
El negocio del conocimiento siempre ha existido, en esencia se trata de ganar dinero vendiendo conocimiento especializado para que empresas, instituciones y personas puedan afrontar sus respectivos mercados con mayor certidumbre ante lo imprevisto, disminuyendo riesgos y acercándose más al éxito.
El negocio siempre ha gozado de una excelente salud, tanto por su elevada demanda, las bajas barreras de acceso y la economía de escala que permite situar el conocimiento adquirido en distintos ámbitos y sectores.
No obstante y como consecuencia de esto mismo, en los últimos tiempos hemos visto que ha aparecido toda una pléyade de sabihondos y peritos de la nada que aprovechando la irrupción masiva de unas redes sociales que han eliminado barreras facilitando un acceso amplísimo a una gran cantidad de publico, ocasión que no ha sido desaprovechada por muchos peritos, ahora llamados influencers, para vender sus motos averiadas.
Tampoco esto es nuevo, con otros medios para comunicarse pastoreaban inocentes con modelos como aquellos de «Aprenda inglés en 10 días», también alcanzó una cierta notoriedad por sus anuncios en revistas populares una oferta de negocio que consistía en «cultivar champiñones» en una habitación oscura y que un número nada desdeñable de inocentes inició. De todas formas pocas operaciones más brillantes como la de aquél ciudadano aposentado en la rivera del Rio Cimarrón que puso un anuncio en cuatro de los principales periódicos del País que decía lo siguiente : «Quiere hacerse millonario …? envíeme un dólar y un sobre franqueado con su dirección para decirle como». Recibió varios millones de cartas a las que respondió : «Haga como yo, ponga un anuncio en los periódicos pidiendo un dólar».
Ante esta invasión de influencers, palabro que suena muy cool, los hay de todo pelaje y propósito, básicamente los que andan corriendo detrás del dinero o de la notoriedad, aunque sean más rápidos que el cerebro que les persigue.
Una de las más enternecedoras protagonistas de este ecosistema, refractaria ella a la lectura y más primaria que el cencerro de una tudanca, tiene muchos seguidores a los que vende moda, audiovisual y el reparto domiciliario de tortillas.
En otro ámbito radicalmente opuesto tenemos al creador de contenidos vasco que se ha significado por entrevistar a «populares» y ser el narrador de la «League of legends», lo cual inauditamente le ha procurado millones de seguidores en twitter, esto con una producción ensayista o literaria que cabe toda ella y sobraría espacio, en un librito de papel de fumar.
Estos dos, quizás los más destacados en el ranking de los ágrafos que han copado las redes ofreciendo todo tipo de consejos, opiniones u ofreciendo marcas que les proporcionan ingresos más que que sustanciosos , sustentado sobre una lógica económica / empresarial inmarcesible.
Lo que acabamos de ver es lo más elaborado, que hay cada uno por ahí, que suelto por las redes se dedica a ofrecer como tener el vientre plano o el método infalible para aprender macramé.
Ante tanto influencer como antiguamente ante tanto charlatán lo primero es la prudencia, no hay que creerse nada. Igual que toda persona decente no cree a los gobiernos, todo humano superior a semoviente, habitual de medios y redes tiene la obligación moral, consigo mismo, de alejar las pretendidas bondades que los charlatanes contemporáneos tratan de colocar.