este contexto, se pide al Estado que resuelva una situación dramática, cuando éste carece de los medios para hacerle frente, tras haber cedido sus poderes a la irresponsabilidad de múltiples organizaciones periféricas incapaces de aunar sus esfuerzos, pero generosas en gastar un dinero que ni siquiera tenían.

La pregunta final es obvia: ¿para qué ha servido el Estado de las Autonomías?

EL NAUFRAGIO ESPAÑOL

Publicado en DIARIO MONTAÑES; sabado 2 marzo 2012

                  Conviene recordar lo ocurrido hace poco en Italia. La arriesgada deriva de un crucero hacia la costa rocosa de un islote dirigido por un comandante orgulloso de mantener un rumbo sin advertir el riesgo, la falta de información y abandono de los pasajeros, la insuficiencia de las medidas de seguridad… todo ello constituyó un acúmulo de desatinos saldado con varios muertos, la pérdida millonaria del navío y las indemnizaciones económicas que deberá afrontar una compañía cuyo crédito ha quedado notablemente dañado. Aunque sonaran las señales de alarma, faltaron las decisiones firmes que se supone deben aportar quienes tienen el mando del buque y se hacen responsables de la seguridad del pasaje.

El hundimiento del Costa Concordia frente a la costa de la isla de Giglio es el trágico espejo que sirve como ejemplo de adónde ha derivado España bajo el mandato socialista. El viaje político iniciado hace años condujo a un anunciado desastre, ignorando la alarma de muchos pasajeros, tripulantes y observadores exteriores. El empeño en mantener una deriva peligrosa, pese a la incertidumbre de la misma y a las advertencias del error ha conducido a un final dramático, arrastrando en su naufragio, la riqueza, el prestigio de España y el bienestar de los españoles. Quienes señalaban el peligro, eran saboteadores a los que se llamó antipatriotas y se hizo lo imposible por desacreditar o silenciar sus avisos. Y los observadores que señalaban la situación exacta de los escollos y las medidas por tomar, eran desoídos, por un gobierno empecinado hacia un final previsible.

España se ha visto embarrancada en una catastrófica situación producto de muchas causas: mientras en el mundo estallaba las primeras alarmas financieras, aquí se atribuyeron los males a la industria de la construcción y al empeño en adquirir de viviendas por familias con ingresos limitados, a quienes los bancos concedían hipotecas de una forma irresponsable, confundiendo los síntomas con las causas. La alegría de un mundo barato, donde el esfuerzo se ignoraba, precipitó a la sociedad en una espiral de consumo sin atender sus ingresos reales. Todo ello se vio acompañado por la gestión de un gobierno que tomaba decisiones despilfarrando recursos, eludiendo cambios, comprometiendo al país, en una loca timba de gasto y borrachera de dinero público.

La lluvia de escandalosos deudas contraídas por decisiones tomadas por diferentes ministerios, comunidades autónomas y ayuntamientos ha conducido a España a una situación económica crítica, como resultado de inversiones en proyectos faraónicos, creación de miles de empresas públicas repletas de empleados con afinidades políticas, subvenciones generosas a proyectos ridículos, duplicidades administrativas, instrumentalización de la justicia para ocultar sus desmanes, ocupación políticas de los consejos directivos de las entidades de ahorro… Todo un mundo donde el dinero público se gastaba en inversiones para satisfacción de los protagonistas que regían la administración del Estado. Así España, dividida en diecisiete gobiernos generadores de deuda a las que nadie ponía coto, se convirtió en el país europeo con mayor red de trenes de alta velocidad uniendo capitales de provincia, el mayor número de aeropuertos sin tráfico, la más extensa red de televisiones autonómicas que a nadie interesan, la construcción de puertos e instalaciones deportivas y empeños seudo culturales donde se esconde un número escandaloso de inversiones inútiles y se alcanza el record occidental de desempleados bajo la indiferente mirada de unos sindicatos obsoletos.

Hemos visto al capitán del Costa Concordia encarcelado y a la espera de juicio por su irresponsabilidad. Pero en España, nadie ve a dirigente político alguno ser juzgado por su cadena de irresponsabilidades; por haber ocultado en más de un 30 % las cifras de déficit anunciadas al Parlamento y al Gobierno que le sucedió ; por los daños causados por leyes infames; por nombramientos que corrompieron la justicia; por el deterioro de la imagen exterior del país; por la búsqueda de exóticas alianzas internacionales; por los gastos inútiles fomentados desde ministerios cuyos dirigentes cerraban negocios en gasolineras; por la marginación de las familias de más de mil víctimas del terrorismo mientras sus asesinos se sentaban en las mesas de negociaciones; por ser testigos pasivos de cómo desaparecían miles de empresas y cinco millones de españoles quedaban sin trabajo y por fomentar la división de los españoles en pasados históricos que nadie quiere revivir.

Esta es la realidad que reproduce en las tierras de España reflejada el desastre ocurrido en las aguas del mar Tirreno. Esa es la herencia del iluminado “Gran Timonel” y su tripulación canallesca. Aunque, condecorados con grandes cruces de Carlos III, el sentido común les situaría mejor ante un tribunal de justicia por su herencia envenenada.

JUGUETES ROTOS

Publicado en LA GACETA de Intereconomia, sabado 25 febrero 2012

  Siguen apagándose dramáticamente los artistas más admirados del mundo musical. Son estrellas fugaces que dejan una estela de admiración, y se extinguen para caer en la negrura de un oscuro mundo. Cuando aún no nos habíamos quitado el luto por el funeral de Amy Winehouse, emborrachada de alcohol y drogas, Whitney Houston, el alma del soul y el góspel, acaba de entonar su último “I always love you”.

          Murieron víctimas de sus propios excesos cayendo en los pozos sin fondo de la desesperanza o haciendo equilibrios, con el alcohol y las drogas, sobre la oscilante cuerda de la vida.. Cuando les acosa la amenaza un mundo sin paraísos de heroína, cuando la juventud se disuelve en la decadencia del cuerpo, es frecuente que los ídolos del momento aparezcan muertos en la soledad de sus mansiones o en anónimas habitaciones de hotel, sin más compañía que un tubo de pastillas, tras el cual cae el telón de su última actuación. Aún no hace tres años en que Michael Jackson, el artista de color incalificable, detuvo el ritmo sincopado de su corazón tras ingerir uno de sus habituales cocktails de sedantes pese a una vida envuelta en máscaras protectoras o burbujas de oxígeno reparador. Así desapareció Jimmy Hendrix, el guitarrista héroe del festival de Woodstock e ídolo del movimiento hippy que se durmió para siempre tras una borrachera de drogas. Así, hinchado de estimulantes, Elvis Presley, agitó por última vez la pelvis en el váter de su mansión de Tennessee, para iniciar su inmortalidad. Lo mismo ocurrió con Sed Vicious, del provocador grupo Sex Pistols, disfrutando de la heroína hasta morir ahogado en ella. Y Jim Morrison, quedó sedado para siempre en su bañera con la jeringuilla colgando de un brazo. Mucho antes, un lejano verano, Marylin Monroe se durmió eternamente envuelta con los aromas de Chanel nº 5 y fenobarbital, Violeta Parra se pegó un tiro en una vacía carpa circense olvidando su inmortal “Gracias a la vida” y Judy Garland cantó su último “Somewhere under the rainbow” entre anfetaminas y alcohol.

 Los artistas siempre mostraron una línea trasgresora enfrentada a la apacible tranquilidad de las sociedades burguesas. En épocas pasadas, admirados por su público o ignorados por él, morían devorados por la tisis, como Schiller, como Bécquer, Schubert, como Chopin, como Modigliani, como Kakfa, o por fiebres fulminantes como ocurriese pasó con Tschaikowsky, con Rimbaud, como Rilke, como Mahler invadidos por la sepsis y tratados con cataplasmas. Algunos decidían apartarse del mundo y matarse, como Mariano José de Larra, como Van Gogh, como Rothko, como Hemingway, hundidos en las nubes grises de sus depresiones. Y muchos se ahogaron en alcohol como Alan Poe huyendo de sus terrores, como Toulouse Lautrec en sus noches de cabaret o como Edith Piaf que nos cantaba “Non, Je ne regrette rien” con voz de ginebra y soledad.

 El Sida mató a Rock Hudson, acabó Freddy Mercury y su “Bohemian Rapsody”, a Víctor Nureyev, mientras otros esperan su turno. Y la velocidad por llegar rápido, no se sabe adónde, acabó con James Dean, aplastado en su descapotable en el desierto de Nevada, con Jackson Pollock, que esparció su sangre como un último dripping sobre el asfalto de una carreta. También, un atardecer, junto a Central Park, John Lennon cayó abatido por uno de sus fans, que le quiso eternamente muerto, mientras silbaba despreocupado su “Lucy in the sky with diamonds” la canción dedicada al LSD.

 Otros, envejecen y se convierten en iconos de su arte. Aun nos quedan Bob Dylan, Charles Aznavour, Barbra Streisand, Tina Turner, Elton Jhon, Joan Manuel Serrat, junto al recuerdo de un Frank Sinatra con smoking o con sombrero borsalino ladeado, y la nostalgia de aquellos Beatles de la década prodigiosa con sus sorprendentes disonantes acordes, del alegre estallido de ABBA, de un imposible dúo entre Louis Armstrong y Diana Ross, de María Callas con el metálico timbre de una voz inigualable o de Leonard Bernstein enseñando a los ángeles la coreografía de “West Side Story “.

         ¿Quién será el próximo juguete roto que apagará la estela de su brillo?

ELEGIA PARA POLITICOS

Articulo publicado en LA GACETA

de INTERECONOMIA el 18 enero 2012

El recuerdo de la reciente derrota electoral socialista va a acompañar a sus protagonistas el resto de su existencia. No solo perdieron el poder de gobernar un país, sino todas las posibilidades de acción a nivel autonómico o municipal, mientras su autoridad se diluye entre confrontaciones. Ni el BOE, ni los gobiernos autonómicos o los decretos de alcaldía servirán para mantener las escuadras de fieles seguidores o alimentar los grupos subvencionados que bajo el disfraz de empresas y organizaciones de toda índole, recibieron durante años el sustento generoso de quien esperaba a cambio un apoyo incondicional. Muchos se acercaron al poder, para disfrutar de los beneficios y amistad del poderoso, pero en los momentos de penuria serán los primeros que se proclamarán independientes o se descubrirán próximos a los recién llegados. Porque las lealtades en política son fáciles, pero reconstruir un desastre es una labor a la que pocos están dispuestos.

Los ciclos en política no son eternos, pero pueden convertirse en inhóspito viaje, donde primero desfallecen los paniaguados. El poderoso de antaño ante quien se doblegaban los medios de difusión y ocupaba titulares de prensa, deja de escuchar el repique del teléfono o reunir a su alrededor el fervor de otras épocas. La mayoría conocerá la soledad de los días sin el clamor de los suyos y el abandono de los que consideraron fieles. Quienes durante años disfrutaron del poder, afrontan ahora una larga travesía del desierto, envueltos en luchas por liderar los restos de un pasado ruinoso, donde los protagonistas de una gestión desastrosa compiten entre sí buscando apoyos para una resurrección imposible, aunque “haya mucho PSOE por hacer”.

La política es un oficio duro, pero sobretodo desagradecido. A algunos personajes, muchos años después, se les reconoce, aunque solo en parte, sus méritos pero permanecerán en la memoria sus errores. La mayor parte de ellos, no vivirán para ser testigos de ese recuerdo o serán objeto de homenajes tardíos. La saga personal de los ex presidentes de la democracia y de muchos notables de antaño lo demuestra. Los reconocimientos a lo realizado por Adolfo Suárez se han realizado cuando su mente se bloqueó en la amnesia de su propio ser. Calvo Sotelo, solo ha merecido breves líneas, incluso tras morir. Felipe González, se identifica con el GAL y la corrupción cuyo recuerdo de estadista pretendió usarse como último clavo ardiendo donde agarrase antes de la derrota final, pero el resultado fue contrario al deseado. Aznar reúne añoranzas y desprecios, mientras su recelosa mirada contempla a sus sucesores. Y Zapatero difícilmente será ni siquiera invitado a impartir cursos o conferencias sobre el arte del desgobierno.

Nadie quiere el regreso de los viejos dinosaurios: Fraga cosechó reverencias protocolarias. Anguita lame solitario sus heridas bajo la sombra de los naranjos de su Córdoba querida. A Pujol entre muecas y tics, se le exhibe como fósil de un nacionalismo rancio; Arzalluz dejó para la historia su siniestra cosecha de nueces tras años predicando a quienes apaleaban el nogal; Revilla, será recordado por sus anchoas y chistes televisivos. ¿Qué fue de los arrogantes presidentes de Autonomías, que se creyeron reyes de sus feudos?. Hay una larga lista de olvidados: Hormaechea, Rodríguez Ibarra, Garaicoechea, Ibarreche, que acompaña a los, en su día, poderosísimos Martín Villa, Alfonso Guerra, Carrillo, Borrel, Roca Junyent, Hernández Mancha… ¿Dónde están hoy sus seguidores?. No solo fueron vencidos por la realidad de la política, sino que su memoria se diluye en el pasado.

Ahora, pretendiendo escapar a este destino, los ex ministros Rubalcaba y Chacón luchan por el liderazgo de sus grupos descabezados. Ambos fueron responsables del desastre y como muchos, se creen ajenos a las responsabilidades que la política impone, buscando apoyos que entre los calcinados restos de su gestión. Produce sonrojo ver cómo muchos dirigentes regionales ampliamente derrotados en sus comunidades y ex ministros de reconocida insolvencia, se alinean en este debate sucesorio en el PSOE. ¿A quién puede interesar su regreso cuando es previsible pensar en un ciclo de, al menos, dos legislaturas en la oposición?. ¿Qué alternativa de gobierno pueden ofrecer quienes hasta ayer fueron responsables de la situación actual?. Sus promesas no son el canto de un cisne que muere, sino el hedor de cadáveres esperando sepultura.

Es la condena que la sociedad impone a los proyectos políticos derrotados y a aquellos que los protagonizaron. Es el final de los ríos que van a dar a la mar que es el morir, como cantaba el poeta hace más de cinco siglos.

PREMIOS A LA INCOMPETENCIA

Articulo publicado en el DIARIO MONTAÑES el 8 de enero 2012

EL BOE contiene secciones propias de humor negro. El Gobierno que perdió las últimas elecciones, decidió otorgar el Collar de Isabel la Católica a la ex ministra Salgado y repartir entre sus miembros la Gran Cruz de la Orden de Carlos III al Vicepresidente Chaves y resto del gabinete cesante, para premiar sus comportamientos extraordinarios de carácter civil en beneficio de la Nación.

Esta decisión, tomada en su día por un Consejo de ministros derrotado en las urnas, ha sido refrendada por el nuevo Gobierno y aprobada en el BOE, el mismo día en que se anunciaron las primeras medidas económicas que pretenden corregir los graves errores cometidos por los condecorados durante su gestión al frente del país.

La concesión de una condecoración de rango nacional no es un hecho privativo del gobernante de turno, sino que debe reflejar un reconocimiento oficial por la labor realizada y no creo que los resultados electorales, donde se ha reflejado un amplísimo rechazo por lo realizado, sea consecuente con la distinción con que les premia. Si las condecoraciones exponen un símbolo de reconocimiento público, las elecciones fueron la muestra contabilizada de su rechazo.

Después de recibir estas distinciones, los ministros salientes fueron objeto de los halagos de quienes les sustituían en los cargos. Es, sencillamente, un escarnio que se contempla por una ciudadanía atónita, incapaz de comprender las versallescas sutilezas del protocolo oficial. Una cosa es ser bien educado y otra muy distinta asumir el papel de tontos en las ceremonias oficiales, insensibles al sentido de la mayoría. Mientras una gran parte de la población reclama responsabilidades a quienes condujeron al país a la ruina económica, se reconocía entre abrazos la gestión realizada a los mismos personajes cuya dimisión se exigía un día sí y otro también, a esos mismos políticos que eran tachados de incompetentes. Se dice que son gestos habituales, pero el comportamiento en muchos actos puede resultar un escarnio para una ciudadanía atónita, incapaz de comprender las versallescas sutilezas de un protocolo oficial que disfraza desprecios y rencillas.
Si identificamos los logros económicos y de presencia internacional conseguidos por quienes gobernaron España como éxitos a unas trayectorias estamos apañados. Mientras muchos miles de personas al día pierden su trabajo, los responsables del desastre son premiados con las más altas distinciones que el Estado otorga a quienes han realizado tan meritorio esfuerzo. La concesión de una condecoración de rango nacional debe reflejar el reconocimiento a una labor, el premio una trayectoria.

Me van a tener que explicar con detalle los méritos que han tenido personajes como Leire Pajin o Bibiana Aido para hacerse acreedoras de esas distinciones. Va ser difícil justificar cómo un ministro que se reunía con sospechosos empresarios en una gasolinera pueda portar la Gran Cruz de Carlos III o cómo quienes bajo su mandato repartían fraudulentamente el dinero de los ERES entre sus acólitos, son merecedores de ellas. O cuáles son los méritos de quien será recordado por ofrecer bombillas chinas de bajo consumo para fomentar el ahorro en sustitución de la energía nuclear, mientras se desintegraba el tejido industrial. O en qué se fundamenta el reconocimiento de un ministro de Trabajo bajo cuya gestión aumentó en un millón el número de desempleados.

Aunque quizás no sea preciso dar explicaciones. En España es habitual que el gobernante actúe como señor todopoderoso contra toda sensibilidad social. Si los responsables de la actual crisis económica acaban sus mandatos con pensiones millonarias, el que ostenten un collar de oro o una noble insignia de cruz y brillantes en la solapa no es más que una minúscula muestra del esperpento habitual. Mientras tanto las víctimas de sus despropósitos deben contemplar resignados, obligadamente sumisos, cómo son condecorados con símbolos que, en nombre de la Nación, reflejan un reconocimiento oficial.

En Islandia, los gobernantes cuya incapacidad condujo al caos económico son enviados a la cárcel. Aquí se les condecora. En otros países, los escándalos se pagan con la dimisión o el cese, lo que excepcionalmente ocurre en estos lares. Y en todos, aquellos cuya gestión acabó en contundentes fracasos son condenados al anonimato. Menos aquí, donde se les hace miembros del Consejo de Estado y la Real Orden de Carlos III premia sus desacreditados curriculums pre y postministeriales. Pues qué bien.

DE FIESTA

Articulo publicado en LA GACETA de Interecono mia el 29 de diciembre de 2011

Tengo ante mí la relación oficial de días festivos del año transcurrido: catorce a nivel nacional, dos de ellas en domingo, que se trasladaron al lunes. Observo además, la existencia de tres “acueductos“: se inició el año con un “macro puente” desde el miércoles 5 de enero al lunes 10 al que siguió a una Semana Santa desde Jueves Santo a Lunes de Pascua, para completarse con el tradicional “puente” de diciembre, con fiestas en martes y jueves (Constitución e Inmaculada). A estas festividades hay que añadir las de carácter autonómico, y las de poblaciones importantes o locales, variables de unas comunidades a otras. Y así resulta que todos los meses del año están llenos de días festivos: siete en febrero y agosto, ocho en mayo y nada menos que diez en septiembre y octubre, correspondientes a sus respectivas vírgenes, santos, patronos y conmemoraciones oficiales, en muchos casos prolongadas como “Semanas grandes”, “Carnavales”, “Ferias de abril”, “Fallas” , Sanfermines” …

A este jolgorio hay que sumar los 53 domingos y sus correspondientes sábados, más los seis “moscosos” de los funcionarios del Estado y las festividades patronales de muchos gremios, empresas o profesiones. Para el mercado laboral español entre vacaciones, festivos de todo tipo y fines de semana se descansa más del 40 % del año, lo que convierte a España en el quinto lugar del mundo con el mayor número de vacaciones.

Muchas fábricas, bancos, empresas de servicios, industrias del transporte, etc… reducen marcadamente su actividad al encontrarse con los festivos de sus clientes, proveedores o administraciones públicas. A estos números hay que añadir las horas perdidas por huelgas y sus consecuencias en otros sectores laborales. Bien es verdad, que las centrales sindicales no se han significado mucho en este aspecto a lo largo de la legislatura socialista, — una huelguita general simulada con gesto crispado – pero con toda seguridad, despertarán de su modorra reivindicativa en los próximos meses.

No voy a hacer cálculos respecto a la realidad de las horas en que se trabaja, pero sí recordar que España es el único país del mundo desarrollado donde se contempla la “media hora del bocadillo” o del “desayuno“, incluida en la jornada laboral y donde el “cafelito” es un ritual al que nadie renuncia y que nunca figura en las estadísticas oficiales. Según los datos aportados por la Organización Internacional del Trabajo, en la Unión Europea y España trabajan una media de 1.700 horas anuales, Canadá, Estados Unidos y Japón 1.780. Singapur, Tailandia, Malasia y Corea del Sur, 2.100 y en Hong-Kong, 2.222. Nos encontramos por tanto en el podio por el escaso número de horas trabajadas y, peor aún, conseguimos el primer puesto con un rendimiento mínimo en la “zona Euro”, donde casi todos los países triplican la productividad horaria española. Por si fuera poco, a estas cifras hay que añadir quienes han construido sus vidas sobre la subvención por desempleo y quienes, dramáticamente, carecen de él.

Pero, ¿para qué nos vamos a engañar?. En nuestro fuero interno aún se mira al trabajo como maldición divina, y vivir sin dar golpe, cumplir horarios leyendo la prensa o comentando el partido del domingo, obtener una baja laboral prolongada, etc… son prácticas habituales. De igual forma que el fraude fiscal se contempla con irritación y envidia, el laboral no se queda a la zaga. Al trabajo, frecuentemente mal hecho –la chapuza– se añade el simplemente, no realizado: la holganza. Por mucho que los sindicatos acusen a los empresarios, el verdadero adversario del trabajador español es el trabajador extranjero: aquel que disfruta de muchos menos festivos al año, produce con mayor calidad y posee menor intervencionismo sindical de por medio, cobijo donde muchos han preferido la más cómoda y segura misión de liberarse para, sin dar golpe, regular las condiciones de quienes de verdad trabajan.

¿Se puede seguir con esta falsa actividad es un país que carece de productividad frente a sus competidores?. ¿Se puede hacer frente a la actual crisis en estas condiciones?. Salvo que busquemos la riqueza en los juegos de azar o, lo que no es raro, por algún chanchullo más o menos disfrazado de legalidad, el único modo conocido de ganarse la vida es mediante el trabajo. Y además, ha de estar bien hecho. La crisis de multitud de empresas españolas radica en su escaso rendimiento, en que sus productos no tienen mercado por elevados costos, impuestos, contratos laborales, convenios colectivos…y por la escasa laboriosidad.

Si no estamos dispuestos a aceptar estas realidades, a corregir esta holganza nacional, seguiremos engrosando el número de parados y un progresivo descenso en nuestra calidad de vida. Eso sí, estaremos de fiesta, con toros pero quizás sin pan.

Opiniones Libres